LOS DRÉPANOS (Archivo completo)

Los Drépanos es una novela online por capítulos semanales que narra la llegada a la Tierra de una civilización extraterrestre a los pocos meses de acabada la pandemia.
Escrita por Zambayonny, ilustrada por Daniel Caporaletti y corregida/leída por Adriana Berg.

CAPÍTULO 1: ¿QUÉ ESTÁBAMOS MIRANDO?

Cuando se produjo el primer contacto con los Drépanos la humanidad recién estaba saliendo de una pandemia brutal que había dejado millones de muertos en todo el mundo y todavía se encontraba gozando de la típica libertad festiva que se produce después de acontecimientos catastróficos como una guerra, un desastre natural o un colapso económico.

Al principio, por supuesto, todos pensaron que se trataba de una broma o de una noticia falsa ya que en esos años era muy común que nada fuera del todo cierto, sin embargo con el correr de las horas y de los acontecimientos no quedaron más dudas: La humanidad estaba frente a su primer contacto con una civilización extraterrestre.

No fueron pocos los que relacionaron el virus de la pandemia con un posible ataque previo de los Drépanos, ya que a simple vista era demasiada casualidad que ambos hechos se encontraran a tan poca diferencia de tiempo y no tuvieran relación. Parecía bastante lógico: “Primero nos envían un virus letal para diezmarnos por completo y enseguida llegan a conquistarnos sin mucho esfuerzo” aseguraban en los bares entre cerveza y cerveza. Al mismo tiempo decenas de prestigiosos expertos salían a declarar en todos los medios que eso era absolutamente falso y que no había ningún tipo de relación entre un virus que llevaba muchísimo tiempo mutando en la Tierra y estos lejanos extraterrestres. Naturalmente nadie les creyó y los Drépanos comenzaron la bienvenida con el estigma de ser señalados como los autores del supuesto ataque inicial.

De un momento para el otro la euforia y la alegría que estaba recorriendo el planeta tras haber vencido al virus se detuvo como un reloj y en menos de una semana todos los habitantes se volvieron a encerrar en sus casas, a improvisar búnkers, a almacenar alimentos, a guardar agua y a abrazar a los suyos.

Los gobernantes de todos los países estaban perplejos, no sabían si estaban frente a una amenaza horrorosa a la que había que responder con todas las armas posibles o si se debía primero investigar qué era lo que querían estos seres del espacio. “Ante la duda hay que atacar” era lo que más se escuchaba por todas partes. “Ante la duda hay que esperar” replicaban los que tenían más poder de fuego.

“¿Cómo es que los extraterrestres llegaron hasta acá sin que nuestros centros de observación espacial pudieran detectarlos?” se preguntaban los presidentes con cierta razón. “¡Destinamos millones y millones del presupuesto para investigar galaxias, estrellas, planetas, cometas y hasta meteoritos enormes que podrían colisionar contra la Tierra y sin embargo de un día para el otro tenemos encima de nuestras cabezas a miles de naves extraterrestres y no las vimos venir!” exclamaban furiosos “¿Qué estábamos mirando?”.

La pregunta retumbaba en todo el planeta pero sobre todo en las altas esferas gubernamentales mientras los astrónomos sólo ensayaban una tímida explicación ante su propio estupor. “Creemos que viajan a la velocidad de la luz y por eso hasta hace una semana no teníamos noticias de ellos”.

Era verdad, apenas una semana antes del arribo de los Drépanos los insomnes trabajadores del observatorio del Teide se sobresaltaron frente a lo que parecía ser un error en el informe del Telescopio Robótico Bradford que indicaba que miles y miles de puntos en el espacio se movían a una velocidad jamás vista y en franca dirección a nuestro planeta. De inmediato realizaron un relevamiento íntegro del instrumental pero no encontraron ninguna falla por lo tanto consternados elevaron el hallazgo a todas las comunidades científicas de la Tierra quienes incrédulos enfocaron entonces sus telescopios gigantes hacia las coordenadas provistas por el Teide y no tardaron en confirmar que no se trataba de ningún error. Delante de sus desoladas miradas la infernal flota Drépana surcaba el espacio rumbo a nosotros.

“Me cago en la leche” dijo al enterarse el empleado de limpieza del observatorio y llamó de inmediato a su esposa que estaba durmiendo.

CAPÍTULO 2: PARABARITO

Eran las 4 de la mañana y a la mujer del Cheba no le sorprendió en lo más mínimo que su marido la llamara a esa hora así que atendió casi en automático sin imaginar lo que estaba por escuchar.

  • María, nos atacan los marcianos, levanta a los niños, avísale a tu madre si quieres, toma el arma que está dentro de la funda de la guitarra, traba las ventanas y cierra la puerta con dos vueltas de llave.

La mujer se incorporó de inmediato y respondió sin inmutarse:

  • ¿Estás preso no?
  • Que no, María, que me acabo de enterar que nos atacan los marcianos y a tí pareciera que te da igual.

La mujer por primera vez pareció tomar cierta dimensión de lo que estaba ocurriendo así que respondió con el tono de voz más calmo que pudo.

  • Si estás secuestrado y no puedes decirlo por favor pronuncia la palabra: Parabarito 
  • ¡Pero coño! – respondió exaltado el Cheba – ¿Cómo podría incluir la puta palabra parabarito en una oración lógica delante de secuestradores? Te estoy diciendo la verdad, mujer
  • ¡Tú nunca dices la verdad! – respondió ella enfadada por la hora, por lo que estaba oyendo y por quién sabe cuántas viejas historias entre ellos dos
  • Esta vez es distinto – contestó él y tenía razón.

María se quedó callada y María nunca se quedaba callada.

Ellos se habían conocido en Madrid cuando eran muy jóvenes a través del hermano de María que era un muchacho muy bien conectado con el cual el Cheba mantenía ciertos negocios de los que no se hablaban en voz alta. Cuando la policía no estuvo de acuerdo en la legalidad de esos asuntos arrestó al hermano de María una madrugada y pese a que éste no delató a nadie la joven pareja decidió abandonar la península de un día para el otro y mudarse a Tenerife para empezar de nuevo y formar una familia.

Al poco tiempo de buscar empleo le ofrecieron un puesto de limpieza en el Observatorio Espacial del Teide. Al principio el Cheba dudó en aceptar la propuesta porque jamás había trabajado en relación de dependencia. En realidad casi nunca había trabajado y jamás había sostenido una escoba más que para matar a una rata en la casa de sus padres cuando era niño, sin embargo le había prometido a María que buscaría un trabajo honesto con tal de que ella lo acompañara en su huida de Madrid hacia las Islas Canarias y no quería defraudarla. Por otra parte pensó que en ese trabajo no habría demasiada competencia y si se ganaba la confianza de los jefes del observatorio con su carisma y su habilidad para resolver inconvenientes podía obtener en pocos meses algún tipo de ascenso hasta dejar el balde para que limpie otro. Obviamente el plan del Cheba no funcionó en lo más mínimo ya que era virtualmente invisible para sus superiores con los que casi no compartía horario laboral porque la limpieza se realizaba de noche cuando sólo quedaba una mínima guardia vigilando el espacio exterior desde un salón con decenas de pantallas. 

Compensaba esa vida recorriendo la isla con la funda de su guitarra asaltando turistas con una escopeta que escondía ahí dentro.

Esa madrugada, mientras el Cheba conducía nervioso su furgoneta desde el Observatorio Espacial hasta su casa para contarles lo que estaba sucediendo a su familia y también a algunos vecinos a los que María había despertado para avisarles que su marido traería “noticias impactantes que todavía no estaban en los noticieros”, algunas de las naciones más poderosas de la Tierra formaban un comité de crisis compuesto por políticos, científicos, militares y allegados para analizar la situación en una teleconferencia mundial secreta sin precedentes.

Cada uno de los mandatarios junto a sus equipos exponían la información con la que contaban sin guardarse ningún detalle porque ni siquiera había tiempo para la especulación política. El miedo los igualaba como un reflector. Además, la verdad, es que todos contaban más o menos con la misma información, esa que decía que alrededor de diez mil puntos en el espacio se aproximaban a nuestro planeta a una velocidad nunca vista.

Los traductores de todos los idiomas ajustaron sus auriculares mientras se abrían los micrófonos, se encendían las cámaras y comenzaba la primera reunión del Comité de Crisis con más urgencia que solemnidad. El encargado de tomar la palabra para dar la bienvenida fue el Cónsul que era el más acostumbrado a romper el hielo en los Congresos y en las fiestas fuera de protocolo.

  • ¡Hola! Sean bienvenidos a este primer encuentro del Comité Urgente de Crisis, que de ahora en adelante llamaremos simplemente por la sigla CUCO
  • Falta la O – acotó con razón el General Sanders
  • Queda mejor así, y tiene más que ver con todo este asunto – argumentó el Cónsul
  • Empezamos mal – murmuró el General
  • Por favor no es momento de detenerse en eso, no sean imbéciles – intercedió con su habitual autoridad la Canciller alemana y entonces ya no se habló más del nombre.
  • Bueno, antes que nada quiero plantear la mínima posibilidad de que tal vez no sean naves – continuó el Cónsul sin creerse ni en lo más mínimo lo que estaba diciendo pero mostrando un optimismo a prueba de razones – quizás se trate solamente de un fenómeno natural producido por alguna explosión o algo así, no lo sé.
  • No, no – lo corrigió de inmediato el director de la NASA – son puntos en el espacio exterior que avanzan en formación geométrica y con movimientos inteligentes. Sin dudas son naves espaciales alienígenas

Un silencio pesado se esparció entre todos los conectados.

  • ¿Y de qué tamaño son las naves? – preguntó alarmada la secretaria personal del Ministro de Defensa de Francia como si eso cambiara mucho la situación
  • Bueno, todavía no lo podemos confirmar – le respondió algo dubitativo el director de la NASA sintiendo que era su responsabilidad tener esa respuesta
  • Nosotros tenemos hecho un cálculo aproximado –  expuso con cierta prudencia el jefe de la Agencia Espacial Federal Rusa
  • ¿Y cuánto les da? – volvió a preguntar cada vez más alarmada la secretaria personal del Ministro de Defensa de Francia 
  • Según nuestros cálculos – hizo una larga pausa aunque no había tiempo para pausas dramáticas – cada una de las naves espaciales que se aproximan a la Tierra tienen el tamaño de un estadio de fútbol
  • ¡Wow! –  se sorprendieron todos los que estaban en la teleconferencia sin poder dar crédito a lo que estaban oyendo
  • ¿Solamente el campo de juego o contando las gradas? – preguntó el enviado del Vaticano para que no haya una confusión.
  • Contando todo – respondió lapidario el ruso.
  • ¡A la marosca! – se asustó el enviado del Vaticano y se fue de la pantalla
  • ¿Cuánto falta para que lleguen estas criaturas de mierda? – preguntó la Canciller alemana con su típico pragmatismo
  • Siete días – le respondieron varios.
  • O sea… una semana – calculó bien el presidente de EEUU
  • La mejor defensa es un buen ataque – interrumpió el agregado cultural de Israel como si hubiese dicho lo que había que decir
  • Mire, con todo respeto, un ataque preventivo en el espacio contra diez mil naves del tamaño de un estadio de fútbol que viajan a la velocidad de la luz es absolutamente imposible – dijo el General Sanders
  • Usted no me va a decir lo que es imposible – le replicó con voz finita el enviado israelí
  • Es imposible, lo lamento – repitió lacónico el General Sanders y entonces todos dijeron “uhhh” como si le hubiera pegado un puñetazo en los dientes
  • ¿Y si hacemos un escudo magnético protector alrededor del planeta para que las naves enemigas estallen cuando choquen contra él? – propuso el Primer Ministro del Reino Unido haciendo un círculo en el aire con las dos manos.

De inmediato le cortaron la conexión. 

  • ¿Alguien más tiene alguna estupidez para proponer? – preguntó irónicamente el General Sanders 
  • No – respondió de inmediato el Presidente de EEUU
  • Entonces pasemos directamente al plan B 
  • ¿Matarnos antes de que nos esclavicen como hicieron los hombres de color negro? – preguntó muy afectado el presidente de EEUU
  • No, no – lo tranquilizó el General – yo no quisiera decir lo que voy a decir, pero… 
  • ¡Ya sé! ¡No lo digas! No lo digas… –  le pidió el Cónsul casi en una súplica
  • Es mi deber poner sobre la mesa todas las soluciones al alcance y por lo tanto no puedo evitar decir en voz alta a la más importante… hay que buscar a Voynich

Una serie de murmullos y lamentos se escucharon en todos los micrófonos al mismo tiempo.

  • ¿Quién es? – preguntó asustada la secretaria personal del Ministro de Defensa de Francia
  • Es el único científico en la Tierra experto en extraterrestres, sólo él puede darnos todas las respuestas que necesitamos… nos había advertido sobre esto y no le hicimos caso – se lamentó el General
  • ¿Y por qué no lo llaman ya? – preguntó confundida y con razón la secretaria del Ministro de Defensa de Francia
  • Bueno, no es tan fácil – susurró el ruso 
  • ¿Por qué?
  • Es que lo expulsamos de la comunidad científica – aclaró el hombre de la NASA
  • Y nos burlamos de él – recordó el ruso
  • Sí, y le quemamos el traje nuevo con un cigarrillo en la fiesta de fin de año científica
  • Claro, me había olvidado – dijo casi riéndose el ruso – le hicimos tanto bullying que nos volvimos expertos en bullying…

Todos volvieron a hacer silencio durante unos segundos como si recordaran anécdotas divertidas pero con tristeza.

  • Voynich… Voynich… la concha de su madre… – susurró preocupada la Canciller alemana 
  • No va a ser fácil ubicarlo, dicen que vive en las montañas aislado de todos o que habita una pensión mugrienta en medio de alguna gran ciudad o que pasa sus días en un barco pesquero atracando en cualquier puerto del mundo sin que nadie lo reconozca o que ahora es un magnate millonario que utiliza otro nombre y otro sexo
  • Si, se dicen cosas absolutamente dispares sobre él, incluso que está muerto
  • Bien muerto está el idiota
  • ¡Basta, ruso, no es momento de continuar con el bullying
  • Además no va ser fácil que colabore – aseguró el General Sanders
  • Sí, nos odia – dijo el hombre de la Federación Rusa entrando en razón
  • Y a la humanidad también – replicó el General Sanders
  • Y para colmo nosotros somos humanos – recordó el Presidente de EEUU
  • Mejor busquemos a otro – propuso el Cónsul – tiene que haber otro ¿No?
  • No hay otro como él – se lamentó el chino que hasta ahora no había dicho nada – sinceramente no hay otro como él… me voy a bañar.
  • ¡Yo si quieren lo llamo! – interrumpió la secretaria personal del Ministro de Defensa de Francia mientras se recogía el cabello. El chino volvió sobre sus pasos.
  • ¡Eso! Llamalo como cosa tuya – le propuso el Cónsul con renovada esperanza
  • Si, me parece bien – apuntó el director de la NASA – no le digas que hablaste con nosotros
  • ¡Perfecto, sí! Contale muy por arriba como está la situación a ver qué te dice
  • Ok, pásenme el número – dijo la mujer
  • Esperá, lo tengo que tener anotado en algún lado – respondió el Cónsul y se puso a buscar en una pequeña libreta roja llena de tachaduras hasta que lo encontró – acá está!
  • ¡Shh! No hagan ruido que voy a llamar – dijo ella y marcó el número de Voynich

Todos hicieron silencio para escuchar la conversación.

CAPÍTULO 3: MATAR AL MENSAJERO

La profunda y alegre voz de Voynich se oyó tras unos pocos segundos de repetirse el tono de llamado.

  • ¡Hola! Usted se ha comunicado con el contestador automático del profesor Voynich, por favor deje su mensaje después de la señal y un número de teléfono para poder responder a la brevedad, muchas gracias.

La inmediata decepción de todos los integrantes del Comité al darse cuenta de que era un mensaje grabado se tradujo casi de manera automática en un renovado fastidio contra Voynich, sin embargo la mujer respondió sin titubear.

  • Hola, mi nombre es Geraldine Laurent, soy la secretaria del Ministro de Defensa de Francia y me comunico con usted para hacerle saber una información absolutamente confidencial que ojalá le interese tanto como a nosotros para así poder contar con sus valiosos aportes y conocimientos. La situación es la siguiente: Los telescopios espaciales han advertido la presencia de miles de naves extraterrestres que se aproximan a nuestro planeta a la velocidad de la luz y no sabemos qué hacer, Le dejo mi número personal para que se comunique conmigo lo antes posible: +33122477297. Muchas gracias de antemano y espero su llamado a la brevedad porque se trata de una situación límite para la seguridad mundial.

Tras decir eso cortó la comunicación mirando a todos con la tranquilidad y la seguridad de aquellas mujeres acostumbradas a que les respondan rápidamente cualquier mensaje.

