El Chat Invencible

Hablaban todas las noches. Hasta tarde. Algunas veces se les podía hacer de día. Y con el día, se daban los buenos días. Se habían conocido en Meetic, hacía un par de meses. Manuela, de 35 años y separada, ya tenía dos hijos y no quería más. Alberto, de 41, fumaba ocasionalmente y le gustaba caminar.

Del chat de la aplicación no tardaron en pasar al del Whatsapp. Aquello, les permitía mandarse fotos y vídeos porque a veces, bastantes veces, les apetecía hacer sexting. De que aquello se llamaba así lo sabía Manuela por su hija, la mayor. Cada uno en su casa sudaban a distancia, mientras el otro llenaba su pantalla con su sexo más cómplice y escrito.

Fumaban abrazados a los audios del después, se decían ya algún te quiero y planeaban videollamadas. Hablaban entonces de ciudades y de viajes que podrían hacer juntos muy a pesar de cómo estaba ahora el mundo con la pandemia. Se pasaban grupos de Telegram interesantes, y en más de una ocasión entraban juntos a pasear. “Amsterdam” se llamaba el último.

Después, cada mañana, se cruzaban en la máquina del café de la oficina donde ambos trabajaban. Se trataban como se trata en una oficina a uno más. Eran compañeros. No lo hacían para disimular ni para esconder nada. Nadie en el trabajo les hubiera prohibido una relación. Con los años, con los intentos, y con los fracasos, Manuela y Alberto habían encontrado un espacio que era invencible, y ambos habían acordado no traspasar jamás ningún muro fuera de las paredes de su fortaleza de chat.

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