LA LEY DE MUERTES

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“Sr./Sra.Martín Martínez Pons, tiene cita para su defunción a las 13:37h del día 22/3/2398 en C/del Centro, 45 3º1ª 2pl Consorcio Sanitario de Defunción 91300983”

A las 7h sonó el despertador como cada mañana, pero aquel día, Martín no iría a trabajar. Tenía el día libre por defunción. El día por defunción estaba remunerado desde que la Ley de Muertes entró en vigor en 2153. Durante décadas los Sindicatos habían peleado por el derecho laboral a una muerte pagada, como las vacaciones de Navidad. En realidad, desde que La Muerte había decidido dar a conocer al Ser Humano la fecha y hora exacta de la muerte de cada individuo, una de las cosas que se tuvieron que recomponer de cero fue todas las Leyes en materia laboral. Desaparecieron, por ejemplo, los contratos indefinidos.

“La Muerte daba a conocer el día y hora de tu muerte”

Aquella mañana, Martín salió a pasear. La noche anterior había cenado con toda la familia, como despedida y había abusado un poco del Rioja. Se encontraba pesado. Se puso el chándal de los domingos y bajó a desayunar al bar de su amigo Julián, un viejo conocido del barrio al que todavía le quedaban 5.987 días de vida. Julián estaba planeando sus vacaciones y le pidió su opinión. El mar, Julián, ya sabes que yo siempre he preferido el mar. Leyó la prensa deportiva, balbuceó algo sobre Benzemá y pagó la cuenta.

“La noche anterior había abusado un poco del Rioja”

Al salir, encendió un cigarro y volvió a casa. La Ley de Muertes no permitía que un ciudadano muriera en plena calle conociendo su destino.  Si todo el mundo hiciera lo mismo, el gasto sanitario y de limpieza se dispararía. Y las multas llegaban siempre a tus seres más queridos.  Así que aquello te obligaba a morir en casa. Este fue uno de los puntos más polémicos durante la aprobación del Proyecto de Ley en el Parlamento. La Ley de Muertes te denegaba el acceso a morir al aire libre, como también te prohibía morir colocado o acompañado. Nadie podía estar a tu lado en ese momento por el riesgo evidente de suicidio premeditado de esa persona. Y el suicidio estaba penado con pena de muerte. Era la única excepción.

“El suicidio estaba penado con pena de muerte”

Cuando subió, ojeó viejos álbumes de fotos, estuvo mirando un rato la tele y cocinó un plato de macarrones boloñesa. Justo cuando puso la pasta a hervir, miró el reloj. Se le había ido el santo al cielo. Apagó el fuego, y se murió.

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