  • No va a llamar – sentenció con suficiencia el hombre de la NASA acariciándose la barbilla
  • Es que le gusta hacerse el misterioso, siempre fue igual, lo molería a golpes – dijo el ruso golpeando su puño contra la palma de su mano y se notó que le dolió 
  • Va a llamar – los tranquilizó Geraldine – siempre llaman…
  • Bueno, mientras esperamos yo propongo un brindis para celebrar que estamos todos juntos sin diferencias políticas buscando una solución para un problema que tenemos en común – exclamó el Cónsul mientras destapaba con elegancia una botella de champagne pero no lograba evitar bañarse con la espuma que no dejaba de salir pese a sus apurados y torpes movimientos
  • No podés ser tan pelotudo – le dijo la Canciller alemana negando con la cabeza
  • Te la batieron, Cónsul – concluyó el chino – me voy a cenar.
  • ¿Es champagne? – preguntó preocupado el presidente de EEUU
  • Si, si – respondió el Cónsul distraído tratando de secarse con un pañuelo de seda
  • A mí me pasó lo mismo con leche esta mañana – continuó el presidente de EEUU – no es para nada grave, se manda la prenda a la tintorería y te la entregan a las 24 hs tan limpia y planchada que te dan ganas de volver a ponértela enseguida
  • Yo prefiero tirarla – comentó el agregado cultural de Israel – siempre hay alguien que la necesita aunque esté manchada

El general Sanders tosió fuerte varias veces en el micrófono para lograr un poco de atención y tomó la palabra.

  • El reloj no para de correr y las naves continúan acercándose, lamentablemente deberíamos pasar al Plan C 

Todos hicieron silencio y se miraron sin saber cuál era el plan C

  • ¿C de casa? – quiso confirmar el presidente de EEUU
  • C de “cagamos fuego” – le respondió el ruso estallando en una carcajada ante la incómoda mirada de los demás – perdón, es que estoy nervioso y un poco borracho – se disculpó mientras controlaba la risa con esfuerzo.
  • El plan C es evacuar – aclaró con pesar el General Sanders
  • ¿Evacuar? – se alarmó la Canciller alemana – ¿Cómo carajo vamos a evacuar a toda la población mundial?
  • Bueno… a toda no – le respondió el israelí  – por lo menos a la de los países más importantes
  • ¿No hay plan D? – preguntó ilusionado el presidente de EEUU

El general Sanders elevó la mirada al cielo y contestó con solemnidad

  • Si, señor, encomendarnos a dios 
  • No, no, en serio – dijo el ruso – ¿No hay plan D? 

Justo en ese momento sonó el celular privado de la secretaria del Ministro de Defensa de Francia y velozmente la mujer tomó el aparato en sus manos para leer en voz alta con una sonrisa triunfal:

  • “Número desconocido”… es él – y atendió con tono sexy

Los demás se quedaron mirando y escuchando sólo la voz de ella porque el celular de Geraldine no estaba conectado a los altavoces de nadie. Por lo tanto mientras Voynich del otro lado de la línea no paraba de hablar, los demás sólo la escuchaban a ella asentir con resignación, negar con énfasis, explicar con frases cortas lo poco que sabían de las naves que se acercaban, reír nerviosamente, ponerse seria, coquetear, mirarlos con cara de horror, luego mirarlos con cara de sorpresa, luego mirarlos con una expresión divertida, luego aceptar en reiteradas oportunidades, luego intentar interrumpir inútilmente y finalmente despedirse diciendo que lo iba a consultar con los demás y que lo llamaría para contarle la decisión tomada.

  • ¿Quién era? – preguntó antes que los demás el Presidente de EEUU
  • Voynich – respondió ella
  • Maldito hijo de perra – murmuró el ruso
  • Bueno, vamos al grano ¿Qué dijo? – apuró el Director de la NASA

Geraldine arqueó la cejas, se respaldó en su asiento y encendió un cigarrillo antes de comenzar a hablar. El Cónsul tosió como si le molestara el humo a través de la pantalla.

  • ¡Dale pendeja! – exclamó nerviosa la Canciller alemana golpeando con las uñas varias veces al vidrio de la cámara
  • Ok – dijo la secretaria del Ministro de Seguridad de Francia y se incorporó en el asiento – Voynich dice que sospecha quiénes son los extraterrestres que se acercan a la Tierra y que en ese caso sabría lo que hay que hacer pero no lo puede decir en una comunicación telefónica porque es información sumamente delicada y solamente la puede exponer en un ámbito absolutamente privado y confidencial por lo tanto los invita sin rencores a que celebren una reunión secreta donde él se encuentra para informarles punto por punto absolutamente todo lo que está sucediendo y cuál es el único camino a seguir.
  • ¿Sin rencores? – preguntó sorprendido el ruso
  • Si – contestó ella – Voynich dice que está en otra etapa de su vida, que sólo los mediocres se quedan atrapados en el pasado y que nada de lo sucedido con ustedes está a la altura de lo que está por ocurrir en nuestro planeta
  • ¿Te habló bien de mí? – preguntó curioso el Cónsul
  • No, no me habló bien ni mal de ninguno de ustedes. Lo noté tan entusiasmado como preocupado con estas noticias, me confesó además que es la gran oportunidad que siempre estuvo esperando para poder confirmar todo lo que estudió y entendió sobre la vida extraterrestre.
  • Y sí… – reconoció el General Sanders con hidalguía – sabe mucho, eso no se lo puede negar ni el más obtuso de sus tantos enemigos
  • Es verdad, por algo Voynich es Voynich y los demás somos los demás – concluyó el ruso desolado
  • Me parece una hermosa señal que quiera colaborar, tenemos que organizar ya mismo esa reunión – propuso el hombre de la NASA
  • Claro que sí – se entusiasmó el Cónsul – yo me encargo de coordinar la logística protocolar de todos para que esta reunión sea absolutamente secreta y nadie en el mundo sepa que estaremos ahí
  • Muy bien, entonces ya mismo organizo los vuelos, las estadías y la seguridad de todos los integrantes de este Comité para ir ganando tiempo – dijo el General Sanders – ¿Dónde está Voynich? 
  • Bueno… acá está el punto controversial – respondió Geraldine con mucha prudencia – Voynich vive en la Isla San Salvador de las Bahamas en el Caribe
  • ¡Muy bien! ¡Hermoso lugar! Si nos movemos pronto podemos estar todos ahí en 15 horas – concluyó el Cónsul y se puso a revisar un enorme cuaderno anillado repleto de datos.
  • El problema es que vive en una playa nudista – soltó la mujer para terminar con el misterio de su cara de preocupación – Voynich dice que sólo se reunirá con ustedes en su playa nudista y que todos deberán ir sin ropa
  • ¡¿Quéeee?! – exclamaron todos a la vez
  • ¡Ya me parecía que había una trampa! ¡Es un hijo de mil putas! ¡Yo no voy a ir en pelotas! ¡Yo no voy a ir en pelotas! – gritó la Canciller alemana sacudiendo la pantalla con las dos manos
  • ¡Se los dije! ¡Se los dije! – dijo el hombre de la NASA que nunca había dicho eso

Nadie salía del estupor y la posible reunión con Voynich parecía estar destinada al fracaso desde el primer momento.

  • Pasemos directamente al Plan E y olvidémonos de él – propuso el General Sanders 
  • No, no – lo interrumpió el Presidente de EEUU – yo puedo ir a reunirme con Voynich en traje de baño y medias 
  • No, no, señor – lo corrigió la bella secretaria francesa – lamento contradecirlo pero Voynich fue muy, muy, muy específico con esta condición: Todos desnudos o nada
  • ¡Nada! – gritó nervioso el agregado cultural de Israel con su voz finita- y cuando las naves se acerquen a nuestro planeta les tiramos con todo el arsenal nuclear que tenemos y no les van a quedar ganas de venir a molestarnos nunca más.
  • Claro – le respondió irónicamente el General Sanders – y de paso matamos a toda humanidad con semejante cantidad de explosiones atómicas, un super plan el suyo.
  • Ña ña ña – le contestó el israelí frunciendo la nariz
  • ¿A quién le decís ña ña ña, petizo? – le preguntó con su voz de trueno el General acercando su amenazante cara deforme a la cámara mientras el agregado cultural de Israel instintivamente se echaba hacia atrás
  • Tendríamos que haber matado a Voynich mientras pudimos – reflexionó el ruso con pesar en su propio laberinto
  • ¿Y si voy sin medias?
  • Tiene que ser totalmente sin ropa – le contestó Geraldine y el presidente de EEUU se puso colorado

La discusión parecía estancada definitivamente y no se vislumbraba una salida hasta que de pronto algo ocurrió.

  • Bueno, no hay problema, yo voy – dijo el chino que en algún momento había vuelto de cenar sin hacer ruido – yo no tengo inconvenientes en asistir desnudo a una reunión para salvar a la humanidad, además suelo tomar mis vacaciones en playas nudistas y no tengo complejos con mi cuerpo al natural.

Los demás se miraron y a nadie le costó imaginarlo en esa situación. A partir de ese momento China tomaba la delantera política en la defensa mundial y los otros integrantes del Comité estaban acorralados

  • Ok – se sumó el Cónsul – yo tampoco tendría problemas en ir desnudo si vamos todos
  • ¡Pero la concha de tu hermana, Consul! Me extraña de vos – le recriminó la Canciller alemana sabiendo que la balanza comenzaba a inclinarse en favor de Voynich
  • Yo también voy desnudo – confirmó el ruso y se empezó a sacar la ropa
  • Todavía no – lo detuvo la secretaria del Ministro de Defensa de Francia – esperemos a llegar a la isla y a que todos estemos de acuerdo.
  • ¿Vos también vas a ir desnuda, Geraldine? – le preguntó repentinamente muy interesado el agregado cultural de Israel
  • Por supuesto – contestó sin dudar la mujer
  • Entonces yo también – aseguró el hombre
  • ¿Seguros que no quieren escuchar el Plan E? – intentó persuadirlos por última vez el General Sanders
  • Ya es tarde para el abecedario – le respondió el hombre de la NASA con tristeza dando a entender que él también se sumaba a la reunión nudista
  • Ok, entonces sólo faltan confirmar ustedes dos – dijo el Cónsul refiriéndose al presidente de EEUU y a la Canciller alemana
  • Lo tendré que consultar con mi esposa – reconoció con un hilo de voz el primer mandatario estadounidense y salió de cámara
  • Pero que pollerudo de mierda – reflexionó en voz alta la Canciller y luego de tomarse unos segundos para pensar dijo en voz alta con un tono tan firme que daba cierto temor – esta reunión será posiblemente la reunión más importante y secreta de la historia de la humanidad por eso Alemania no puede faltar, sólo exijo respeto, responsabilidad y la mayor discreción posible ante este panorama tan complejo como inusual. En este mismo instante me hago cargo de aquel antiguo adagio germánico que dice: Si la mierda viene torcida, hay que agarrarla con la boca – y escupió en el suelo.

Todos aplaudieron y luego se quedaron unos segundos en silencio tratando de no arruinar el momento emotivo de la Canciller. Finalmente se comprometieron con una mano en el corazón a mantener en absoluto hermetismo por el resto de sus vidas el carácter y las condiciones de esa reunión con Voynich.

Pocos instantes después regresó a la pantalla el Presidente de EEUU

  • Dice mi mujer que no, lo lamento.
  • Me importa un carajo lo que diga la pelotuda de tu mujer, vos venís en bolas con nosotros y se acabó la discusión – le gritó la cancillera alemana
  • Ok – dijo él.

Al mismo tiempo que los integrantes del Comité Urgente de Crisis aceptaban participar de la reunión secreta con Voynich en la isla nudista, el Cheba llegaba a su casa rompiendo los límites de velocidad y con la sensación del jugador que tiene una carta importante y le pesa demasiado en las manos.
Ya desde lejos observó con estupor que no solamente lo estaban esperando en la vereda su mujer, sus hijos, su suegra y otros parientes, sino también una gran cantidad de vecinos, desconocidos y curiosos que alertados por el rumor que corrió de boca en boca parecían desesperados por conocer la noticia que él traía. 
Apenas estacionó la camioneta todos se le abalanzaron y empezaron a preguntarle muchas cosas a la vez. Él intentó alejarlos y calmarlos antes de empezar a hablar, sin embargo sus propios nervios lo traicionaban y acabó por abrazarlos y besarlos a todos como si fuese un reencuentro emotivo de post guerra. Minutos después decidió treparse al techo de la furgoneta entre los manotazos de esa pequeña muchedumbre zombie y recién una vez que estuvo bien en alto, utilizando la mayor calma que podía mostrar, les dijo en un sólo grito que acabó por alertar también a otros vecinos:

  • Me he enterado en el observatorio donde trabajo que nos están por atacar los marcianos – al oír esas palabras el murmullo de todos se transformó en un alarido general que derivó en empujones y llantos – por favor, por favor señores, no le digan nada a nadie ya que todavía es una noticia muy secreta. Simplemente antes del amanecer empaquen lo que puedan, carguen a sus familias en sus coches y busquen un lugar seguro porque nos vienen a matar a todos.

La suegra furiosa le tiró con la dentadura postiza y le pegó en la frente.

CAPÍTULO 4: OPERACIÓN DESNUDA

El encargado de planificar el viaje secreto de los integrantes del Comité Urgente de Crisis hasta la Isla de San Salvador en las Bahamas fue el Cónsul porque todo el mundo lo reconocía como un excelente organizador de fiestas y un gran anfitrión de contingentes.

Sus celebraciones solían transcurrir en diferentes, lejanos y sofisticados puntos del mapa donde asistían decenas de top models, importantes personalidades de la política internacional, figuras del deporte, estrellas de la música y actores de Hollywood que transcurrían la velada bebiendo el mejor champagne europeo y saboreando exóticos manjares presentados por los chefs más premiados del planeta. Obviamente nadie quería perderse ninguna de sus glamorosas fiestas, pero mucho menos la de su cumpleaños que solía ser uno de los eventos más esperados del calendario incluso por varios presidentes de distintas naciones.

Más o menos a las 3 de la mañana siempre, pero siempre, el Cónsul tomaba el micrófono un poco entonado por el alcohol, agradecía a todos los invitados por su presencia, proponía un brindis por cualquier motivo y acto seguido comenzaba a cantar. A veces lo hacía sobre una pista previamente entregada al DJ, en otras oportunidades acompañado por la orquesta que estuviera contratada para el evento y en el peor de los casos simplemente a capela. Los comensales sabían que ése era el precio que debían pagar por estar invitados a esas magníficas celebraciones por lo tanto aplaudían a rabiar y lo alentaban a los gritos apenas notaban que el Cónsul comenzaba a rumbear hacia el escenario. Incluso solían pedirle otra apenas terminaba de cantar la primera canción, a lo que él siempre accedía tras negarse mínimamente con una sonrisa humilde.

Sus clásicos, por supuesto, eran “A mi manera” y “New York, New York” a la que siempre le cambiaba la letra para nombrar a la ciudad en la cual estaba sucediendo la fiesta en ese momento. Al bajar del escenario todos lo iban a saludar y él se sacaba una foto con cada uno de los invitados más conocidos. Por eso mismo es que se jactaba de tener el mejor álbum de personalidades del mundo abrazadas con él.

Ahora todo era distinto, debía organizar el traslado secreto de importantes líderes mundiales desde diferentes puntos del planeta hasta una lejana isla en las Bahamas con la mayor de las discreciones y a contrarreloj. Sin embargo, lo primero que solicitó fue que le permitiesen poner un nombre a todo el operativo para poder tenerlo bien identificado en su cabeza como si llevara paralelamente muchas otras tareas que pudieran confundirlo. Al hombre de la NASA le pareció estúpido y fue el que más se negó, sin embargo los demás integrantes del Comité se dieron cuenta que era más fácil seguirle la corriente en esas pavadas antes que ponerse a discutir en serio. Le dieron el ok.

  • Se va a llamar “Operación Desnuda” – anunció el Cónsul con alegría y así bautizó también al grupo de chat.

Al principio estuvo dudando entre La Habana y Miami como centro de operaciones cercano a la isla de Voynich pero se decantó finalmente por la ciudad estadounidense ya que estudiando el calendario se dio cuenta de que podía aprovechar su estadía en la Florida para asistir al estadio y ver a sus amados Delfines contra los Jets de Nueva York. 

La Operación Desnuda estaba perfectamente organizada hasta el último detalle. Todo el cronograma fue recibido de manera codificada y con doble encriptación por cada uno de los pasajeros. De todos modos, no había mucho misterio. El plan consistía en que todos debían llegar a Miami dentro de las siguientes 24 horas para alojarse secretamente en diferentes puntos que el Cónsul ya tenía reservados y aguardar hasta la mañana siguiente en la que serían recogidos por diferentes ambulancias, patrulleros, camiones de caudales, taxis comunes y otros medios de transporte no identificados como vehículos oficiales que los llevarían directamente hasta las escalerillas de un bimotor privado, el cual luego los trasladaría a todos juntos en menos de cuarenta minutos hasta el aeropuerto de Cockburn Town en la Isla de San Salvador.

