La Ceguera

La primera vez él la vio. Estaba sentada en primera fila, en aquel garaje verde por el que apenas la luz entra por una ventana diminuta tras el cual hay plantado un extraño árbol que no sabemos si da peras o manzanas. Su cara estaba agotada y su cuerpo se dejaba caer sobre una silla, como lo hacían las lágrimas por su mejilla cada vez que intentaba hablar. A pesar de ser solo la sombra de algo que está por ser o venir, él aquel día la vio. Y se acuerda de ello.  

«La primera vez él la vio»

Meses más tarde, apareció en una pantalla. Y aquel día, él la volvió a ver. Su rostro tenía más color que aquella última vez, y en la pantalla entraba más luz que en aquel viejo garaje. 

Días después, se vieron por primera vez porque un día ella ya sí, le vio a él. Y empezaron a verse a menudo. A diario. Se veían porque verte con alguien es fácil si tienes los ojos suficientes. Así que juntaron sus ojos, plantaron el árbol en una casa común, y a esa casa les gustaba ir a merendar lo que aquello daba.

«Un día, ella le vio a él»

Pasaron días, semanas y meses. Y él veía como en ella iba creciendo la luz. No hay nada más hermoso cuando quieres a alguien que ver cómo va encendiendo por sí mismo su propia luz y tú estás ahí para verlo. Y eso se convierte en un secreto que no quieres compartir ni que se sepa.

Pero al cabo de un tiempo esa luz, empezó a apagar la suya. Y él ya no solo la veía. La miraba también. Entonces notó que ella no le miraba a él. Los ojos se separaban. Cuando los ojos entre dos personas se separan, llega la ceguera. Y por primera vez en su vida, él no quiso quedarse ciego. Así que dejó de verla para no mirarla más.

«Él empezó a mirarla pero ella no le miraba a él»

Apple también nació en un viejo garaje. Tal vez solo fuimos otra actualización de software más.  Aún así, no pienso descargarme nunca más ninguna app de ojos. Porque de todo esto he aprendido que, al fin, ya sé mirar.

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