Los Borrachos. Capítulo 4: La Huída

La mañana de aquel 23 de diciembre en que empezó todo, salí a la calle como cada día en dirección al trabajo, sito en la Avinguda Diagonal de Barcelona. Justo debajo de casa andaban discutiendo dos conductores por un pequeño accidente entre sus coches. Acerté a escuchar algo como tú maldito idiota, me cago en todos tus muertos, mira cómo me has dejado el coche. La respuesta del otro estaba bastante a la par. El griterío entre ambos era ensordecedor y varios transeúntes les rodeaban beodos perdidos apostando por el posible ganador.

Con el paso de los días, y las semanas, la situación empeoró de manera dramática. El avance de la pandemia fue sacando lo peor en el caso de mucha gente. Y eso provocó robos, roturas de escaparates, incendios de contenedores, peleas y asaltos. Y en uno de esos asaltos, se me metieron unas quince personas en casa. Y me echaron. Apenas pude recoger algunas cosas de valor y algo de dinero que guardaba en efectivo.

Sabiendo que no podía quedarme en la ciudad, empecé a caminar por la montaña hacia el sur. Y fue así como llegué a Torrelles. Después de varios días de camino. Justo entrando en el pueblo, fue donde conocí a Jordi. Parecía desorientado. Llevaba la ropa muy sucia, como mojada, y no lograba moverse con normalidad. Pero me enterneció desde el principio su mirada, como infantil, su inocencia. Rondaba la misma edad que yo, los 40. Decidí cuidar de él y pasamos unas cuantas noches en la montaña, en una especie de campamento que improvisamos con cualquier cosa que encontrarnos para resguardarnos del frío. Necesitados de alimentos, fue entonces cuando decidimos entrar en el pueblo. Y fue así como nos topamos con Leo, un argentino campeón de pádel, que viendo que estábamos sobrios nos invitó a ir a aquel hotel del que ahora, hoy, nos marchábamos para no volver. Yo, que intuía que Jordi no estaba borracho pero sí contentillo, no permitía que entrara en muchas conversaciones ni que saliera mucho de la habitación.

Eran las 6 de la mañana. Todo el mundo dormía. Pasamos por la cocina y cogimos alimentos y agua como para una semana. La calle principal parecía desierta a esa hora. Vimos a algún que otro borracho tirado en el suelo. Era el momento. Echamos a correr. Salimos del pueblo a toda velocidad y llegamos a la montaña. El campamento donde habíamos pasado aquellas primeras noches seguía allí intacto. Recogimos todo y caminamos todo el día hasta llegar a Sitges. Sin ningún incidente destacable. Muchos borrachos en el camino, pero de los simpáticos. Cuando nos los topábamos yo fingía estar borracho y les daba abrazos mientras Jordi les decía que les quería mucho y les dejaba su mando de la tele. En Sitges decidimos pasar aquella primera noche.

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