La explicación de los mandatarios para ocultar o justificar su viaje ante los medios y la población quedó en manos de cada uno de sus propios gobiernos aunque de todos modos el Cónsul les envió una serie de excusas disponibles que tenía preparadas para ciertas eventualidades. No las usaron. 

El primero en llegar al bimotor fue el ruso, lo hizo en un taxi. Traía poca ropa y un bolsito con sus iniciales. Parecía el típico turista patético. Se sentó bien adelante “para ir mirando” dijo.
En segundo lugar lo hizo el chino al que trajeron en un patrullero esposado para disimular. Incluso lo subieron esposado y el ruso riéndose pidió que no se las quitaran en todo el viaje así que se las dejaron puestas y le dieron la llave al soviético que amagó a comérsela ante la cara de estupor del chino.
Enseguida llegó la canciller alemana en un ambulancia, estaba vestida apenas con el típico ambo verde y un bolsito de la cruz roja, parecía una enfermera de la Segunda Guerra Mundial. Pidió que nadie le dirigiera la palabra. Luego de unos minutos arribó el hombre de la NASA en su auto particular y al mismo tiempo el General Sanders con su típica vestimenta militar parado en un jeep del ejército. Para el final quedaron el Presidente de EEUU que arribó en un camión de caudales vestido de Boy Scout, el agregado cultural de Israel que lo hizo en un taxi aéreo disfrazado de monje y por último Geraldine a la que trajeron vestida de novia en moto.
A medida que iban arribando los recibía el Cónsul quien les explicaba a los fastidiados pasajeros que apenas llegaran al hotel podrían volver a vestirse con sus propias ropas.
Todos se acomodaron en sus asientos, se colocaron el cinturón de seguridad y antes de despegar el piloto les dio la bienvenida, les dijo que había buen clima y les confirmó que el viaje duraría 38 minutos. Acto seguido tomó el micrófono el Cónsul y tarareó la banda de sonido de la película “Top Gun” hasta que le cerraron el micrófono.
Desde entonces el viaje transcurrió casi en silencio como había pedido dos veces la canciller alemana que parecía imperturbable y con un gesto que daba miedo. Apenas el avión alcanzó la altura crucero se mantuvo así por pocos minutos y luego suavemente comenzó a descender hasta atravesar las nubes y  permitir que los pasajeros pudieran observar a través de las ventanillas la paradisíaca silueta de la isla San Salvador.

  •  Ojalá nos hagamos mierda contra el suelo – susurró bajito la canciller alemana mirando con resignación la pista de aterrizaje. Automáticamente alguien le chistó para joderla.

Aterrizaron sin problemas y el avión se detuvo frente a la edificación del aeropuerto donde los esperaba en la más absoluta soledad una anciana nativa encargada de colocarles una guirnalda de flores alrededor del cuello y besarles los pies. El Cónsul fue el único que la abrazó, se sacó su guirnalda y se la colocó a ella en un gesto que nadie entendió. Inmediatamente una combi blanca blindada y con los vidrios polarizados los trasladó velozmente hasta el “Hotel Caronti” que estaba absolutamente vacío esperándolos. Al llegar cada uno fue asignado a una habitación con vista al mar menos el General Sanders que pidió con vista a contrafrente. Acto seguido les dijeron que podían bajar a desayunar a las 10 en punto y que luego de regresar a sus habitaciones volviesen a bajar por el ascensor directamente hasta el subsuelo donde se encontraba el estacionamiento aunque esa vez lo hicieran ya sin ropa y sin celulares porque desde ahí abajo nuevamente la combi los llevaría hasta la playa nudista donde los esperaba Voynich y esos elementos estaban absolutamente prohibidos en esa zona.

El desayuno fue tenso. A juzgar por los rostros daba la sensación de ser la última cena.

Un rato más tarde regresaron a sus habitaciones y minutos después comenzaron a bajar totalmente desnudos. Justamente en el primero de los viajes en ascensor se encontraron de frente el presidente de EEUU y la canciller alemana. Al verse automáticamente corrieron la mirada pudorosa hacia un costado pero el ascensor estaba totalmente espejado por todas partes (incluso el techo y el suelo) por lo tanto el panorama era abrumador. Ambos cuerpos desnudos se reflejaban infinitamente en los espejos y daba la sensación de que ahí dentro había una multitud sin ropa moviéndose como una ola lenta al compás de sus propios movimientos.  Al ver eso el presidente gritó de los nervios. 

Uno a uno fueron saliendo de los ascensores todos los demás cubriéndose como podían, colocándose torpemente de perfil y apurando el paso para introducirse velozmente en la combi, algunos se tropezaban y se iban de dientes. Luego de inmediato ya sentados en sus butacas de cuero transpiradas con la piel desnuda, la oscuridad del estacionamiento volvía a hacerlos sentirse protegidos. Sin embargo apenas el vehículo se puso en movimiento y subió la rampa del hotel para alcanzar la calle la luz del sol caribeño iluminó hasta el último recodo del habitáculo.

El Cónsul inmediatamente puso música de salsa a todo volúmen para romper el hielo mientras hacía unas palmas e intentaba bailar sin golpearse la cabeza contra el techo pero golpeándosela en varias oportunidades.

  • ¡Vamos amigos! ¡Arriba ese ánimo! Estamos yendo a una playa nudista en pleno verano – exclamó con alegría – tomémoslo como unas vacaciones diferentes. Acá nadie conoce a nadie, somos anónimos en un paraíso y nada debe avergonzarnos
  • Es que si los avergüenza lo de afuera es porque los avergüenza lo de adentro – dijo el chofer sin tener ni idea de a quiénes estaba transportando.

Todos los integrantes del Comité odiaban admitirlo pero sintieron que el Cónsul y el chofer tenían razón y que lo absurdo que estaba ocurriendo podía tomarse también como una situación divertida o tal vez como la despedida final. Tantos años sumergidos en sus burocráticas responsabilidades, tantas noches encerrados en habitaciones llenas de humo discutiendo de economía, tantos veranos desperdiciados leyendo los diarios y de pronto comprendieron que nada había valido tanto la pena. 

Poco a poco el clima comenzó a cambiar dentro de la combi, la música parecía perfecta, el mar delante de sus ojos se imponía en la realidad como un sueño insuperable y la vida era algo que nunca habían visto de verdad hasta ese instante. Al llegar a la playa nudista por fin encontraron a Voynich después de tanto tiempo, estaba parado desnudo sobre la arena conversando animadamente con dos mujeres, lo notaron un poco más calvo pero no había perdido su típica barba negra, ni su atlética figura. Al verlos de lejos les abrió los brazos en un gesto cariñoso de bienvenida mientras le pedía a una de sus asistentes que trajera unas cuantas cervezas.

La madrugada en la casa del Cheba no transcurría con tranquilidad porque había conseguido con mucho esfuerzo bajar del techo de su camioneta e introducirse en su hogar pero la gente en la vereda no dejaba de presionar el timbre (a tal punto que tuvo que desconectarlo) ni de golpearle la puerta o las ventanas exigiendo más respuestas sobre la llegada de los extraterrestres. Sin embargo él no tenía nada más para decirles porque lo poco que había escuchado en el Observatorio ya se los había dicho. Al mismo tiempo su suegra lo acusaba de haber inventado toda esa historia para tapar algún otro asunto como había ocurrido en más de una oportunidad y su mujer no sabía si creerle a la madre o a él. Su hija y su hijo asistían a todo ese espectáculo con cara de dormidos sin entender del todo la situación. Minutos antes su madre los había obligado a levantarse y de pronto estaban ahí sentados a la mesa en plena madrugada con un café delante que no habían ni probado escuchando gritos en todas las direcciones.

El Cheba se encerró en el baño. Se miró en el espejo de cerca, se mojó la cara con agua fría varias veces y finalmente se sostuvo la mirada todo lo que pudo hasta que parpadeó y perdió. Pero ganó.

  • ¡Te llaman de Televisión Canaria! ¡Quieren hacerte una entrevista! – le gritó exaltada repentinamente su mujer golpeando con insistencia la puerta del baño.

El Cheba dejó de respirar por unos instantes y cerró los ojos. Luego levantó la cabeza como una planta sobreviviente de la tormenta y respiró profundo. Enseguida abrió los ojos para volver a mirarse en el espejo con una expresión desafiante que nunca antes se había reconocido y sonrió. Algo había cambiado en el brillo de su mirada, era el brillo de la posibilidad. Supo entonces con absoluta certeza que dios le estaba ofreciendo en bandeja una última oportunidad para cambiar de vida y que para eso debía subirse a ese absurdo tren maravilloso que sólo se detiene en estaciones que no existen.

CAPÍTULO 5: MONOS CON NAVAJA O SABIOS CON REVÓLVER

El primero en ir al encuentro de Voynich fue el Cónsul. Lo hizo corriendo torpemente con zancadas largas mientras bamboleaba su cuerpo desnudo como si le quedara un poco grande. Daba la sensación de que avanzaba en cámara lenta y que se iba a desarmar en cualquier momento. Llevaba los brazos abiertos de par en par y una sonrisa enamorada de novios en la estación. La alegría que le provocaba volver a encontrarse con el científico más respetado y más defenestrado de los últimos años le aceleraba el corazón como una bomba de energía, le colmaba los ojos de lágrimas sinceras y le secaba la garganta para que no pudiera gritar. Pero gritaba igual. Voynich al verlo venir se afirmó bien en la arena para recibir el abrazo sin caerse. La escena no terminaba nunca. El Cónsul tardaba en llegar porque se iba cansando con cada paso y entonces Voynich tuvo tiempo de beber un trago más de cerveza antes de ver como el Cónsul daba un salto final hacia él como un niño que espera que lo atrapen en el aire. La blanca y sudorosa piel desnuda del diplomático se estampó contra el firme cuerpo viril del científico que en el mismo movimiento lo sostuvo a upa mientras le acariciaba la cabeza con compasión. 

  • Gracias por recibirnos y ayudarnos – le susurraba el Cónsul en un hilo de voz casi temblando de emoción, como si el sólo hecho de estar frente a él ya fuera la solución misma.
  • No tenés nada que agradecerme – respondió Voynich con su voz profunda sin dejar de acariciarlo mientras observaba al resto del contingente que se acercaba a esos dos hombres desnudos que no se soltaban. Más que nada el que no se quería bajar era el Cónsul, ni siquiera cuando una de las acompañantes de Voynich le ofreció una botellita de cerveza la cual probó sin tocar el suelo.

Voynich fue saludando respetuosamente a cada uno de sus viejos amigos y mientras les estrechaba la mano le decía que no había rencores y que estaba feliz por poder ser parte por fin de esta experiencia definitiva para la humanidad. Todo esto lo hizo con el Cónsul encima que ya se había acomodado bien en los brazos del científico y bebía su cerveza mirando a los demás desde las alturas como si él también los estuviera recibiendo. Incluso les fue dando la mano a todos menos a la Canciller alemana que lo mandó literalmente a la concha de su madre.

La playa estaba tan preciosa como desierta. Los turistas más cercanos se encontraban a quinientos metros de distancia jugando a divertirse entre las olas y la arena, sin tener la más remota idea de lo que estaba sucediendo a su alrededor y en el espacio exterior.

Los siguientes minutos transcurrieron entre brindis, risas, pedidos de disculpas y conversaciones triviales acerca de los malentendidos del pasado y de la inmadurez que todos habían superado con el correr de los años. Al Cónsul lo bajó el General Sanders que había sido negociador de secuestros en varias oportunidades. Cuando recuperaron la confianza oxidada por el paso del tiempo Voynich les contó, para sorpresa de todo el contingente, que desde que se había retirado de la comunidad científica internacional era más feliz que nunca y que vivía muy austeramente en esa bella playa nudista con cuatro mujeres que lo amaban: una japonesa, una sueca, una egipcia y una colombiana. Les confesó además que estaba muy arrepentido por haber desperdiciado tantos años de su vida entre libros interminables, hombres grises y pantallas con números fríos, pero que recién lo entendió mucho tiempo después cuando logró mudarse a la Isla de San Salvador donde mantenía una rutina maravillosa que no cambiaría por ninguna otra riqueza terrenal. Les contó además que cada mañana después de desayunar café negro, frutas frescas y pan casero caminaba desnudo 12 kilómetros por la costa solamente en compañía de su inteligente loro llamado Galileo con quien conversaba mucho, que luego almorzaba con sus compañeras manjares naturales, que por la tarde nadaba en el océano, que luego leía, escribía o cantaba según su estado de ánimo y que finalmente absolutamente todas las noches de su vida luego de quedar exhausto por mantener relaciones sexuales con las cuatro bellas mujeres, se dirigía hasta la oscuridad de la playa para echarse a descansar en la arena fresca y simplemente ponerse a observar las estrellas en un profundo estado de meditación y entendimiento.

  • Aprendí más del espacio mirando las estrellas que en Harvard, aprendí más del amor en una noche con mis cuatro compañeras que en 25 años de relaciones tradicionales, aprendí más de la vida conversando con mi loro que leyendo a los padres de la filosofía y aprendí a volar sumergiéndome en el mar.

Wilfred Voynich había sido un niño prodigio que llamó pronto la atención por su velocidad mental, su increíble poder de análisis y su destreza para resolver problemas, enigmas y símbolos crípticos. Apenas entró en la adolescencia se convirtió en el científico más prometedor de su generación y en poco tiempo le ofrecieron becas fantásticas y premios millonarios por sus investigaciones y sus teorías siempre ligadas al universo extraterrestre. Al cabo de algunos años se volvió material indispensable de consulta para las instituciones más prestigiosas del mundo que abarcaban distintos sectores que iban desde la robótica o la salud, hasta la matemática o la astrofísica. Absolutamente todos deseaban contar con él en sus planteles y se lo disputaban con sueldos que excedían lo creíble para un científico de renombre. Sus disertaciones en las Universidades más importantes del mundo estaban siempre colmadas de grandes personalidades interesadas en escucharlo mientras que sus libros se convertían en best seller apenas se publicaban. Tanto su nombre como su rostro eran sinónimos de éxito y de brillantez que se usaban como ejemplo para que miles de jóvenes desearan ser científicos. Todo iba tan viento en popa para Voynich que tal vez por eso se aburrió del confort y decidió redoblar las apuestas hasta que sus propios colegas no pudieran soportarlo. Con el correr de los años sus teorías comenzaron a resultarles cada vez más incómodas a los demás científicos porque se volvían difíciles de entender, peligrosas de creer y vergonzosas de auditar.

Sin embargo, no fue hasta el mal llamado “incidente Uritorco” que su carrera giró 180 grados y ya nunca volvió a ser el mismo. Aquel increíble escándalo mediático intelectual lo marcó para siempre y le corrió el eje de la vida. 

En menos de dos primaveras la prensa especializada lo fue dejando en un rincón injusto de la crítica amontonándolo con verdaderos delirantes que se subían a teorías conspirativas de Internet o que simplemente soñaban obtener su cuarto de hora en los medios con declaraciones rimbombantes sin el más mínimo respaldo científico. Su prestigio poco a poco fue mutando en prontuario, las grandes Universidades del mundo dejaron de llamarlo, sus libros cambiaron de batea en las librerías, sus declaraciones eran tergiversadas, sus colegas le tomaban el pelo y su teléfono de la noche a la mañana sólo sonaba cuando lo llamaban desde algún medio periodístico bizarro porque alguien juraba haber visto un plato volador o porque algún trasnochado aseguraba haber tenido cierta inexplicable experiencia paranormal.

Más allá de las interpretaciones que se puedan hacer de aquel escándalo en el Uritorco según los intereses que se tengan, la verdad es que Wilfred Voynich no solamente era sin lugar a dudas el mejor científico del mundo, sino que además todos sabían con certeza que él tenía razón por más que lo tildaran de loco para humillarlo. Quizás justamente por eso siempre sobrevoló la idea en la comunidad científica de que en realidad le habían bajado el pulgar desde las más altas esferas del poder porque Voynich se había vuelto muy peligroso con sus extrañas teorías o tal vez porque se estaba acercando demasiado a algo que no debía saberse.

Era casi el mediodía cuando el cielo se nubló de pronto sobre la Isla San Salvador y fue como una metáfora que les hizo recordar el motivo por el cual habían llegado a esa lejana playa nudista. Fue entonces cuando Voynich miró hacia las nubes preocupado y enseguida se sentó con las piernas cruzadas en la arena y les pidió a todos que hicieran lo mismo para dar comienzo a su disertación. De inmediato el Cónsul, la Canciller alemana, el Presidente de EEUU, el Ruso, el Chino, el director de la NASA, el agregado Cultural de Israel, Geraldine y el General Sanders le hicieron caso.

