LOS BORRACHOS. Capítulo 3: Álvaro Bastante

Recuerdo que de pequeño quería ser futbolista o cantante. Como todos los niños de aquellos años 80 miraba con admiración a ídolos como Miguel Bosé o Emilio Butragueño. Me pasaba el día jugando a la pelota y las noches cantando con una raqueta de tenis en la habitación. Al final no fui por supuesto ni una cosa ni la otra. Mi padre, administrativo de corazón, me llevó finalmente por aquella senda de los números y el orden que me acompañarían después toda mi vida en todos los aspectos, no solo en el trabajo.

Mi obsesión por el control y el orden supongo que se la debo a él. En la notaría de Don Avelino Argamasilla siempre había trabajo para mí. Llevaba toda una vida con él. Ordenando papeles, redactando, concertando, agendando y escribiendo. Nunca firmando, por supuesto. Firmaba Don Avelino, y a cada firma se ganaba un dinero al que yo nunca tuve acceso.

Pero aquel puesto de trabajo me permitió ordenar mi vida personal e hipotecarme en un piso de Hospitalet de Llobregat. Un piso en un gran bloque de pisos con muchos pisos. Allí nos fuimos a vivir Elena y yo en cuanto nos casamos. Y allí nació Marta. Había conocido a Elena cuando aún tenía un grupo de rock en la universidad. Supongo que ella se enamoró de un tipo de vida que esperaba y que no encontró conmigo. Así que un día se fue. Me aburres me dijo. Estoy aburrida de ti, de tus números y de tu orden. Me ahogo. Cogió a la niña, y se fueron las dos. A Madrid. Tiempo después me enteré que estaba con un youtuber quince años menor que ella. Tres millones de seguidores tenía el chico. Yo me convertí con el tiempo en uno de ellos. Me era más fácil saber de la vida de Elena y de Marta por aquel canal, donde colgaba absolutamente todo, que por ellas mismas, que me contaban poco y a cuentagotas.

Jordi, despierta, que te vienes conmigo. La mañana en la que Jordi y yo nos fuimos para siempre de aquel hotel, me costó mucho despertarle y convencerle. Aquí no te puedes quedar Jordi, se van a dar cuenta de que estás borracho y tendrás problemas. “¿ME PAAA SAS POR FA VOR EL MAN DO DE LA A A TE EE LE?” me dijo. Sí, hombre sí, toma, el mando de la tele. Pero recoge, nos vamos de aquí. Y nos fuimos.

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