Esperar

El otro día en una charla con mi amiga Águeda previa al estreno de la nueva temporada de nuestro podcast comentábamos que nuestra generación era experta en esperar.

Podías pasarte una tarde esperando que te llamara tu novia, o tirarte minutos eternos en una plaza sin entender porque alguien se retrasaba y dudando sobre si habrías entendido bien las coordinadas. Ni hablar de los anuncios en una película entretenida, o de cómo éramos capaz de retorcer nuestra agenda para obligarnos a estar a determinada hora en casa para ver nuestro programa favorito.

Cuando en los 80 o en los 90 me compraba un Cassette, un Vinilo o un CD, esa pieza musical era una joya. Y si había alguna canción de ese trabajo que no me gustaba, sabía que era probable que, con el tiempo, al no ser tan fácil rebobinar (recordemos que eso gastaba pilas), podría suceder que acabara siendo de mis canciones favoritas.

Cada vez que escuchaba un disco de «El último de la Fila» sabía que habrían canciones que no me gustarían a la primera y que después las amaría. Con esta me ocurrió. Vaya temazo, por cierto.

Hace bastante que sospecho que aburrirse no es tan malo como nos han hecho creer. Gracias a estar aburrido bastantes veces en mi feliz infancia de hijo único estimulé mucho la creatividad, y crear, sigue siendo una de las cosas que más me calma y me fascina del mundo. Esta cultura del ultra estímulo tiene sus riesgos.

Hoy esperar se asocia a situaciones que inquietan. El resultado de un análisis, la nota de un exámen, el veredicto de un juez. Y en temas audiovisuales, sólo esperamos los estrenos de temporadas de las series que nos gustan. Esa es la única ansiedad que manejamos, ya que plataformas como TikTok o Instagram nos permiten, muy fácilmente, que saltemos el contenido que no nos guste.

No me cegará la nostalgia y puedo afirmar sin dudarlo que hoy es maravillosa la inmediatez para muchas cosas, pero nos perdemos infinidad de matices.

Y digo nos perdemos porque sería muy fácil acusar a los nacidos después del 2000 de ser los únicos que no tienen paciencia ni se toman el tiempo preciso para descubrir cuando no es así.

Mis padres, nacidos en la década de los 40, llenan su ocio viendo infinidad de series en las distintas plataformas de contenido audiovisual. Pues bien, muchas veces compruebo que han abandonado series a los 10 minutos de visionado. 10 minutos. Uno no puede dejar de reír al recordar como en los 90 si te alquilabas una película en el videoclub era prácticamente imposible dejar de verla. Tenía que ser un bodrio total para que ocurriera, y cómo mínimo le dabas una hora de margen para que te convenciera.

Al final se repite la historia de siempre, y parece que cuanto más tienes más te cuesta valorarlo.

Pero, todo va cambiando, y seguramente los hábitos de consumo de las nuevas generaciones vendrán condicionados por nuevas tecnologías y conductas sociales, porque también es cierto que en el máximo auge de la inmediatez están triunfando formatos como el de los Podcasts y el de Twich que no están tan alejados de algo más sereno y conversacional.

Veremos que sucede. Toca esperar.

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