EL PROGRESO DE AMARTE

Yo tengo la capacidad de recordar mis vidas pasadas. No sé si todas, pero gran parte de ellas.

En las que recuerdo, siempre, apareces tú como mi gran amor, aunque haciendo este repaso llego a la conclusión de que vida tras vida nos acabamos perdiendo y me pregunto entonces si no habremos malgastado nuestras oportunidades forzando esta unión eterna.

Aunque a priori puede parecerlo, la muerte, que siempre se interpone en nuestras historias no es la gran antagonista. Lo que verdaderamente nos separa es el progreso humano.

En la primera vida que recuerdo éramos aborígenes, vivíamos en aldeas. Nacimos allí, crecimos allí. Nos enamoramos y nos juramos amor eterno. Fuimos partícipes del primer movimiento migratorio que hizo el ser humano. Hasta ese momento solo nos movíamos por alimentos, pero en la aldea creció una necesidad de progresar y se decidió buscar otras tierras.

Yo fui uno de los elegidos. Me alejé de ti con la promesa de regresar, con información de una nueva tierra. Morí en esta travesía por culpa de una herida mal curada. Partí de este mundo maldiciendo esa sed por progreso.

La próxima vida que recuerdo no la tengo tan en claro. Posiblemente fuimos romanos. Sé que yo fui la mujer y que tu saliste a colonizar alguna que parte de Europa. Otra vez el progreso nos separó. Volviste sano y salvo. Pero no duró demasiado ese regreso. Ese progreso parecía ser lo importante. De la segunda vez ya no regresaste.

Inglaterra 1740. Lo recuerdo bien. Desde niño fui muy conservador. Quizá traía ese miedo a lo nuevo de mis vidas pasadas, pero esto me duró poco. Comencé a trabajar desde muy chico. Nos volvimos a cruzar. Nos enamoramos. Tuvimos varios hijos. Crecimos juntos y prometimos no soltarnos, pero me obsesioné con el dinero. Eran épocas de hombres haciendo negocios y fumando cigarros. El Progreso vino en forma de ferrocarril. Pude entrar en ese mundo y comencé a viajar muchísimo. Formé otra familia con la hija de un importante empresario y acabé muerto en un duelo por deudas. Lejos de ti.  

1942 estamos en España. La guerra me dejó psicológicamente mal. Hay amor pero faltan alimentos. Me ofrecen una oportunidad en Buenos Aires, Argentina. Ocho semanas de barco, por el bien de la familia.

Vivimos separados 3 años hasta que pude ahorrar lo suficiente como para llevarlos conmigo a Buenos Aires. Nuestras hijas formaron familia y quisieron buscar el progreso en España otra vez. Catorce horas de vuelo de regreso a una tierra que me llenaría la cabeza de malos recuerdos. No soporté tanto cambio. Mi cuerpo se rindió un junio. Hubiera preferido quedarnos con lo poco que teníamos en Argentina.  

Estamos en el año 2032. Sé con todo mi ser que esta es mi última vida. Me costó muchísimo encontrarte esta vez. Tener relaciones largas es algo antiguo. Desde que desaparecieron las iglesias el matrimonio también se extinguió. Tuviste muchísimas relaciones amorosas en esta vida, incluso con una inteligencia artificial, aunque ya no les agrada que las llamemos así. Fue muy difícil que creas en toda la historia de vidas pasadas. Como si mirar tanto a las pantallas te hubiera hecho olvidar el mirar a las estrellas. Pero ¡qué dicha fue verte despertar!.

Nació de ti la idea de abandonar todo e irnos a las afueras. Dejar de perseguir siempre el dinero y lo material. Acepté de inmediato. Compramos un vehículo inteligente con hogar incorporado, como las antiguas casas rodantes pero 100% medioambiental. Después de recorrer muchos sitios nos instalamos cerca de lo que antes era Estados Unidos, cerca a donde comenzó la gran caída de las fronteras. Esos meses fueron algo indescriptible para mí. Aunque aún soy relativamente joven, comencé a sentir que mi vida estaba hecha y de algún modo esto era el broche perfecto al cierre de todas mis vidas anteriores. 

No vi venir lo siguiente. 

Comenzaste a agobiarte. Te faltaba el aire. Querías volver a la metrópolis. Sentías que habías perdido la chispa en tu vida. Te pedí unos meses para tranquilizarnos y si no funcionaba, yo mismo accedería a regresarnos. Pero ya no era sólo la cuestión de sentirse en el medio del progreso humano, ahora me veías como tu antagonista.

El 36 de febrero de este maldito 2032 se abrieron los vuelos regulares a Marte. Además de lo caro que eran estaba la condición de que sólo se permitía viajar a especialistas en robótica. 

La carrera que tu padre te obligó realizar, la que tanto criticaste, te acabó subiendo a una nave el mismo día en que yo desmantelaba la casa inteligente y me quedaba solo con parte vehicular. 

Regresé a Oaxaca, México, sólo. Compré una pequeña casa de adobo. Me fui a despedir de ti allí, de la pequeña que conocí en aquella aldea hace ya tantas vidas atrás. Nos alejó siempre el progreso, repito. Esa maldita necesidad de más. 

Te encontré en aldeas, en otros países, en otros continentes, incluso en otros brazos. Pero ahora te has ido a otro planeta. ¿Cómo pensar siquiera en recuperarte? 

Cito al primer poeta robot, fragmento de su libro “el alma desactualizada”.

– ¿Cuál es la diferente entre irte, morir o cambiar de planeta si ya no vuelvo a verte? – ¿Cuál es… si en cualquiera de los tres casos, te se, te siento, te recuerdo? –

He muerto muchas veces amor. Y te he perdido muchas otras. Pero estoy por pasar a un sitio del que no hay continuidad. A la ausencia profunda, al dejar de buscarte. 

Ya no vuelvan a encenderme por favor.  

Nebula

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