EFEMéride: Hildegarda de Bingen – Orgasmos y cerveza

¡Oh, figura femenina, cuán gloriosa eres!

La socióloga canadiense Margrit Eichler dijo que El androcentrismo constituye una de las principales formas de sexismo bajo la cual las mujeres son vistas como sujetos pasivos de la historia. Podemos describir a nuestra protagonista de hoy de muchas formas, pero pasiva no es un adjetivo que me venga a la mente cuando pienso en ella.

El 16 de septiembre de 1098 nacía Hildegarda de Bingen (Hildegard von Bingen) en el Monasterio de Rupertsberg. Una mujer extraordinaria, la versión femenina de Leonardo Da Vinci.

Santa, compositora, escritora, filósofa, científica, naturalista, médica, polímata, abadesa, mística, líder monacal y profetisa. Tras ser silenciada durante casi ocho siglos, la figura de Hildegarda de Bingen fue rescatada para manifestarse como una de las figuras más poderosas e influyentes de su época.

Os recomiendo el completísimo artículo que escribió Laura Morrón sobre ella en su blog Los Mundos de Brana, y que podéis encontrar AQUÍ.

Escultura de Hildegarda de Bingen, por Karlheinz Oswald, 1998, frente a la abadía de Eibingen.

Hildegarda de Bingen tuvo una influencia notable. Podemos afirmar que fue una de las científicas más importantes del siglo XII. Además, el hecho de ser monja no le impidió escribir sobre muchos temas, incluido el orgasmo femenino o Gaudens femina, ni tampoco introducir el lúpulo en la cerveza.

Hildegarda insistía en que el placer sexual era cosa de dos, que residía en el cerebro y que la mujer también lo sentía, por lo que introdujo por primera vez el concepto de orgasmo femenino.  Podéis imaginar lo que supuso esto en ese momento, en que se creía que la inclinación por el sexo era una manifestación del pecado. ¡Lo dijo una monja en pleno medievo! Una monja que para nada fue callada o apartada. Incluso fue la primera mujer a la que la Iglesia permitió salir del monasterio a predicar.

Os transcribo su definición del orgasmo (no, no pienso poner aquí un enlace a ningún vídeo explicativo):

«CUANDO LA MUJER SE UNE AL VARÓN, EL CALOR DEL CEREBRO DE ÉSTA, QUE TIENE EN SÍ EL PLACER, LE HACE SABOREAR A AQUÉL EL PLACER EN LA UNIÓN Y EYACULAR SU SEMEN. Y CUANDO EL SEMEN HA CAÍDO EN SU LUGAR, ESTE FORTÍSIMO CALOR DEL CEREBRO LO ATRAE Y LO RETIENE CONSIGO, E INMEDIATAMENTE SE CONTRAE LA RIÑONADA DE LA MUJER Y SE CIERRAN TODOS LOS MIEMBROS QUE DURANTE LA MENSTRUACIÓN ESTÁN LISTOS PARA ABRIRSE…»

En cuanto a la cerveza, nuestra super-monja, preocupada por las enfermedades que provocaba en la población beber agua insalubre o almacenada en malas condiciones, estudió los beneficios de introducir el lúpulo –una mala hierba que crecía salvaje en Baviera- en el proceso de elaboración de la cerveza. Aconsejaba a las monjas de su abadía que tomaran cerveza para mantener las mejillas rosadas y las enfermedades alejadas. (Yo prefiero cambiar la imagen del monje de abdomen prominente por la de las monjas de mejillas sonrosadas).

El lúpulo es lo que le imprime ese característico toque amargo a la cerveza que balancea el dulzor del cereal. Y el gruit es la mezcla de hierbas que aromatizaba la cerveza antes del empleo del lúpulo.  Seguro que te has tomado un gin tonic con gruit y no lo sabes.

Pero vamos por partes:

Hildegarda fue la décima y última hija de una familia alemana, noble y acomodada. Según la tradición medieval religiosa, se ofrecía a Dios el diezmo, y ella como hija número diez fue entregada y consagrada a la actividad religiosa desde el momento mismo en que nació.

Su educación fue encomendada a la abadesa Jutta Spanheim, que la formó en materias como el latín, griego, música, botánica y teología.

A la edad de dieciocho años decidió tomar los hábitos en la orden benedictina que la acogió, y al desaparecer su tutora y responsable del convento, la nombraron abadesa con tan solo 38 años.

A partir de ese periodo inició una gran actividad intelectual, llegando a publicar hasta nueve tomos de diferentes temáticas, como la mística, teología, medicina, botánica y música.

Desde el punto de vista actual, el trabajo de Hildegarda no sería considerado ciencia. Sin embargo, debemos ponernos en el contexto histórico en el que le tocó vivir, hace casi mil años.

Hildegarda aseguraba que todo lo que sabía venía de sus visiones, las cuales le otorgaba Dios.

Desde pequeña, desde los 3 años, sufrió visiones que tendría a lo largo de toda su vida, y éste es el rasgo por el que más se la conoce. De ahí vine que se la conozca también como la «sibila del Rin» o «profetisa teutónica». Fue debido a estas visiones que comenzó a escribir, pues escuchó una voz que le ordenaba poner por escrito «todo cuanto viera y oyera». Sucedió en 1141, cuando tenía 43 años. De nuevo debemos ponernos en contexto a la hora de juzgar este tema de las visiones.

Su fama como sanadora atraía a tanta gente que se dice que una de las monjas trató de convencer al obispo de que le ordenara a Hildegard parar de hacer milagros.

Una de las habilidades milagrosas mejor conocidas de Santa Hildegarda era que curaba a la gente con el agua del Rin, de ahí que se la conociera como La Sibila del Rin. También sanaba con plantas y piedras.

Ella creía que todo lo que había en el mundo estaba ahí a disposición del ser humano para utilizarlo.

Sus estudios, su filosofía y su música brillaron con luz propia.

Algunas personas la reconocen como santa patrona de la ecología, la medicina, la música, el arte y por supuesto de la cerveza.

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