Los Borrachos. T2. Cap 6: Tauromaquia

Los borrachos no salían nunca de su estado de embriaguez pero completaban todo el círculo de borrachera más o menos habitual. Es decir, empezaban a beber  mediodía coincidiendo con el vermut, seguían durante toda la tarde, alcanzaban su máximo punto etílico en la noche y la madrugada y luego pasaban una dura resaca que, eso sí, no les devolvía al estado sobrio, si no que les dejaba en estado etílico. Algunos entonces se dormían, otros se quedaban traspuestos, pero ninguno superaba la embriaguez. Esto era lo general en todos ellos. Siempre había casos excepcionales de borrachos que llevaban otro tipo de ciclo, y que funcionaban al revés, o de borrachos que aderezaban sus borracheras con otras drogas y llevaban un desorden aún mucho mayor. El caso es que alguno de ellos, de los borrachos, había intentado dejar de beber durante días, para tratar de salir de aquel estado. Pero no lo lograban. Por alguna razón aún desconocida, todo aquel que bebió aquel famoso 22 de diciembre, no había logrado volver al estado sobrio normal.

Todo esto nos lo explicó Fausto, el amigo de Manolillo, durante la cena en su casa. Llegamos por fin a ella después de superar algún que otro obstáculo en forma de borracho en alguna de las calles del tubo y en las escaleras de aquel edificio. Poco más.

Fausto, de unos 60 años, era un histórico promotor de eventos taurinos de Zaragoza. Vivía en un  gran piso en pleno centro de la ciudad. El piso estaba decorado de una manera castiza tradicional con todos los detalles que pueden envolver al mundo del toreo. Laura no se sentía muy cómoda allí. Mindfulness tampoco pero enseguida encontró un lugar para buscar su centro y se sentó. Laura centró su atención en el suculento cordero que Fausto nos preparó y olvidó por unos momentos todo aquel ambiente de la tauromaquia. Jordi y yo, nos dejamos llevar, algo que se nos daba de maravilla. En aquel piso, con su amigo, dejamos a Manolillo que llevara la voz cantante.

Fausto exhibía una borrachera similar a la de Manolillo. En realidad, ambos estaban cortados por un patrón similar en cuanto a manera de pensar y actitudes .Fausto, eso sí, lucía aquella manera de ser con todo un porte señorial que intentaba mantener intacto tanto en las formas como en la manera de vestir. Así que mientras Manolillo era como un típico cuñado patoso al que enseguida se le puede notar las copas que llevaba encima, Fausto manejaba su borrachera de una forma mucho más elegante. Eso no impedía que los demás nos diéramos cuenta de ello y de cómo se trababan sus palabras. Por supuesto, hacíamos como si no nos diéramos cuenta de ello.

Fausto, viudo desde hacía unos años, vivía solo en aquella casa. Apenas organizaba ya algunos eventos taurinos esporádicamente. Esto ya no es el negocio que era, nos comentaba. Ha caído mucho. La cena fue una sucesión de historias de su vida en formas de anécdotas de corridas y toreros. Se notaba que hacía tiempo que aquel hombre no hablaba con nadie. Vivo con la puerta cerrada y cuando alguno se ha acercado me ha bastado con enseñarle esto para que saliera corriendo, nos dijo refiriéndose a los borrachos y mostrando su vieja escopeta de caza. De momento, aquí estoy bien. Vente con nosotros, le dijo Manolillo. Fausto, aquí no estás seguro, en algún momento te entrarán en casa. Mira cómo está la ciudad. ¡Que lo intenten! Estoy preparado. Se levantó de la silla y agarró el arma. Manolillo le calmó riéndose. Menudo fenómeno eres amigo mío. Anda, siéntate, le dijo. Yo ya no tengo edad para ir de aquí para allá querido Manolillo. Deja, deja. Oye, ¿tus amigos no beben? No, solo ese, dijo señalando a Jordi. Los demás están como unas rosas. Impolutos.

Está bien. Bueno, venid, quiero enseñaros algo. Y nos invitó a que le siguiéramos.

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