  • Antes que nada deben tener bien en claro que el Big Bang ocurrió hace unos 14 mil millones de años y que no hay nada más viejo en el cosmos que esa fecha, por lo tanto ninguna de las civilizaciones del universo tuvo más tiempo que ése para evolucionar. Esto sin dudas iguala bastante las suertes porque es como si todas jugaran con el mismo presupuesto en un campeonato intergaláctico. Sabiendo esto dividiremos a todas las civilizaciones y razas en 12 niveles según la capacidad que tengan para trasladarse – dijo Voynich mientras encendía un cigarrillo de marihuana – cuánto más rápido se mueven es que más evolucionadas están. Hay bastante consenso alrededor de esta idea porque siempre para obtener más velocidad es necesario más conocimiento. Descuento que lo entendieron pero para que fijen el concepto les comento que se podría hacer cierto paralelismo con los humanos. Cuando nacemos estamos casi quietos porque somos bebés lo cual sería un estático nivel 1, luego aprendemos a gatear y subimos al nivel 2, enseguida nos ponemos de pie y caminamos por lo tanto accedemos al erguido nivel 3, luego aprendemos a correr y entramos al nivel 4 a toda carrera, después nos subimos a una bicicleta y vamos más rápido por lo tanto descubrimos el nivel 5, después nos montamos en un coche y vamos a 200 km por hora por lo tanto entramos al nivel 6 tocando bocina, inmediatamente nos subimos a un avión y vamos al nivel 7 sin tocar el suelo a 1000 km por hora, pero después nos encerramos en una nave espacial y aprendemos que el nivel 8 está en el espacio viajando a 40.000 km por hora, sin embargo el nivel 9 es un salto mortal ya que consiste en viajar a la velocidad de la luz sin desintegrarse o sea a 300.000 kilómetros por segundo, repito… 300.000 kilómetros… ¡Por segundo!. Entonces sí, listo, creemos que ése es el límite posible, pero no, un día descubrimos la maravillosa teletransportación y entonces ya estamos seguros de que no hay más nada para mejorar porque alcanzamos el número dorado, el nivel 10. Pero no, una mañana cualquiera el ser humano aprende a viajar en el tiempo y entonces entra en el nivel 11, un nivel fuera de la escala de méritos, un número mágico que no podría ser más veloz, sin embargo se vuelve a equivocar porque todavía existe el nivel 12, sí, ése que mezcla todas las opciones anteriores porque permite de manera asombrosa estar presente simultáneamente en todos lados a la vez durante todos los instantes del tiempo, o sea: una rama desarrollada de la teoría cuántica.
  • Comprendo, comprendo – dijo seriamente el hombre de la Nasa
  • ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! – largó la carcajada Voynich y enseguida citó al Nóbel de física Richard Feynman – “Si usted piensa que entiende la mecánica cuántica es que no la ha entendido” 

Todos se rieron de los nervios. 

Voynich le dio una larga pitada al cigarrillo de marihuana, luego bebió un eterno trago de cerveza y recién entonces exhaló el humo provocando una nube perfumada de palabras y de ideas.

  • Casi siempre los avances tecnológicos de las civilizaciones van a la par de su inteligencia, cuánto más avanzada o sofisticada es su ciencia más inteligente es quien la crea ya que suele ser bastante difícil imaginar que un idiota consiga inventar algo complejo – dijo mirando al hombre de la NASA –  Sin embargo, a veces existen ciertos saltos exponenciales en los que por azar o por consecuencias ajenas a las civilizaciones, la tecnología va por delante de los propios cerebros que la diseñan. Posiblemente a la humanidad le ocurra esto mismo en pocos tiempo con la inteligencia artificial y los robots.  Lamentablemente cuando una civilización no va a la par de lo que inventa es un peligro para todo el Universo. Sería como estar frente a idiotas con muchísimo poder. 

Cada palabra y cada idea que pronunciaba Voynich en aquel mediodía nublado era tan certera y tan didáctica que ningún integrante del Comité se atrevía a interrumpirlo demasiado. 

  • La humanidad – prosiguió el científico luego de apagar el cigarrillo de marihuana con la punta de los dedos, desarmarlo y comerse la poca marihuana que quedaba – la humanidad va bastante a la par en cuanto a su inteligencia y sus avances. Se encuentra en nivel 8 porque ya viaja por el espacio a 40.000 kilómetros por hora pero mentalmente todavía está un par de pasos atrás, digamos que recién está aprendiendo a manejar automóviles. No está tan mal. Hay otras civilizaciones, por ejemplo, que recién están aprendiendo a caminar aunque juegan con la energía nuclear y otras que evolucionaron mucho mentalmente pero que no obtuvieron logros significativos en cuanto a su tecnología porque tal vez les interesó otro tipo de asuntos, como el arte, el sexo o simplemente el autoconocimiento. Ahora que entendimos todo esto pasemos a analizar lo que está por ocurrir. El Enjambre de naves que se acerca a la Tierra está por lo menos en un nivel más que los humanos en cuanto a tecnología porque ya viajan a la velocidad de la luz,  sin embargo no sabemos con certeza en qué nivel de evolución de inteligencia están. Pueden ser monos con navaja o sabios con revólver.

Se hizo un silencio largo.

  • Ojalá sean sabios con revólver – pidió el Cónsul con temor
  • No creo – respondió Voynich mirando nuevamente hacia el cielo que empezaba a despejarse y todos sintieron un miedo que jamás habían tenido.

A 5000 kilómetros de la playa nudista de Voynich, el Cheba había salido del baño con una actitud que iría perfeccionando con el correr de los meses y a medida que su figura iría creciendo en popularidad. Parecía más alto, más seguro, más poderoso, más encantador. Hasta su voz tenía un tono distinto, el tono del que sabe más de lo que dice, el tono del que sabe callar sin dolor. Nadie en ese momento podía imaginar hasta dónde llegaría el Cheba al atravesar esa puerta del baño. Una carrera meteórica y sin techo lo esperaba como una sombra en el desierto. Faltaba muy poco para que cada habitante de España conociera sus dos apellidos. La paleta de colores del destino había dejado caer su pincel mágico en los pies del hombre menos pensado.

El Cheba miró a su mujer fijamente a los ojos como si quisiera decirle algo que ella no entendió y de inmediato tomó el teléfono para responder con firmeza al llamado:

  • Aló, acá José Manuel Sánchez de la Higuera más conocido como El Cheba ¿Quién lo llama?
  • Hola, mi nombre es Marina, soy productora del noticiero de Televisión Canaria y quisiéramos entrevistarlo en el envío del mediodía para que nos cuente sobre los rumores de un posible avistamiento de ovnis que se habría producido en el Observatorio del Teide. Hemos llamado a las autoridades del lugar y nos han desmentido por completo las versiones, sin embargo, a través de distintas fuentes extraoficiales hemos podido confirmar que se estarían produciendo importantísimas reuniones secretas de las máximas autoridades del mundo para tratar este asunto. 
  • Mira guapa, las autoridades me la sudan y a tí también, sólo te voy a decir tres cosas. Me estoy jugando la vida solamente con atender este puto llamado. Si quieren que les cuente en exclusiva lo que me acabo de enterar sobre el ataque extraterrestre que se avecina van a tener que pagarme 10 mil euros para que ya mismo me pueda ir de Tenerife con mi familia en el primer vuelo que consiga a cualquier parte donde haya un bunker anti nuclear, el primero que me lo pague se queda con la exclusividad mundial. 10 mil euros es mi primera oferta, la segunda serán 20 mil – y cortó.

El teléfono volvió a sonar a la media hora y ya nunca dejó de hacerlo durante los siguientes años en la vida del Cheba.

CAPÍTULO 6: LOS VELEROS DEL ATARDECER

Durante algunos largos segundos Voynich se quedaba en silencio mirando algo. Parecía tratar de ordenar su torbellino de ideas. “Mi cabeza no es un lugar seguro” había dicho como una amenaza para despedirse en aquella última entrevista que había concedido antes de sumergirse en el ostracismo y abandonar la exposición pública tras el incidente en el Uritorco. Sabía tantas cosas, conocía tantos datos y comprendía tantas teorías invisibles al ojo desatento que sin querer había superado ese peligroso umbral donde ya no se sabe qué es lo importante de verdad.

Los desnudos integrantes del Comité de Crisis habían aceptado tácitamente respetar los tiempos del científico pero el reloj los apremiaba. Faltaban alrededor de 6 días para la llegada a la Tierra de miles de naves extraterrestres y debían irse de la secreta reunión en la playa con alguna certeza, con algún dato, con algún consejo que les permitiera trazar una estrategia conjunta frente a semejante situación de peligro mundial. Sin embargo, Voynich parecía estar más allá de ese apuro imponiendo sus largos silencios bajo el cielo de la Isla San Salvador que se nublaba y se despejaba tan rápidamente como una transición teatral dominada por luces y oscuridad. El Cónsul tosió un par de veces para que el científico volviera a poner la atención en ellos y recién entonces Voynich comenzó a hablar y a contarles la más increíble teoría que habían escuchado en sus vidas.  

  • Elegí esta isla por varios motivos – arrancó diciendo como si fuera casual – me gusta el clima caribeño, me gusta la soledad de esta playa, me gusta el color de la arena y me gusta el ritmo de las mareas. A veces uno llega a un sitio sin proponerse nada y a los pocos segundos de respirar el aire del lugar las piezas se ordenan milagrosamente aunque parecían no coincidir. Es entonces cuando uno siente que está por fin en el lugar indicado, en el punto exacto, en la encrucijada perfecta. Todos los lugares son una encrucijada, aún lo más aislados, aún los más concurridos. Los presos están en una encrucijada aunque los agobien esas enormes paredes, los náufragos están en una encrucijada aunque no se asome el horizonte por ningún costado, la gente está en una encrucijada aunque distingan apenas un solo camino. Elegí esta isla, además, porque es el primer lugar a donde llegó Cristobal Colón cuando cruzó el océano sin saber lo que se encontraría. Posiblemente este sitio en donde ahora estamos sentados desnudos hablando del inminente encuentro entre dos civilizaciones interplanetarias haya sido el sitio exacto en donde sus pies pisaron América por primera vez – todos los integrantes del Comité comenzaron a mirar a su alrededor como si quisieran encontrar algo que hasta ese momento no habían visto – a partir de aquel 12 se octubre de 1492 la historia de este Continente cambió para siempre. América y Europa se descubrían a la vez de una manera tan fabulosa como desigual. Una marca perpetua quedó grabada aquel día en el calendario para ambas civilizaciones. Un encuentro inesperado con múltiples e impredecibles consecuencias hasta nuestros días. En esta misma arena un puñado de seres pertenecientes a una sociedad tecnológicamente más avanzada llegaba para someter a sus indefensos huéspedes.

Un hilo frío recorrió la columna vertebral de cada uno de los integrantes del Comité de Crisis al oír esas palabras. Lo que hasta hacía 5 minutos era apenas una playa nudista cualquiera en medio del Caribe se había convertido de repente en el anzuelo de una metáfora oscura que anunciaba un futuro aterrador para la humanidad. 

Voynich sabía que los había impactado y volvió a hacer silencio durante algunos segundos para que terminaran de digerir lo que les estaba diciendo. 

Era solamente el comienzo de algo infinitamente más grande. 

  • Me gusta sentarme a mirar las embarcaciones que inocentemente navegan por acá – continuó diciendo mientras trazaba una línea recta con el brazo extendido que luego cruzó con otra línea vertical – los yates de los millonarios, los cruceros de los turistas, los veleros del atardecer y también los aviones que de noche se ven mejor por sus luces, pero que de día se delatan cuando reflejan la luz del sol o cuando el viento a favor hace llegar hasta mis oídos el ruido de sus fatigados motores. Los observo con ternura, no digo nada ¡Qué les voy a decir! están tan lejos en todas las acepciones posibles que no tiene sentido. Sin embargo, lamentablemente, yo conozco las fuerzas con las que están jugando y ellos no. Es injusto, lo reconozco, pero es la verdad – hizo otra larga pausa y se acostó en la arena mirando el cielo – esta maravillosa isla no solamente es el primer lugar donde llegó Cristobal Colón con su tripulación y sus carabelas, sino que además esta isla está situada en el Triángulo de las Bermudas. Mi lugar favorito en la Tierra.

Al oír que estaban en el Triángulo de las Bermudas el Presidente de EEUU quiso ponerse de pie para irse pero recordó de inmediato que se encontraba desnudo y se puso colorado. Es que la vergüenza por la desnudez se había ido olvidando con el correr de las palabras de Voynich, con cada una de sus ideas, de sus pausas, de su teorías y de sus trampas a la hora de contar las cosas que iban envolviendo a sus oyentes colocándolos en un estado de atención y de embriaguez que muy pocas personas logran con los demás. Desde siempre el científico prodigio había obtenido la atención de todos en cualquier reunión con mucha facilidad. Su voz profunda, su gravedad para narrar, y sobre todo las cosas que decía, eran una conjunción perfecta para que cualquier audiencia quedara estupefacta oyéndolo. Esto se multiplicaba por mil en sus antiguas disertaciones en las Universidades porque además de ser quien era, tenía enfrente a un público que lo veneraba sin peros.

Ahora lo estaba haciendo otra vez, a contrarreloj y dando vueltas con sus argumentos como un novelista alcohólico que va dejando pistas ambiguas porque sabe a donde lleva a sus lectores pero los necesita mareados, confundidos y asustados como niños. 

  • Además de ser un entusiasta estudioso del espacio exterior, como por supuesto ya saben y por eso están aquí – continuó – tengo como hobby analizar naufragios y accidentes raros porque siempre supe que ahí había respuestas escondidas. El primer misterioso naufragio que me maravilló y que estudié hasta el cansancio fue el del Mary Celeste en 1872. Como algunos de ustedes sabrán se trataba de un buque mercante estadounidense que fue encontrado inexplicablemente sin su tripulación, navegando a la deriva y con la olla llena de pollo recién cocido todavía caliente junto a los platos sobre la mesa. Nunca más volvió a saberse nada de sus tripulantes y pronto se convirtió el misterio del Mary Celeste en el mayor enigma de los océanos que para muchos todavía sigue sin resolverse. La inquietante conclusión de aquellos años fue que la tripulación se vio amenazada repentinamente por algo tan grave como inexplicable y que no tuvo tiempo de hacer nada. Tienen razón a medias. Sigamos. 25 años después, en 1897, ocurren 2 hechos increíbles. Por un lado  el histórico avistamiento en España entre Yurre y Lopidana de un globo luminoso color sangre suspendido en el aire que despedía intensos resplandores que observaron muchísimos habitantes durante varias noches de marzo y que acabó por ser noticia desde Antezana de Foronda para toda España. Inmediatamente después ocurre el célebre incidente de Aurora en Texas donde se estrella un OVNI contra un molino de viento y luego cae en un pozo. Por supuesto ambos hechos contaban con los mismos protagonistas. Y ahora viene lo extraordinario – dijo Voynich como si hasta ese momento no hubiera dicho nada – 25 años después, en 1922 se produce la primera colisión frontal entre dos aviones en el aire. Ocurrió entre un Havilland y un Farman Goliath sobre Picardía, una pequeña región al norte de Francia. Algunos granjeros llegaron rápidamente a la escena del terrible accidente y se encontraron con todos los pasajeros muertos, excepto el aeromozo, quien sufría lesiones graves y moriría horas después mientras era trasladado al hospital. El hecho pasó a la historia por ser la primera catástrofe aérea que obligó a cambiar las leyes internacionales de la aviación y a agregar ciertos protocolos tan absurdos como misteriosos. Quizás estos cambios extraños hayan tenido que ver con las insólitas declaraciones del primer granjero que llegó al lugar y que pudo auxiliar al único sobreviviente. El aeromozo estaba en shock y no paraba de hablar en medio de su agonía final. Fue entonces cuando le contó al granjero, entre muchas otras cosas, que justo antes de la tragedia habían visto a una enorme nave espacial junto a su avión y que por eso habían sufrido una total interferencia en el tablero de control. Obviamente nadie le creyó al granjero las cosas que había escuchado de boca del moribundo y lo tildaron de aprovechador e incluso lo acusaron de robarse algunas pertenencias de los muertos. Era cierto, se había robado el reloj del piloto. A los pocos meses el granjero apareció colgado en el granero de su casa junto a una carta de despedida donde contaba con lujo de detalles la totalidad de las increíbles cosas que le había dicho el aeromozo malherido y que no se había atrevido a contar en vida por miedo al escarnio público. Los pocos que leyeron aquella carta (que permanece perdida) quedaron tan asustados que jamás quisieron volver a hablar de las circunstancias que rodearon aquel accidente, ni de los extraños delirios de aquel moribundo.

El cielo se había vuelto a nublar sobre la Isla de San Salvador y una leve brisa fresca comenzaba a soplar inesperadamente sobre la playa nudista de Voynich quien continuaba hablando cada vez con un gesto de mayor preocupación mirando el cielo.

