Los Borrachos. Capítulo 12-Mindfulness

Laura no se soltaba de mí. La podía sentir llorando apoyada en mi hombro. Me abrazaba fuerte. Apretaba contra mí con todas sus fuerzas. Ey, vamos, tranquila, le decía yo sin saber muy bien qué hacer. Mi hija nunca había demostrado hacia mí ningún tipo de apego afectivo de aquella magnitud, y yo nunca había sido una persona que se encontrara muy cómoda en este tipo de situaciones. Digamos que era más bien de ese tipo de personas prácticas a las que cualquier muestra de emoción les descolocaba. Y peor aún, siempre buscaba alguna explicación cuando esto sucedía.

Así que ahora que tenía a aquella chica desconsolada pegada a mí me sentía incómodo. No sabía muy bien qué hacer. Hice lo único que sabía, investigar una razón. Las lágrimas siempre tienen alguna razón, pensé. ¿Qué te pasa Laura? Luichi está con otra, me dijo. Cómo que está con otra. Sí mira. Me acercó su móvil. Mira. Puta idiota añadió. Luichi le había mandado un mensaje con una foto donde aparecía besando a otra chica. “Estoy bn t quiro oero voy a mpezar 1 relaciun cn ella”. ¿Para qué cojones me manda este mensaje? Vamos a ver Laura, le dije, a ti Luichi te daba un poco igual. Lo sé joder, pero una cosa es eso y otra que me mande este mensaje y toda esta puta mierda de situación de tanto borracho por todas partes. Qué coño está pasando con el mundo. Pues no lo sé hija, le dije sentándola, pero esa botella no es la solución. Están todos borrachos y habrá que aceptarlo. Qué quieres chica, déjalo y vámonos a descansar, que lo necesitamos.

Cuando llegamos a la furgoneta, Jordi no estaba. Vamos, no me jodas. Joder. Desperté a Manolillo. Oye, ¿dónde está Jordi? Hace un rato estaba durmiendo aquí. Manolillo se puso sentado y alcanzó su copa de balón. ¿Qué pasa? Que dónde está Jordi, no le veo por ninguna parte. Joder, ni idea. Venga, vamos a buscarlo .Déjame dormir fenómeno, ya vendrá, ya es mayorcito. Manolillo, échanos una mano, venga, arriba. Eso, vámonos de caza. Miramos a Laura, tenía de nuevo el bate en la mano y los ojos aún hinchados de la llorera. Laura, tranquilízate un poco. Manolillo se reía. Adoro a esta chica, ella sí que los tiene bien puestos. Menuda figura. Ni me toques, le dijo Laura cuando él intentó pasarle la mano por la cabeza. Tócame y te reviento. Chicos, vale ya, vamos a buscar a Jordi.

Estuvimos caminando durante 15 minutos por el único camino que entendimos que alguien podía tomar para adentrarse en el bosque. No tardamos en llegar a un claro. Shhh, quietos, les dije. Un grupo de unos 20 chavales estaban frente a una hoguera bebiendo y fumando porros. Uno de ellos cantaba una canción de Serrat con la guitarra. Y allí estaba Jordi sentado con ellos. De repente a mi lado sentí un ruido tremendo que pensé me había reventado el tímpano. Manolillo había disparado un tiro al aire con la pistola que le había quitado al policía. ¡A ver, vosotros, podemitas, dispersarse!, gritó. Luego se echó a reír. Todo el mundo a dormir. Todos echaron a correr y nos quedamos solos con Jordi.

En ese momento fue cuando escuchamos el sonido de varias armas recargando a un par de metros de nosotros. Tres chicos de no más de 30 años nos estaban apuntando con varias escopetas. No deis ni un paso. El más alto, el que parecía ser el cabecilla dijo eso y añadió dirigiéndose a una chica «Tú, Mindfulness, venga, átalos». Mindfulness no era muy alta, pero de interesante complexión atlética y con una cara muy dulce a ojos de cualquiera. Suficiente para que Manolillo la repasara de arriba a abajo sin ningún tipo de pudor. Ella se acercó a él y le dio con la culata de la escopeta un golpe en la cabeza. Le dejó inconsciente. Eh, eh, tranquilos, por favor, pedí. Mindfulness sonrió y con muchísima pausa dijo: «Perdón, me ha salido del corazón, amémonos». Sus compañeros se echaron a reír.

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