La Muerte y La Moda

Elena le anudó la corbata porque se había acostumbrado a hacerlo cada mañana como pretexto para el primer beso del día. Martín se dejaba hacer. Cariño, que hoy tengo mucho jaleo, me voy ya. Termina con el café, que sé que hoy no has dormido muy bien, te he escuchado levantarte un par de veces.

Martín apuró el café y cogió el coche y se dirigió a la empresa, situada en un polígono de las afueras. Allí se encontró con varios compañeros que, como siempre, le esperaban con ansias de lunes futbolero. No es fácil ser del Madrid en Barcelona y no estaba siendo aquella una buena temporada para los blancos. Martín aguantó el chaparrón planteando todas las Copas de Europa, como siempre, y así terminaron aquel rato de espera que siempre compartían antes de partir a trabajar.

Una vez en el garaje cada cual se subió a su coche fúnebre y se dirigió al tanatorio asignado. A Martín le mandaban aquella mañana al más lejano.  No le importaba demasiado, le gustaba escuchar la radio a aquellas horas de la mañana. Atrapado en una caravana en la Ronda, casi ya era inmune a las miradas de los conductores hacia su coche. Solían mirar hacia la parte de atrás, más que a él. ¿En qué debe pensar la gente cuando mira la parte de atrás de un coche fúnebre? Yo, el que suscribe este relato, cuando lo hago, espero que vaya vacío, como si eso supusiera que la muerte es mentira, que no existe, que no es verdad.

«¿En qué debe pensar la gente cuando mira la parte de atrás de un coche funebre?»

“Mi más sentido pésame” dijo unas cuarenta veces durante el tiempo que tardó en cargar la caja y dirigirse a la Iglesia. Era la frase que seguramente más iba a decir durante su vida. El caso es que volvió a poner la radio y llamó a casa. Llegaría un poco tarde a comer. Pero que le apetecían habas.

«Mi más sentido pésame»

He pensado este relato esta mañana cuando he visto a la persona de mi ciudad a la que veo siempre que veo un entierro aquí. Estaba fumando y charlando con otros compañeros. Debe llevar unos 20 años en esto, porque ya entonces estaba cuando enterramos a mi abuelo. Y he pensado en cómo debería ser su rutina. Y he pensado que simplemente sería eso, una rutina.

No sé si os habéis fijado, pero en temas de la industria del entierro, la tecnología permanece estancada. Un entierro de ahora es igual que hace 50 años. Como los trajes que llevan los propios profesionales del oficio. Esos trajes tan característicos, similares a los de un comercial. Trajes desaliñados y tristes de fábrica. Morir nunca estará de moda. 

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