  • 25 años después llegamos a 1947 donde ocurre el más importante hallazgo extraterrestre de la historia – dijo Voynich renovando el entusiasmo –  El 24 de junio de ese año el piloto comercial Kenneth Arnold observó sobre Washington a 9 objetos voladores con forma de medialuna, oval delante y convexa en la parte trasera. El prestigio y la credibilidad del comandante llevaron a que su descripción tan gráfica de las 9 naves extraterrestres dejaran para siempre en la historia el término “platillo volador”. Podría haber sido ése el acontecimiento más impresionante del 47, sin embargo todavía faltaba algo mucho más extraordinario. Apenas unos días después, una de esas naves vistas por el comandante Arnold se estrelló contra un rancho en Roswell Nuevo México y el gobierno de EEUU logró recuperar la nave y el cuerpo de un extraterrestre para estudiarlo y fundar ahí mismo una inexpugnable base.
  • El Área 51 y el caso Roswell – acotó consternado el hombre de la NASA 
  • Exacto – respondió Voynich sin mirarlo y se dispuso a develar el principio del misterio – regularmente cada 25 años ocurre un avistamiento descomunal y nadie se percató jamás de semejante coincidencia, salvo yo,  que miro el mar y miro el cielo de noche y de día buscando entender. Por si les quedan todavía alguna duda la lista sigue y nos está por alcanzar – anunció con tono de alarma – 25 años después de Roswell, en una noche clara del 2 de noviembre de 1972, el avión que comandaba el piloto argentino Héctor Flores fue perseguido por un OVNI sobre Campo de Mayo en la provincia de Buenos Aires y no solamente lo vio él, sino también el resto de la tripulación perteneciente a Gendarmería Nacional quienes observaron a simple vista cómo el OVNI permaneció estático a poca distancia de ellos. El objeto también fue divisado por un avión de Aerolíneas Argentinas y por integrantes de la base aérea de Morón. La descripción que hizo Flores y su tripulación de la nave fue similar a al globo luminoso color sangre que vieron en 1897 en España.

El Comité de Crisis no daba crédito a los que estaba oyendo y al mismo tiempo no podían creer que nadie se hubiera dado cuenta antes de la teoría de los 25 años. Necesitaban urgente regresar al hotel para recuperar sus computadoras y chequear cada uno de los datos que estaban oyendo de boca de Voynich. 

Ya tendrían tiempo de hacerlo y caer en el más absoluto de los asombros. 

  • ¿Pero son todos pelotudos? ¿Cómo mierda nadie se dio cuenta antes de esta teoría? – preguntó furiosa la Canciller alemana con razón – nos hubiésemos podido preparar mejor… ¡Me cago en dios!
  • Tiene usted razón, madame – le respondió Voynich con elegancia sin machacar sobre el hecho de que lo habían expulsado de la comunidad científica.

El científico continuó hablando mientras se incorporaba para observar con más detenimiento las nubes negras que ya estaban sobre sus cabezas y que habían traído con ellas un viento cada vez más fuerte y cada vez más frío. 

  • 25 años después, el 13 de marzo de 1997 el piloto español Juan Reyes que  comandaba un avión de Air Europa que volaba de Nueva York a Madrid observa y deja constancia de un OVNI gigantesco que flotaba apenas por encima del océano. Una megaestructura de forma circular con dos brillantes luces en el centro a 92 kilómetros de la ciudad de Vigo que sin dudas constituye el más grande avistamiento de origen desconocido jamás registrado en España. Por si fuera poco, 10 minutos después el piloto del vuelo de Iberia 6010 que viajaba de Montreal a Madrid por la misma ruta, se ofreció a pasar por encima de la estructura y llamó por radio para confirmar que la información de Reyes era “cien por ciento correcta».
  • Recuerdo ese caso perfectamente – asintió el hombre de la NASA con el semblante desencajado.

El cielo se nubló definitivamente sobre la Isla San Salvador y el viento comenzó a doblar las palmeras, a levantar arena y a arremolinar las olas súbitamente. La temporada de huracanes no había terminado en el Caribe y el huracán Lisa había llegado inesperadamente a la categoría 5

  • Nos visitaron puntualmente cada 25 años – concluyó Voynich mientras se ponía de pie para dejar apresuradamente la playa – y creo que ahora vienen para quedarse.

NOTA AL MARGEN 1: ANKE

A mediados de la década del ochenta, unos días antes de casarse, Anke soñó con su exnovio y decidió llamarlo para invitarlo a que se encuentren y así contarle personalmente que iba a contraer matrimonio con su nueva pareja. 

La decisión de contactarlo le costó mucho porque no estaba segura de estar actuando éticamente bien y además porque no tenía muy en claro lo que iba a suceder en esa última cita que le estaba por plantear al hombre con el que había convivido durante algunos años entre idas y vueltas. Sinceramente no sabía cómo podía reaccionar él con un llamado tan directo después de tanto tiempo pero sentía que era algo necesario para intentar cerrar esa etapa de la mejor manera posible y dar vuelta definitivamente la página. El encuentro podía terminar siendo una inofensiva conversación de dos viejos amigos que cenan en un restaurante o convertirse en una noche de sexo desenfrenado entre las sábanas discretas de algún hotel escondido, por eso llamó.

Hacía casi 3 años que no tenía contacto con él pero su corazón siempre le había guardado a ese hombre un lugar más importante de lo que ella hubiera sospechado.

Tras meditarlo durante algunas horas discó el número de su casa.

La atendió la madre de él con la voz quebrada y entre lágrimas le contó que había ocurrido un accidente.

Ella se quedó consternada y en silencio. Desde ese día se juró no perdonar a nadie.

CAPÍTULO 7: LIBROS RAROS

Antes de que pudieran abandonar la playa, la lluvia helada comenzó a caer tan fuertemente que el golpe de las gotas contra los cuerpos desnudos dolían como si fueran piedras. Y también caían piedras. 

El huracán Lisa se había precipitado repentinamente sobre la isla San Salvador sin darle tiempo a nadie para prepararse. La arena se clavaba en los ojos como agujas y los cuerpos eran empujados por el viento que llegaba del mar con una fuerza brutal.

Voynich en medio de los gritos comenzó a correr alejándose de la playa y les pidió a todos que lo siguieran rumbo a un refugio. Los hombres y mujeres del Comité de Crisis se enfilaron detrás de él en medio del caos que los obligaba a entrecerrar los ojos, agachar el cuerpo para poder avanzar en el remolino y protegerse como pudieran para evitar ser golpeados por los objetos que empezaban a volar descontroladamente por todas partes. Sin embargo Voynich parecía feliz, corría moviendo los brazos en alto con una sonrisa como si quisiera acariciar la lluvia que caía sobre su cabeza. Al llegar al asfalto el grupo se dividió en dos, mejor dicho, en tres. Algunos se fueron detrás de Voynich, otros alcanzaron la combi que estaba estacionada a más o menos 50 metros y en medio del caos y la confusión el Presidente de EEUU fue embolsado por el viento que lo levantó del suelo un par de metros llevándolo a un destino incierto, junto a sombrillas, hojas de palmeras y otros objetos absurdos. El grupo de la combi creyó que el Presidente estaba con el grupo de Voynich, mientras que el grupo de Voynich creyó que estaba con el grupo de la combi. 

Algunos de los integrantes del Comité de Crisis lograron introducirse en el vehículo que los había trasladado desde el hotel hasta la playa. Ahí los esperaba el chofer muy asustado. El primero en subir, como siempre, fue el ruso, detrás de él lo hizo el chino que venía caminando muy tranquilo mirándose las manos como un bebé y por último el Agregado Cultural de Israel llorando. 

  • ¿Son solamente ustedes? – preguntó sorprendido el chofer girando sobre su asiento con el rostro desencajado mientras los contaba una y otra vez
  • Sí, sí – contestó velozmente el israelí – nosotros 3. Vayamos rápido al hotel que los demás se fueron al refugio de Voynich…

Afuera, detrás de los vidrios blindados del vehículo el panorama era desolador.

  • Quizás deberíamos esperar un poco por si llega alguno más – terció sin mucha convicción el ruso, mirando azorado a la playa desierta bajo la lluvia infernal entre remolinos de viento y palmeras que se contorsionaban como si sufrieran un dolor incontenible.

Esperaron 15 segundos en silencio y luego arrancaron a toda velocidad mientras el mar desbordado los perseguía muy de cerca.

El grupo de Voynich corrió desesperadamente durante casi 300 metros hasta llegar al hogar del científico. Se trataba de una magnífica y lujosa mansión de tres plantas que se alzaba tras una ancha escalinata de piedra que emergía entre dos filas de vegetación y estatuas renacentistas. Los tres amplios ventanales del piso superior correspondían a las habitaciones principales con sus respectivos y enormes balcones con reposeras modernas, mesa de té y camas de tela colgantes.

Apenas los vio llegar les abrió la puerta una de sus 4 compañeras, era Keiko, la joven japonesa que llevaba puesto un kimono negro estampado con flores rosas y verdes que solía ser la encargada de recibir a las visitas en circunstancias más normales.  Los movimientos de la chica oriental eran tan suaves y elegantes que daba la sensación de que se desplazaba flotando a unos centímetros del suelo. 

A medida que los empapados y agitados huéspedes ingresaban a la mansión Keiko les iba entregando una bata blanca seca y una toalla perfumada mientras le hacía una reverencia.

Así fue como Geraldine, el Cónsul, la Canciller alemana, el General Sanders y el Director de la NASA se fueron vistiendo con las batas blancas mientras tomaban la toalla para secarse el cabello y agradecían con un gesto amable la reverencia de bienvenida que les hacía la chica japonesa, salvo el Cónsul que además la abrazó y le devolvió la bata como agradecimiento.

Voynich, como buen anfitrión, se quedó en la puerta hasta que ingresó el último de los visitantes y se mantuvo estoico bajo la feroz tormenta sosteniendo sobre el hombro derecho a su loro Galileo que había salido a recibirlo pese a que el viento le volaba las plumas:

  • Bienvenido, bienvenido, bienvenido – les iba diciendo el pájaro a medida que ingresaban, menos al general Sanders a quien insultó sin que el general se diera cuenta.

Cuando todos estuvieron dentro de la mansión, Keiko cerró la puerta con esfuerzo y comenzó a trabar las ventanas que parecían ya no soportar la embestida del huracán Lisa. 

  • No sabía que los científicos ganaban tanto dinero – dijo irónicamente el hombre de la NASA mientras observaba con sorpresa la lujosa mansión de Voynich
  • Bueno, como ustedes bien saben he ganado bastante dinero mientras estuve en actividad como científico respetado – respondió Voynich con altura – luego me expulsaron sin motivo y tuve que buscar otra forma de vida
  • ¿Albañil? – preguntó con sorna el director de la NASA
  • Te sorprenderías con mis habilidades ocultas, pero la verdad es que no soy albañil aunque me hubiera gustado… nosotros vivimos hace muchos años de la lotería
  • ¿De la lotería? – preguntó Geraldine mientras intentaba inútilmente acomodarle las plumas a Galileo que parecía sonreírle y coquetearle
  • Si, de la lotería y de algunas inversiones – confirmó Voynich
  • ¿Te ganaste la lotería? – exclamó el Cónsul – ¡No sabía! ¡Felicitaciones!
  • ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! – explotó en una carcajada el científico mientras se dejaba caer en el mullido sillón de cuero azul que cruzaba el salón de punta a punta – Key querida… ¿Cuántas veces hemos ganado la lotería?

La japonesa cerró los ojos durante algunos segundos como si quisiera hacer memoria hasta que respondió con su tímida y suave voz:

  • Más de 500 veces, mi amor 

Era tan absurdo que debía ser cierto.

  • Es imposible – arriesgó sin convicción el hombre de la NASA
  • Bueno, permítame contradecirlo, señor. Las leyes de la física dicen que es imposible que las abejas puedan volar porque sus alas son demasiado pequeñas para sostener a sus enormes cuerpos, sin embargo como ellas no entienden de física… vuelan – respondió Voynich mirando a su loro que se divertía con la respuesta del científico
  • Yo tengo mala suerte y nunca me gané nada – dijo Gerladine haciendo trompita con los labios en flor – me vendría bien ganar la lotería alguna vez
  • No es tan difícil, señorita, se trata solamente de analizar probabilidades, idear un sistema informático que compre automáticamente todos los días miles de boletos de lotería en casi 200 países desde varias computadoras conectadas a Internet y por supuesto tener un poco de suerte. Cada vez que salimos favorecidos en cualquier sorteo de cualquier parte del mundo por grande o chico que sea, el dinero del premio se cambia a dólares y se acredita automáticamente en las cuentas de la empresa que tenemos con las chicas acá en la isla.

Keiko trajo té rojo y varias piezas de repostería.

  • ¿Qué empresa? – preguntó el Cónsul como si en algo pudiera verse favorecido mientras se quemaba con el té.
  • Una librería – contestó alegremente el científico mientras le agradecía a la chica japonesa por lo que había traído – me gustan los libros raros, los demás creo que ya los leí a todos. Me gustan tanto los libros raros que pusimos una librería con las chicas y la verdad es que no vendemos mucho, más bien no vendemos nada, sin embargo la empresa funciona muy bien… 
  • No puede ser verdad – balbuceó el hombre de la NASA
  • Te cerró el orto – le dijo la Canciller Alemana mientras masticaba despreocupada un bocadito de chocolate y crema.
  • Así es – continuó Voynich – el sistema ideado para vivir de la lotería funciona solo. No tenemos que hacer absolutamente nada más que vivir haciendo lo que nos gusta. Esas pobres computadoras tienen una existencia muy agitada porque juegan solas a todo tipo de sorteos día y noche como adictas enfermas y depositan constantemente una parte de las ganancias en las cuentas de nuestra librería e invierten otras partes en acciones, criptomonedas y bienes raíces como si fueran brokers superdotados y cocainómanos que no descansan jamás, ni necesitan dormir. Nada especial. Una vez por semana las chicas van al banco a retirar dólares para hacer sus compras o realizar sus viajes mientras que Galileo y yo vivimos de manera muy austera porque solo gastamos en comida y libros.

El hombre de la NASA miró al loro con el mismo desprecio que había mirado a Voynich toda la vida.

  • Es muy fácil vivir austeramente cuando uno es millonario – susurró con bastante razón.

Fue entonces cuando el científico se incorporó de un salto y les pidió que lo acompañaran al piso de arriba para mostrarles algo. Mientras subían las escaleras se oía como el viento azotaba cada vez con más furia las paredes de la mansión  y entonces Voynich les dijo que en pocos minutos deberían ir al bunker pero que antes quería mostrarles algo para concluir con el asunto del dinero.

Al llegar al enorme ventanal del piso superior les pidió a sus visitantes que observaran con atención la belleza del mar y de la playa.

Todos hicieron caso esperando ver algo que no habían visto.

  • Me gustan las Bahamas porque es un paraíso – dijo el científico respirando profundo y abriendo los brazos de par en par como si quisiera abrazar a la naturaleza – un paraíso fiscal – aclaró.

Paralelamente en Tenerife la contraoferta que le hicieron al Cheba desde Televisión Canaria en lugar de los 10.000 euros que había solicitado por la exclusiva de su entrevista fue solamente de 300 euros. Aceptó.

Llegó nervioso al canal vestido con el traje que sólo usaba en los casamientos y pidió cobrar por adelantado. La productora que lo había llamado le dio el dinero en un sobre y le explicó que no acostumbraban a pagarle a los invitados pero que en su caso harían una excepción debido a que se trataba de un hecho que afectaba a la seguridad nacional y que por eso pasarían esos honorarios como viáticos de traslado. El Cheba ni la escuchó porque estaba contando los billetes y no le importaba la explicación.

Minutos después lo llevaron a la sala de maquillaje donde sólo se dejó cubrir un poco las ojeras, y enseguida durante un corte comercial, lo trasladaron al set donde le presentaron al conductor y lo sentaron delante de las cámaras contra el decorado que tantas veces había visto desde su casa. Instintivamente tocaba tenso cada diez segundos por encima del pantalón el sobre con los euros en su bolsillo. Antes de salir al aire le acercaron un vaso de agua que se lo tomó por completo sin respirar. 

“Cinco, cuatro, tres, dos… salimos”

  • Bueno, hoy tenemos una entrevista muy especial – anunció el conductor del noticiero antes de que enfocaran al Cheba – tiene que ver con un hecho que involucra directamente al Observatorio de Izaña y que sin dudas puede convertirse en una noticia mundial. Según hemos sabido por distintas fuentes extraoficiales esta semana se habrían divisado a través de los telescopios espaciales unos objetos realmente extraños que se aproximan a la Tierra desde el espacio exterior. Por eso hoy en nuestros estudios tenemos la presencia de José Manuel Sánchez de la Higuera, más conocido como El Cheba que trabaja en el sector de limpieza del Observatorio y que ha sido el primero en enterarse y el único hasta ahora en difundir esta alarmante noticia. Buenos días, José Manuel
  • Buenos días no – respondió el Cheba mirando a cámara en lugar de mirar a su entrevistador – ya no habrá buenos días para nadie
  • Por favor, no asustes a nuestra audiencia – lo interrumpió sobresaltado el conductor – ¿A qué te refieres con lo que estás diciendo?

El Cheba tomó aire y supo que en esos próximos segundos se jugaría sus siguientes años de vida así que decidió poner toda la carne en el asador.

  • Mira, Javier
  • Francisco – lo corrigió el conductor
  • Me presionaron con todo tipo de artimañas, me prometieron un ascenso bestial y luego me ofrecieron muchísimo dinero para que no contara todo lo que sé, sin embargo, me negué porque la dignidad no tiene precio. Fue entonces que amenazaron a mi familia para que hiciera silencio… ¡Pero no hay silencio que pueda callar la verdad! – dijo en un grito emocionado y empezó a aplaudir solo obligando con la mirada al conductor y a todos los que estaban detrás de cámaras a que lo acompañaran con el aplauso –  Yo apenas soy un hombre común que tiene dignidad como cualquiera de ustedes – continuó emocionado – pero el destino me colocó en un lugar crucial de la historia, por eso estoy acá, para decirle a la población que desde hace 3 días los líderes más importantes del planeta ocultan que miles de naves extraterrestres se aproximan a la tierra a toda velocidad.

El conductor se sobresaltó en su silla y miró consternado fuera de cámara sin saber cómo debía reaccionar.

  • ¿Pero qué dices, Cheba? Estás poniendo nervioso a todo el mundo
  • Que vienen a aniquilarnos, Javier
  • Francisco
  • Debemos prepararnos para lo peor, de lo peor, de lo peor – y se quedó en silencio mirando cámara por varios segundos sin moverse y sin pestañear.

El rating del noticiero subía como nunca en la historia.

  • ¿Y qué más puedes decirnos, José? – intentó hacerlo volver en sí el conductor tocándolo en el brazo para que reaccionara

El Cheba se sobresaltó y decidió ir por todo

  • Tengo mucho, pero mucho más para decir, pero si quieren que siga hablando necesito sacar a mi familia de Tenerife y llevarla al continente para protegerla. Hoy ni siquiera tengo dinero para el viaje y la cuenta regresiva le está pisando los talones a la humanidad. Por favor ayúdenme – dijo mirando a cámara con los ojos llenos de lágrimas y la voz quebrada – ayúdenme… soy la única oportunidad que tienen para conocer la terrible verdad.

Se paró y salió de cámara sin mirar atrás.

NOTA AL MARGEN 2: WILFRID

Una fría mañana de septiembre a finales de los años 70, en el Colegio Católico Saint George situado en las afueras de Londres, el Padre Coughlan comenzó su clase hablándoles de Adán y Eva a sus alumnos de 6 años.

El pequeño Wilfrid miró sorprendido a sus compañeros para ver si alguno más estaba sintiendo lo mismo que él sentía, sin embargo muy por el contrario, se encontró con rostros inocentes que escuchaban encantados al sacerdote. Fue entonces cuando levantó la mano.

El cura sonrió de manera condescendiente e interrumpió de inmediato su narración para darle la palabra al niño, seguramente creyendo que le haría alguna de las típicas preguntas que cada año recibía por parte de los pequeños referidas a la biblia. Pero esa mañana las cosas serían distintas.

  • ¿Usted conoce la teoría de la evolución de Darwin?

El padre Coughlan se sorprendió tanto al oír esa pregunta que se enojó.

  • ¿Qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando, Wilfrid? Por favor, haz silencio y presta atención.

Wilfrid avergonzado hundió su cabeza entre los hombros y en silencio se fue dejando caer lentamente resbalando por el respaldo de la silla. 

Sin embargo, a los pocos minutos, el Padre Coughlan les aseguró a sus alumnos que Dios había creado al mundo en 7 días. 

Si un alumno promedio, con el mínimo sentido común y un poco de inteligencia, podía darse cuenta de que era absurdo lo que le estaban diciendo, imagínense lo que sentía un niño prodigio como Wilfrid al que además le fascinaba la ciencia y a esa edad ya había leído algunos libros. 

Volvió a levantar la mano.

El sacerdote lo fulminó con la mirada y continuó hablando sin dejarle hacer la pregunta, sin embargo el alumno alzó su voz profunda por sobre la del adulto.

  • ¿Usted oyó hablar de la teoría del Big Bang?

El cura furioso caminó hasta donde estaba el pequeño y tomándolo de la oreja lo sacó del aula ante las risas y las burlas de los demás niños.  

Le exigieron como penitencia que rezara el Ave María 20 veces.

Wilfrid en voz baja recitó una y otra vez el orden de los planetas.

CAPÍTULO 8: FATA MORGANA

Uno a uno los integrantes del Comité de Crisis fueron descendiendo con cuidado por las escaleras que conducían al búnker de la mansión donde los esperaban otras dos de las chicas que vivían con Voynich, una rubia y una morena: la sueca Alexandra y la colombiana Soya.

Entre ambas habían terminado minutos antes de bajar las provisiones de agua y de comida hasta el subsuelo junto a maletas con ropa, colchones, almohadas y otros enseres necesarios para sobrevivir ahí debajo en caso de que el huracán Lisa arrasara con las construcciones de San Salvador. A poco de bajar les contaron asustadas que ya se habían cortado las señales de televisión y de internet en la isla, que habían cerrado los aeropuertos en todo el archipiélago y que en la radio se le pedía a la población que se refugiara de inmediato porque el huracán se había vuelto impredecible aún para los meteorólogos especializados en tormentas tropicales.

Voynich las abrazó y les aseguró que no les pasaría nada porque ese lugar estaba justamente preparado para soportar los peores desastres naturales o sobrenaturales.

Keiko se sumó al abrazo múltiple y el Cónsul también.

El búnker de la mansión de Voynich era en realidad el enorme subsuelo de la casa que medía lo mismo que toda la edificación superior en cuanto a ancho y a largo. En ese lugar solían pasar muchísimo tiempo tanto las chicas como el científico porque allí habían montado una especie de playroom con mesa de billar, sistema de sonido, luces de colores, barra de tragos, mini cine y hasta un pequeño escenario con un piano y micrófono que parecía extraído de un bar en Nueva Orleans.

Hacia la izquierda, detrás de una amplia arcada romana, se encontraba la enorme y extraordinaria biblioteca de Voynich repletas de libros raros, incunables y primeras ediciones. También había ejemplares de ciencia, de mitología, de filosofía y todos los clásicos de la literatura mundial en su idioma original. 

Hacia la derecha, cruzando una discreta puerta roja como si se tratase de la sospechosa entrada a un garito de callejón, se hallaba el cuarto especial con las computadoras adictas al juego que no paraban de apostar e invertir en la bolsa de valores día y noche sin apagarse jamás. De un solo golpe de vista hasta se podía llegar a creer que se veía humo de cigarrillos sobre las pantallas de esas cinco bestias metálicas con bits trasnochados junto a ceniceros rebalsados y vasos de whisky por la mitad.

Sin embargo, lo que más llamaba la atención al bajar a ese sitio tan acogedor, era una hipnótica pintura en blanco y negro de grandes proporciones que estaba colgada sobre la pared frontal en el centro del lugar. Delante de ella estaba colocado un sillón gemelo al que habían visto en el living al ingresar a la mansión, sólo que en este caso el cuero era de color violeta y no azul. En ese sillón el científico pasaba largas horas observando el misterioso cuadro tratando de entenderlo. Según sus propias palabras, ese dibujo simétrico con dos círculos perfectos con contenido de barras que se hallaban parcialmente encerrados por líneas de un solo trazo que los envolvían por arriba, por el medio y por debajo, representaba un enigma que llevaba años tratando de descubrir. 

El diseño original había sido visto por primera vez tallado en una espada enterrada hacía más de tres mil años junto al cadáver de un faraón del antiguo Egipto. Lo insólito, es que según pudieron revelar los científicos cuando analizaron el hallazgo con un espectrómetro de fluorescencia de rayos X, es que la espada había sido forjada con hierro extraterrestre. 

Tal vez de un meteorito o de algún otro origen desconocido.

Voynich había mandado a pintar ese cuadro para poder analizar el dibujo cada día de su vida cuando se sentara a meditar, a descansar o simplemente pensar. Llevaba años mirándolo.

Soya, la chica colombiana,  se limitó a decir que para ella el incómodo diseño en el cuadro era una figura que generaba energía.

El hombre de la NASA se paró delante de la pintura con displicencia y enseguida concluyó que no significaba absolutamente nada, que valía la pena perder el tiempo y que podía ser una cara, un mapa o un trombón estirado. Sin embargo, no parecía estar tan seguro de su afirmación porque disimuladamente no dejaba de mirar el cuadro y se notaba que continuaba analizándolo para resolver el enigma antes que Voynich. 

El Cónsul, tras analizar de lejos la pintura, afirmó sin dudar que podía valer más de 50 mil dólares. 

El general Sanders se acercó a la pared para verla con cuidado y se alejó con un gesto serio sin decir nada. 

Geraldine tocó suavemente la pintura con la yema de los dedos cerrando los ojos y tras algunos segundos dijo que le parecía hermosa. 

La Canciller Alemana se acercó a la mesa de billar, agarró con firmeza uno de los tacos de madera y enseguida golpeó las bolas con una destreza que sorprendió a todos realizando una carambola extraordinaria. Luego alzó el taco sobre su cabeza de manera amenazante y aseguró que si alguno de los presentes le ganaba una partida de billar, ella se cortaba las pelotas.

Nadie le quiso jugar.

Todo el lugar estaba alfombrado con un diseño arábigo envolvente salvo un equilátero triángulo metálico en un rincón del suelo opuesto al escenario del piano. Junto a él se alzaba una plaqueta con números bastante similar a la botonera de un ascensor pero con cifras que aleatoriamente iban del cero al mil. 

Desde ahí se accedía al verdadero búnker de Voynich.

Es que debajo de ese maravilloso subsuelo lleno de atracciones se encontraba un sitio todavía más profundo al que sólo accedía el científico a través de una sólida puerta con una imposible combinación de acceso. Ni siquiera las chicas sabían qué había dentro de ese lugar o cuánto medía. El científico lo había mandado a construir con un diseño de su propia autoría al poco tiempo de comprar la mansión. Lo fue edificando durante largos meses con diferentes obreros extranjeros que no se conocían entre sí para que nadie tuviera nunca el plano total de la obra en cuestión. 

A veces Voynich pasaba semanas enteras sin salir de ahí abajo. De pronto emergía pálido y ausente como si hubiera sido enterrado vivo. Entonces sus cuatro amantes lo alzaban y lo bañaban con sales curativas. Lo peinaban, le recortaban la barba y lo acariciaban hasta que se dormía como un Cristo que acababa de resucitar y que estaba demasiado cansado de la muerte.

Mientras esperaban a Mut, la chica egipcia que estaba en su estudio de arte montado en el mirador de la mansión, Voynich les explicó a todos que se quedaran tranquilos porque el búnker contaba con un generador eléctrico y un hermetismo total que permitía soportar tsunamis. Además, en caso de ser necesario, se activarían dos bombas de aire conectadas a las columnas principales de la mansión que superaban los 10 metros de altura y por lo tanto no tendrían ningún inconveniente para respirar ahí abajo.

A Voynich no le inquietaba en absoluto la capacidad de daño que podía acarrear el huracán, lo que sí parecía preocuparse era el impacto que podía provocar la inusual belleza de Mut. Fue entonces que se puso serio, y minutos antes de que bajara la chica egipcia, se tomó unos momentos para advertirles a los integrantes del Comité que estuvieran preparados porque estaban a punto de conocer a una mujer que poseía una belleza tan extrema que realmente podía afectarlos. Los visitantes que le habían creído palabra por palabra la asombrosa capacidad de supervivencia que tenía el búnker ahora desconfiaban de la belleza de una muchacha. Es extraño el ser humano.

Les resultaba descabellado que alguien les advirtiera sobre el peligro de una mujer hermosa. Sin embargo, las otras tres compañeras del científico asintieron con la cabeza dándole la razón y coincidieron en que Mut poseía una hermosura tan poderosa, tan sobrehumana, tan especial, que podía enloquecer el equilibrio emocional de cualquiera o afectar el ritmo cardíaco de los que la vieran.

  • Yo no voy a discutir ahora con ustedes qué es la belleza, no me importa lo que piensen sobre este asunto tan subjetivo – dijo Voynich – obviamente reconozco que la belleza no es matemática, que no es exacta y que tal vez esté más cerca de la poesía. Lo que para algunas personas puede resultar hermoso, para otras, incluso desagradable – dijo mirando al hombre de la NASA –  sin embargo, aunque no nos pusiéramos de acuerdo sobre el origen de un incendio sus llamas igual serían reales, acá ocurre lo mismo. Porque si hay algo que no se puede discutir: Es lo que ocurre. Lo que funciona es porque funciona y cuando la belleza tiene un impacto demoledor es porque tiene razón. En este caso, la bella Mut, genera eso en los que la ven, sobre todo por primera vez. Una mezcla de asombro, de euforia, de éxtasis y de miedo, porque la verdadera belleza siempre esconde un porcentaje de maldad. 

Todos se quedaron perturbados con las palabras de Voynich. No sabían si estaba exagerando o si realmente era una amenaza tanta belleza en una sola persona

  • Mut es posiblemente la mujer más hermosa de la historia de la humanidad – continuó el científico con resignación – pero ella no lo sabe. Eso es parte del peligro y también parte del milagro. Mut es una bomba que se cree una flor.

Todos sintieron un poco de miedo.

Instantes después la deslumbrante chica egipcia apareció apenas vestida con un short deshilachado. Llevaba un collar de piedras entre sus pechos desnudos, un celular en la mano y unos auriculares blancos enredados en su exuberante cabellera. El lugar pareció estremecerse, nadie decía una palabra, ni siquiera el loro Galileo.

Mut sonrió sin esfuerzo y saludó a todos de lejos levantando apenas su mano. Nadie le devolvió el saludo. 

Acto seguido la bella muchacha se acercó a Voynich y le mostró algo en el celular, posiblemente una imagen o un texto porque no había conectividad en la isla. El científico al ver la pantalla no pudo contener una carcajada aunque enseguida regresó a la seriedad absoluta.

Keiko le entregó una de las batas blancas a Mut y la chica egipcia se la colocó sin cerrar.

Era imposible sostenerle la mirada, pero era imposible no mirarla.

Fue entonces cuando la canciller alemana tomó coraje, caminó unos pasos hacia la muchacha, le acercó su cara a la de Mut y sonriendo le dijo: Me quiero morir.

NOTA AL MARGEN 3: TREVOR

No es tan cierto que todos los niños quieran ser astronautas por más que lo repitan automáticamente con cierta convicción cada vez que algún mayor les pregunta qué es lo que quisieran ser de adultos. En realidad nadie sabe qué quiere ser de grande, ni siquiera qué quiere ser de viejo, por lo tanto lo mejor es siempre responder “astronauta”.

¿Qué tipo de muerto te gustaría ser? Astronauta.

En realidad lo que se va perfeccionando con el correr de los años no es la certeza del deseo, sino la respuesta. Es más fácil volverse ingeniosamente impreciso que esclarecido. Es más habitual sembrar excusas que cosechar logros. Es más sencillo justificar un conformismo que explicar frustraciones.

Pero Trevor sí. Trevor lo tenía muy claro. Quería ser astronauta desde antes de la llegada del hombre a la Luna. Ese pequeño paso para la humanidad era en realidad simplemente el primer paso natural para él.

Las revistas de historietas que leía de pequeño ya marcaban dos destinos posibles para sus lectores: Astronautas o detectives privados.

Los cursos de detectives privados los dictaban siempre ex policías exonerados que les enseñaban a usar armas a desconocidos en oscuras academias montadas en algún primer piso por escalera. No eran difíciles de aprobar. Bastaba con pagar la inscripción y un día entre gallos y medianoches entrar en el negociado dejando el diezmo durante los siguientes años como cuota simbólica para la pirámide involutiva.

Todos los alumnos se recibían y luego colgaban el cuadro de detective privado donde lo viera todo el mundo.

En cambio, los cursos de astronauta los dictaba únicamente la NASA. Sin intermediarios. Había que anotarse con mucha antelación, formar la fila entre cientos de postulantes que caminaban en el aire y mirar mucho al cielo. Entre los requisitos indispensables se exigía un excelente estado físico y mental, una visión espacial de objetos y al menos un máster en matemática, física o ingeniería. En aquel momento también era necesario un título de piloto de pruebas experimental.

La edad promedio de los astronautas era de 34 años porque prevalecía la experiencia antes que la temprana juventud, sin embargo Trevor lo intentó con 25 y tenía todo a favor.

Uno a uno fue superando los desafíos físicos sin inconvenientes. Podía correr en la arena cargando un pesado traje de astronauta, soportaba cambios abruptos de velocidad en vehículos especiales e incluso aguantaba modificaciones brutales en la atmósfera en la que se encontraba sin mayores trastornos. Por supuesto contaba además con un máster en física, experiencia en vuelo, una lucidez mental asombrosa y un currículum que era la envidia de cualquier otro postulante a astronauta. Era sin dudas el mejor prospecto de su clase, sin embargo le faltaba algo. O tal vez nada. Pero no lo eligieron. A veces pasa, no hay explicación.

A pesar del doloroso rechazo la NASA le ofreció sumarse a sus filas estables pero como investigador y desarrollador ya que lo consideraban un hombre absolutamente valioso para su plantel. No iba a ser astronauta pero sí todo lo demás.

Aceptó con moderado entusiasmo y sin embargo pronto comenzó a tener una destacada participación en distintos proyectos aportando ideas, objetivos y conocimientos. Era joven y tenía ambición. A tal punto tomó preponderancia su presencia en la Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio que con el correr de los años obtuvo por fin el logro que se encontraba en la cúspide de su carrera científica: Un puesto en el directorio de la NASA

Así pasó las siguientes décadas. Observando en las pantallas de control como despegaban una tras otra las naves desde Cabo Cañaveral hacia al cosmos.

Trevor se convirtió en una eminencia, pero en una eminencia con los pies en la tierra.

CAPÍTULO 9: ESPAÑOL, CATÓLICO Y ANTIEXTRATERRESTRE

“A veces sólo hace falta un gesto inocente para revelar un secreto asombroso, a veces sólo hace falta una persona cualquiera para convertirlo en alguien especial”

Cuando el Cheba salió del estudio de Televisión Canaria ya había personas en las redes sociales pidiendo que no lo silenciaran porque la ciudadanía merecía conocer la verdad y no estaba dispuesta a que la siguieran engañando. En realidad nadie lo había silenciado, al contrario, le habían ofrecido una entrevista en un canal abierto para que dijera absolutamente lo que quisiera y así lo hizo, sin embargo, había quedado la sensación de lo contrario. Esto se agigantó cuando en la vereda del canal lo entrevistaron desde una radio local y el Cheba llorando contó al aire que se acababa de enterar de que lo habían echado del trabajo por revelar la información secreta sobre la llegada de una flota extraterrestre. También agregó, siempre llorando, que ya no iba a tener dinero para alimentar a sus hijos y que seguramente se quedaría en la calle porque ya no podría pagar el alquiler de su vivienda. De todos modos, aclaró, que si ése era el precio que debía pagar por tener dignidad lo iba a pagar como un buen ciudadano español, católico y antiextraterrestre. 

En menos de una hora el Observatorio del Teide publicó un apurado comunicado desmintiendo oficialmente las aseveraciones del Cheba y por supuesto negando haberlo echado de su puesto de trabajo. Pero ya era tarde porque nadie lo creyó. Al contrario. La desmentida parecía amplificar sus dichos y dotarlos de una veracidad que para algunos podía faltarle. Visto a la distancia tal vez el Observatorio no debió en aquel momento haber desmentido nada, sino simplemente dejarlo pasar como si fueran dichos de un lunático y al lunes siguiente enviarle un telegrama de despido por calumnias o mal desempeño en sus funciones. Pero como había mucho de verdad en lo que estaba diciendo el Cheba sintieron cierta culpa y se vieron en la obligación de emitir ese fallido comunicado que acabó por validarlo.

Tras la entrevista con la emisora se subió a la furgoneta para dirigirse a su casa donde esta vez lo esperaba demasiada gente en la puerta. Ya no eran solamente aquellos vecinos alarmados sino ciudadanos comunes desesperados y también algunos grupos organizados que sostenían todo tipo de teorías conspirativas desde hacía muchos años y que lo único que necesitaban era alguien que los representara de una buena vez por todas. Un hombre común, trabajador, honesto y perseguido. Ese no era el Cheba, pero lo eligieron igual. 

A veces pasa.

Mientras manejaba nervioso su teléfono no dejaba de sonar. La mayoría eran números desconocidos entre llamadas de María y del Observatorio. Fue entonces cuando recordó una anécdota que siempre le había llamado la atención: Hace muchos años, antes de que existiera la telefonía celular, había un músico muy, pero muy famoso, al que le sonaba el teléfono fijo de su casa constantemente. Día y noche sin parar. Fans, periodistas, vendedores, traficantes, familiares, amantes, amigos, representantes, etc. Era realmente imposible atender a todos y al mismo tiempo no era sencillo en aquellos años cambiar de número telefónico. Lo había hecho en un par de oportunidades pero al cabo de un año su nuevo número volvía a filtrarse en todas las agendas y la rueda imposible volvía a girar. La decisión final que tomó aquel músico no fue la de descolgar el teléfono para dejarlo en un infinito tono de ocupado sino bajarle el volumen totalmente. Desde ese momento cada vez que caminaba por su casa de la cama al living, observaba el aparato y sabía que estaba sonando aunque estuviera en absoluto silencio. Cuando tenía ganas de hablar, o estaba aburrido, simplemente levantaba el tubo y siempre encontraba alguna voz del otro lado de la línea.

El Cheba hizo lo mismo. Durante el viaje desde el canal a su casa atendió al azar solamente a dos números desconocidos. El primero fue el llamado de una periodista del periódico local a la que le contó su historia con algunos detalles extras como que los extraterrestres eran un poco más altos que los seres humanos pero más flacos y en segundo lugar atendió a un productor de Cadena Ser que le ofreció salir en directo para toda España en ese mismo momento. El Cheba aceptó fingiendo resignación y durante casi veinte minutos aprovechó para victimizarse continuamente, despotricar contra el Observatorio y también contra los gobiernos del mundo que según su parecer le estaban escondiendo información a los ciudadanos como si fueran niños en Nochebuena. Luego casi a los gritos dijo que la llegada de los extraterrestres estaba marcando el trágico final de un tiempo oscuro y que a partir de ahora las cosas serían diferentes. Que nunca más un político corrupto iba a meterse en las vidas de las familias trabajadoras, que la gente común debería tener el verdadero poder, que él mismo estaba dispuesto a poner el pecho e incluso inmolarse con tal de que la verdad triunfe y además le pidió a la población que fueran libres porque lo demás no importaba. Sobre el final del reportaje, donde se negó a adelantar el aspecto físico de los visitantes pero dejó entrever que caminaban en dos patas, le exigió al Rey que por favor se hiciera cargo personalmente de su seguridad y sentenció que si él aparecía muerto todo el mundo debía saber que no se había suicidado, ni pasado de coca, porque le sobraban ganas de vivir y de contar “la verdad verdadera”. Cuando le preguntaron si sabía para qué venían los extraterrestres a la Tierra, el Cheba hizo un silencio aterrador que paralizó los corazones de toda España y luego respondió con el tono más solemne que pudo: Todavía no están preparados para saberlo.

Al llegar a su casa vio la muchedumbre que lo esperaba y decidió estacionar dos calles antes para llamar a su mujer. María lo atendió agitada y a los gritos, le dijo que estaba loco, que ella lo conocía bien y sabía que estaba mintiendo, que por favor dejara de lado esta estupidez, que dijera que se había confundido, que se había olvidado de tomar las pastillas, que tratara de recuperar el trabajo en el Observatorio, que pensara en sus hijos, que era un imbécil y que por sobre todas las cosas le pidiera perdón al Rey.

El Cheba cortó la llamada, puso el volumen del teléfono en cero, encendió un cigarrillo, se miró en el espejo retrovisor, sonrió satisfecho, arrancó la furgoneta y enfiló hacia el aeropuerto de La Laguna. 

Al llegar sacó un pasaje hacia Madrid y esa misma tarde aterrizó en Barajas con lo puesto.

La fiel furgoneta quedó abandonada para siempre en el estacionamiento del aeropuerto como una novia que no supimos querer.

CAPÍTULO 10 : LA RULETA GALÁCTICA

Las demoledoras ráfagas del huracán Lisa alcanzaron en pocas horas los 250 km por hora y destruyeron a las más indefensas edificaciones turísticas que se erigían sobre la isla de San Salvador. Desde las profundidades del búnker de Voynich se oían estallar los vidrios de la mansión mientras caían los pesados muebles revoleados por el vendaval y crujían los portentosos muros a punto de sucumbir ante la terrible embestida de la naturaleza. Daba la sensación de que ya no quedaba nada en pie sobre la superficie.

Geraldine se puso a llorar pero Keiko enseguida la abrazó y le dijo algo al oído que la hizo sonreír. 

A los pocos minutos la radio también quedó en silencio porque se derrumbó la torre de transmisión y entonces los integrantes del Comité, con Voynich y sus compañeras quedaron absolutamente aislados del mundo sumergidos en ese enorme refugio infranqueable.

Mientras Soya y Alexandra terminaban de realizar el inventario de víveres y organizaban las comidas para que todos pudieran pasar lo mejor posible las largas horas que durase el huracán, Voynich caminó hasta el pequeño escenario sin decir una palabra, se sentó frente al piano y comenzó a tocar una suave melodía que parecía acompañar con cierta elegancia la destrucción que ocurría sobre sus cabezas. Era una lejana cadencia de notas livianas y profundas que envolvían de melancolía a los refugiados como si fuera mejor estar tristes que asustados. Sin embargo no fue hasta que Mut subió al escenario con una leve sonrisa y acercó sus labios al micrófono que los corazones de todos parecieron detenerse para siempre. La suave voz de la muchacha más hermosa del mundo parecía ser el canto final de una sirena inmaculada que se llevaba las almas de todos hacia una eternidad donde ya no existe el dolor. “Take me home, country roads, to the place I belong…” Susurraba lentamente Mut y el mundo parecía un lugar seguro mientras todo se destruía.

Cuando terminó la canción nadie se atrevió a aplaudir para no romper el hechizo.

Voynich y Mut se miraron realizando un imperceptible gesto de mutuo agradecimiento y entonces la joven egipcia bajó del escenario dejando que de pronto volvieran a escucharse las explosiones y a sentirse el miedo en la sangre. 

  • Pueden aplaudir, hijos de puta – les gritó el loro Galileo revoloteando sobre sus cabezas.

Recién entonces parecieron volver en sí, y aunque nadie aplaudió, el Cónsul se encaminó hacia el escenario seguramente con la idea de cantar algo él también. Estaba a punto de hablar en el micrófono cuando Voynich se levantó de su butaca con un solo movimiento y le pidió con una tajante cortesía que por favor volviese a su lugar porque él tenía que decirles algo muy importante.

Voynich tomó la palabra y ya nunca la abandonaría.

  • El huracán Lisa va a durar seguramente lo que duran todos los huracanes, lo que se haya destruido se reconstruirá como siempre se hizo, y poco a poco volverá la normalidad al igual que ocurrió tras acabar con la pandemia. Sin embargo esta vez las cosas son distintas porque dentro de pocos días una civilización extraterrestre llegará a la Tierra y la normalidad jamás regresará a nuestras vidas. No habrá reconstrucción del pasado, porque no tendrá sentido. 

Sus palabras cayeron como un balde de agua fría sobre el Comité de Crisis que parecía haberse olvidado del asunto.

  • Ustedes vinieron a verme para que los ayude ante este acontecimiento sin precedentes que nos está a punto de ocurrir como civilización, yo por supuesto, y como ya les dije anteriormente, los voy a ayudar porque es mi deber con la humanidad y porque no hay otra persona en el mundo que lo sepa hacer mejor. Sin embargo, antes de hacerlo necesito un compromiso de parte de ustedes.
  • Ya me parecía demasiado desinteresado – respondió el hombre de la NASA mirando a la Canciller alemana – ¿Querés dinero? ¿Querés poder? ¿Qué querés, Wilfrid? – le preguntó con desprecio

El científico lo miró con pena sin dejar de sonreír.

  • No hay casi nada que me interese de lo poco que me podrías dar, Trevor, no te preocupes, lo que les voy a pedir a cambio de mi colaboración total y sincera que contendrá información valiosa, exclusiva y jamás oída en el planeta es que los principales miembros de la comunidad científica y política internacional firmen un desagravio público pidiéndome perdón, reconociendo que se equivocaron al expulsarme y confirmándole a todos los medios de comunicación del mundo que vinieron a buscarme porque consideran que soy el mejor científico de la actualidad y también el investigador que más sabe sobre extraterrestres. Nada más y nada menos que eso. 

Se quedaron en silencio unos pocos segundos hasta que el director de la NASA contestó ofuscado que él no iba a firmar ningún comunicado reconociendo nada. Inmediatamente Voynich respondió que estaba en su derecho pero que de todos modos los invitaba a pasar unos días en su mansión, que podrían tocar el piano, comer, beber, fumar, reírse, disfrutar de la playa con sus compañeras y conversar simplemente de cosas triviales, obviamente sin tocar en lo más mínimo el tema de los extraterrestres que estaban a punto de llegar. 

La canciller alemana fulminó con la mirada al hombre de la NASA quien avergonzado bajó la cabeza.

  • No hay ningún problema, Voynich – dijo Anke con pragmatismo – ya mismo podemos redactar el comunicado, firmarlo y en cuanto vuelva Internet lo enviaremos al resto de los integrantes del Comité para que lo firmen y luego a los medios en cuanto comuniquemos a la población mundial lo que está por suceder. Esto no se trata de los putos egos de nadie sino de la seguridad mundial. A mí no se me caen los anillos por reconocer que me equivoqué con usted y estoy segura de que los demás piensan igual – concluyó mirando con los ojos achinados al Cónsul, al General Sanders, a Geraldine y al Director de la NASA.

No hizo falta escribir nada porque Keiko trajo el comunicado ya redactado. Lo leyeron por arriba y era lo que había pedido el científico, ni una palabra más, ni una menos. Todos lo firmaron.

A partir de ese momento Voynich encendió las luces del búnker, se paró delante del enigmático cuadro  como si fuese la pizarra de un aula universitaria y les dio una clase tan clara, sintética y contundente acerca de la vida fuera de la Tierra que no sólo demostró ser lo que decía ser, sino que también confirmó ser un magnífico y didáctico profesor: 

  • Bueno, para empezar les pido solamente cinco minutos de atención porque a partir de este momento sabrán cosas que cuando acabe de decirlas creerán que las han sabido siempre e inexplicablemente les costará bastante recordar la ignorancia que tienen ahora mismo. Así funciona este misterio. Ya lo verán –  Voynich hizo una pausa interminable y los miró a todos fijamente a los ojos hasta incomodarlos, luego continuó disertando – Si alguno todavía se hace la estúpida pregunta sobre si estamos solos en el Universo le quiero responder con estos datos inobjetables. Solamente en nuestro barrio galáctico, o sea en la Vía Láctea, hay más o menos 300.000 millones de estrellas. ¡300 mil millones, joder! Y encima se calcula que existen otros 100.000 millones de barrios galácticos como el nuestro que tienen en promedio esa misma cantidad de estrellas por lo tanto si multiplicamos esos numeritos nos vamos a dar cuenta de que Carl Sagan acertó cuando dijo que había más estrellas en el universo que granos de arena en las playas de la Tierra. Es así, vayan mañana a la playa y tomen un puñado de arena entre sus manos para sentir miedo de verdad. Pero bueno, ahora vamos a suponer que alrededor de cada una de esas estrellas gira por lo menos un planeta, ya no les digo 8 como en nuestro sistema solar sino uno, uno solito, eso nos da una cantidad de planetas absurda. Y encima supongamos que cada uno de esos planetas tiene por lo menos una luna que les gire alrededor como a nosotros nos gira nuestra bella luna, o que les giren ochenta lunas como le ocurre a Saturno… ahí las cifras se disparan. Pero si nos concentramos solamente en la Vía Láctea y dentro de la Vía Láctea nos enfocamos apenas en el pequeño grupo de estrellas que son similares a nuestro sol nos encontramos con que la mitad de ellas albergan planetas o lunas rocosas con zonas perfectamente habitables donde el agua líquida se acumula y fluye sobre sus superficies, por lo tanto, en definitiva, existen más o menos 300 millones de sitios con condiciones similares a la Tierra solamente en la Vía Láctea. ¡300 millones de planetas o lunas donde seguramente haya vida! Y eso solamente en nuestro pequeño barrio. Fin de la discusión.

En menos de un minuto Voynich había sintetizado un panorama abrumador.

  • Esas son las cifras que manejamos también nosotros – acotó el hombre de la NASA por decir algo 
  • ¿Y todos tienen vida inteligente, maestro? – se preguntó a sí mismo Voynich en voz alta – Claro que no. Hay demasiadas variables que se tienen que dar para que eso ocurra, sin embargo existe cierto consenso dentro de la comunidad científica (de la cual fui mal expulsado) en que solamente en nuestra galaxia hay 36 razas inteligentes. Sólo 36. Como en la ruleta 
  • ¿Y el cero? – preguntó el Cónsul que había invertido fortunas en los casinos de Las Vegas
  • El cero somos nosotros, Cónsul – respondió Voynich mientras encendía un enorme cigarrillo de marihuana que Alexandra, la chica sueca, había estado armando con mucha pericia. Cuando lo prendió se encendieron las bombas de aire y el humo desapareció inmediatamente del búnker
  • Es verdad – agregó nuevamente Trevor para sentir que aportaba algo – nosotros en la NASA manejamos exactamente esa hipótesis. Suponemos que hay miles y miles de seres vivos diseminados por toda nuestra galaxia que van desde microorganismos hasta enormes criaturas pero según nuestros cálculos estadísticos más realistas habría solamente 36 civilizaciones extraterrestres inteligentes.
  • Lamento coincidir – respondió Voynich exhalando el humo por la nariz y la boca a la vez 
  • ¿Y cuál nos toca de los 36? – volvió a preguntar ansioso el Cónsul que en la ruleta coronaba siempre al 20 porque una vez le había confesado borracho el dueño de varios casinos en Montecarlo, que por estadísticas de posición en el paño y en la ruleta, ése era el mejor número para coronar pero que por favor no se lo dijera a nadie porque se podía llegar a fundir el sistema de apuestas. El Cónsul lo contó mil veces.
  • Bueno, según mi humilde opinión, y apoyándome en mi teoría de las visitas extraterrestres a la Tierra cada 25 años, podría asegurar que la civilización inteligente que se aproxima a nuestro planeta son Los Drépanos.
  • ¿Los Drépanos? – preguntó sorprendido el General Sanders como si ya los conociera de antes aunque enseguida se llamó a silencio y no dijo más nada.
  • Sí, los Drépanos… algunos de ellos… – vaciló Voynich sin explicar
  • ¿Pero entonces qué tiene que ver la teoría de los 25 años con la certeza de que son Drépanos? – preguntó Geraldine sin saber que pronto quedaría estupefacta por algo que la involucraba directamente.

Voynich volvió a darle una pitada al cigarrillo de marihuana y se lo devolvió a Alex antes de concretar por fin la explicación de su teoría.

  • Los Drépanos vienen de la estrella Teegarden en la constelación de Aries. ¿Hay alguien de Aries acá? – Mut levantó la mano en su mundo sin dejar de mirar y editar imágenes en el celular – Teegarden está entre las 30 estrellas más cercanas a nuestro sol y fue descubierta por ustedes recién en 2003 – dijo señalando al hombre de la NASA quién asintió con la cabeza – pero recién en 2019 cuando descubrieron a los planetas que giran a su alrededor tuve por fin todas las piezas del rompecabezas – dijo mirando el cuadro y señalado los círculos –  Estos 2 planetas hermanos que giran a su alrededor se los conoce como Teegarden B y Teegarden C, ambos llevan 5.000 millones de años más en el universo que nuestra Tierra por lo tanto sus posibles civilizaciones tuvieron mucho más tiempo que nosotros para evolucionar pero no tanto como para ya haberse extinguido. Ambos tienen el mismo tamaño que la Tierra pero Teegarden B cuenta con un clima fantástico con temperaturas medias de 28 grados, en cambio Teegarden C es igual de habitable pero muy diferente a su hermano mellizo porque tiene una temperatura de 40 grados bajo cero. Algo así como las divisiones de los colegios: el C es peor que el B…  

Afuera el huracán Lisa continuaba destruyendo la isla cada vez con más furia pero la mansión de Voynich parecía resistir a pesar de los ruidos que simulaban bombardeos.

  • ¿Y cómo sabemos con certeza que son estos bichos de mierda los que vienen? – preguntó la Canciller alemana enojada con todo.
  • Por matemática, señora. Los Drépanos nos visitan cada 25 años porque su planeta está a 12,5 años de la Tierra. Necesitan 12,5 años luz para ir y 12, 5 años luz para volver, o sea: 25 años luz en total por cada viaje.

Era jaque mate.

  • Llegan a la Tierra, hacen lo que tienen que hacer y regresan a su Teegarden B o Teegarden C, donde rápidamente hacen lo que tienen que hacer y vuelven a despegar. Lo han hecho así durante siglos con naves exploradoras hasta que evidentemente algo ha sucedido y por lo tanto han tomado la terminante decisión de enviar miles y miles de naves todas juntas.
  • ¿Durante siglos? – se sorprendió Geraldine
  • Si – respondió el científico – como ya les dije, el diseño de este cuadro apareció impreso en una espada guerrera forjada con hierro espacial hace tres mil años
  • ¿Entonces el cuadro es un mapa? – preguntó sorprendido el General Sanders mientras se levantaba de su silla y miraba el dibujo como si por fin hubiera encontrado una respuesta que había buscado durante mucho tiempo.
  • O tal vez una firma – lo confundió Voynich – en uno de los círculos está marcado un 1 con una barra y el otro un 2 con las dos barras. El B y el C nuestro. El 1 y el 2 para ellos. Están juntos, pero separados por una línea continua que penetra en el espacio del otro, como si quisieran dejar en claro que no son lo mismo pero que se parecen…
  • Entonces son 2 civilizaciones inteligentes diferentes – concluyó el Cónsul más alarmado que antes
  • Todavía no podemos saberlo – aclaró Voynich – mi opinión es que por cercanía, por edad, por condiciones naturales, por testimonios, por viejas escrituras y por este diseño, ambas son civilizaciones Drépanas… seguramente el Ejército de los EEUU tenga más información para aportar – dijo mirando al General Sanders con malicia – Yo apenas soy un hombre solo que piensa y analiza mirando el cielo desnudo desde una playa.

El General Sanders sonrió negando con la cabeza mientras apretaba los labios en una señal inequívoca de que no iba a hablar

  • ¿Y la estrella Teegarden se puede ver desde acá? – preguntó Geraldine con cierta ternura adolescente
  • Tal vez…  quizás con un cielo despejado y sabiendo dónde mirar puede ser… Lo que sucede es que Teegarden es muy pequeña y tiene una luz tenue, en cambio los Drépanos a nuestro sol lo ven como a una de las estrellas más grandes y cercanas de su cielo.

En ese momento Keiko empezó a repartir vasos de whisky blanco con torta helada, Voynich miró una vez más al famoso cuadro enigmático y apoyó las palmas de sus manos en cada uno de los círculos para finalizar su clase:

  • El límite del universo visible desde nuestro planeta está a 46.500 millones de años luz en todas las direcciones, por lo tanto 12,5 años luz es absolutamente acá en la esquina. Por eso las generaciones se cuentan cada 25 años, para que por lo menos una vez en la vida los humanos puedan ver a Los Drépanos. 
  • No es por eso – lo corrigió el director de la NASA pero Voynich ni lo escuchó
  • Si Los Drépanos salieron de su planeta hace 12 años y medio y según los genios de la NASA faltan mas o menos 5 o 6 días para que lleguen, es que ahora están a ciento ochenta mil millones de kilómetros de nosotros – calculó a ojo el científico mientras recuperaba el porro –  por lo tanto cuando entren a nuestro sistema solar según sus cálculos faltarían apenas 5 horas para que lleguen. Pero se equivocan de nuevo.
  • No, Voynich, no siempre nos equivocamos
  • No, siempre no – aceptó el científico – sin embargo en este caso sí ya que no tuvieron en cuenta la desaceleración. ¿O acaso los científicos del establishment creen que los trenes que van a 300 km por hora se detienen de golpe en la estación? Pues no, van de a poco bajando la velocidad hasta llegar a quedarse quietos por lo tanto imagínense el tiempo que lleva la desaceleración si en lugar de viajar a 300 km por hora lo hacés a 300.000 km por segundo

El hombre de la NASA sintió tanta vergüenza que pudo percibir el calor en los cachetes de su rostro.

  • ¿O sea que no llegarán en 6 días? – simplificó la Canciller
  • Absolutamente no, Los Drépanos necesitan ir bajando la velocidad de la luz de a poco para no desintegrarse al llegar y eso les puede llevar horas, días o incluso semanas… no lo sé
  • Horas… días… semanas… ¿Serán meses? Creo que tampoco tenés muchas certezas, genio incomprendido – le respondió el hombre de la NASA mirando a Voynich con una mueca burlona
  • Callate que a vos no te quiere ni el loro – le dijo el loro

NOTA AL MARGEN 4: HARRY

Los primeros pasos de Harry en la música fueron a comienzos de los años 60 cuando a poco de haber entrado en la adolescencia su preciosa voz de barítono se definió tan poderosa, cálida y emotiva que con apenas 16 años ya realizaba conciertos en las fiestas del pueblo, acompañado apenas con su guitarra, interpretando un repertorio clásico que abarcaba el jazz y el swing.

Sus presentaciones sumaban cada vez más público que lo aplaudían a rabiar y se retiraban extasiados de las funciones absolutamente convencidos de haber escuchado a una de las principales promesas artísticas estadounidenses. Y tenían razón.

En menos de un año dos compañías discográficas le ofrecieron contrato para grabar su primer disco y los principales agentes musicales de la época empezaban a asistir a los conciertos que había comenzado a ofrecer en radios y bares de renombre.

Sin embargo apenas cumplió 18 años recibió una carta del ejército de los EEUU para que se presentara al servicio militar. A partir de ese momento puso en pausa su carrera musical dispuesto a retomarla en cuanto regresara a su vida de civil.

Harry fue uno de los últimos soldados que mandaron a Vietnam.

La guerra ya estaba perdida y el gobierno de Nixon estaba a punto de caer por lo tanto pensaron que sólo podía salvarlo un inesperado giro de timón, un cisne negro o una jugada asombrosa.

Por estas razones fue que entre gallos y medianoches, EEUU decidió conformar en el más absoluto de los secretos un batallón especial al que bautizaron “Space Ravens” para trasladar hasta Vietnam un arma de origen desconocido que no habían podido terminar de descifrar desde que la habían encontrado pero que necesitaban utilizar sí o sí para ganar la guerra, y también el resto de las guerras.

Fueron 18 hombres, entre los que se encontraba Harry, entrenados durante tres meses en el desierto de Nevada a contrarreloj para aprender a utilizar esa tecnología tan extraña y comprender esas formas ajenas que debían llevar hasta los pantanos de Vietnam.

No era solamente un arma, es más, tal vez ni siquiera fuera exactamente un arma.

El traslado se hizo en barco y el cargamento secreto viajó camuflado y enigmático aún para el capitán y su tripulación. Solamente aquellos 18 hombres incrédulos que manejaban más información que la que cualquier ser humano podía asimilar en años conocían el contenido de lo que estaban transportando.

Al arribar los aguardaban otros hombres del ejército que los ayudaron a bajar la carga y trasladarla hasta una enorme tienda de campaña montada en plena selva enemiga.

Ahí los dejaron solos a aquellos 18 hombres para que cumplieran con su misión secreta y ganaran la guerra. Los “Space Ravens” pasaron la noche abriendo con muchísimo esfuerzo y cuidado las compuertas de la misteriosa carga hasta depositar por fin el imposible contenido en el suelo.

Mientras las manifestaciones a favor de la paz se extendían por todo el territorio estadounidense, ellos fueron sorprendidos con las primeras luces del amanecer por una patrulla de exploración vietnamita que los rodeó en silencio y los acribilló sin darles tiempo a reaccionar.

Harry fue el único que logró salir con vida del escuadrón. Corrió entre las balas a través de la selva durante 4 días sin mirar atrás hasta que llegó a una base propia.

Se mantuvo en silencio ese día (y también los siguiente años) sin decir una palabra sobre su misión secreta.

Cuando acabó la guerra Harry regresó a los Estados Unidos pero ya no quiso volver a subirse a un escenario, no tenía sentido. Pronto fue reconocido como un héroe de guerra y enseguida su carrera dentro del ejército fue escalando y escalando hasta alcanzar el grado de General.

Un hombre que sabe guardar secretos tan importantes se vuelve pronto un hombre de confianza para todo su entorno.

Cuenta una leyenda vietnamita que en 1973 en medio de la selva y de la guerra, un grupo heroico de soldados campesinos encontró algo tan absurdo en medio de la batalla que nunca lo pudieron describir con palabras pero que tampoco jamás pudieron olvidar.

Algunos dicen que lo enterraron en algún punto de la selva más impenetrable para que nadie jamás vuelva a verlo, otros dicen que está guardado en el sótano del Ministerio de Guerra y otros dicen que lo mantienen vivo.

NOTA AL MARGEN 5: GAIA

María Gaia Brunell viuda de Benavídez, a la que cariñosamente todos llamaban abuela Gaia, era una anciana docente jubilada que vivía sola en su casa de la ciudad de Bahía Blanca al sur de la Provincia de Buenos Aires en Argentina. Desde que había fallecido su esposo transcurría sus últimos años en paz cuidando el jardín, paseando a su pequeño perro chihuahua o cocinando tortas para llevar a la Sociedad de Fomento de la calle Uruguay donde se juntaba con otros jubilados para jugar al bingo o a la canasta. 

Durante toda su vida había sido maestra de escuela hasta llegar a ser directora, cargo con el cual se pudo jubilar a principios de este siglo.

No había tenido hijos pero siempre trató a sus alumnos como si lo fueran y por eso era tan querida por generaciones y generaciones de chicos y chicas que todavía la saludaban con un abrazo por las calles de la ciudad cada vez que se la encontraban. Eran hombres y mujeres de tantas edades distintas que la abuela Gaia parecía haber sido la maestra de media ciudad. Ojalá hubiera sido así.

Durante el tiempo de pandemia la abuela casi no había salido de su casa. Mataba las horas angustiada delante del televisor oyendo los reportes de contagios, los interminables consejos para evitar enfermarse, las constantes mutaciones del virus y los rumores acerca de la llegada de las vacunas. Incluso había dejado de pasear a su mascota quien durante toda la pandemia hizo sus necesidades en el jardín delantero de la casa. Mientras tanto Agustina, que era la hija menor de su vecina y a quién habitualmente  ayudaba a preparar las materias del secundario, le hacía las compras, le traía agua del surgente del Parque de Mayo y hasta le había enseñado a pagar cosas con el celular. A cambio la anciana le preparaba una torta diferente por semana. 

Cuando por fin la pandemia fue vencida lo primero que hizo Gaia fue ir al cementerio para visitar la tumba de su marido, llevarle flores y pedirle disculpas por no haberlo ido a visitar durante tanto tiempo. Se quedó sentada junto a la lápida durante un par de horas fingiendo que hablaba sola.

Al regresar le pareció estúpido volver a entrar a su casa, sentía que era como si hubiese logrado escapar con demasiado esfuerzo de una celda imposible a la cual ahora debía volver a entrar por sus propios medios. 

No entró.

Continuó caminando por el barrio mirando los frentes de la casas como si fuese la primera vez. Algunos pocos habían cambiado pero la mayoría se mantenían fieles a su memoria. Tanto caminó y tanto se distrajo que por un momento se sintió perdida. Pero no estaba perdida. Conocía perfectamente esas calles desde su adolescencia, lo que tenía era apenas una sensación de estar perdida, nada más. Algo casi placentero.

Esta rutina la mantuvo activa durante las siguientes semanas. Caminaba y caminaba hasta sentir que estaba perdida, algo que solía ocurrirle más o menos cuando ya llevaba una hora sin rumbo fijo. Cuando alcanzaba ese estado se llenaba los pulmones con aire fresco y sonreía por todos los demás. No le parecía mal morirse así en alguna de esas veredas inundadas de aire puro. Pero no. No era ese su destino y la abuela Gaia no tenía ni la más remota idea de lo que le estaba por ocurrir a esta altura de su vida cuando ya creía que no le faltaba vivir más nada. 

La vida te da sorpresas, pero a veces te las pide.

La mañana en la que estalló la noticia de que miles de naves extraterrestres estaban camino a la Tierra ella se estaba por tomar un té rooibos de naranja con canela y miel que le había recomendado Agustina para hidratarse antes de hacer ejercicios. Sin sacar los ojos del televisor, y ya con el atuendo de gimnasia puesto para salir a caminar, intuyó algo que todos los demás todavía no sabían.

La gente en las calles había enloquecido, lo que hasta el día anterior era un paisaje sereno con personas amables y sonrientes se había convertido en un manicomio de criaturas salvajes que vaciaban las góndolas de los supermercados, preguntaban por qué ahora y lloraban mirando al cielo. 

Ya los divisaban los telescopios más avanzados del planeta, pero todavía los Drépanos estaban lejos. A simple vista, hasta ese entonces, sólo se observaba el cielo azul con nubes inocentes detrás de pájaros tranquilos que pocos días después se esconderían aterrados quién sabe dónde.

La abuela Gaia llenó la taza de té y caminó lentamente por su casa hasta llegar a un viejo ropero que se encontraba en el cuarto de huéspedes que alguna vez había sido pensado como la habitación de sus hijos y que desde hacía décadas era apenas un sitio para apilar cosas y juntar papeles.

La anciana dejó la taza sobre una mesa, arrimó una silla al ropero, se paró sobre ella con bastante esfuerzo y estirando las manos casi a ciegas sobre la alta superficie del mueble, comenzó a tantear hasta encontrar lo que buscaba. Una polvorienta carpeta viejísima llena de dibujos realizados por sus alumnos de primer grado un día después de que una extraña luz del tamaño de 3 lunas llenas se posara sobre la ciudad de Bahía Blanca acercándose y alejándose durante casi 20 minutos con movimientos inteligentes delante de los atónitos habitantes de la ciudad. La propia CIA, cuando abrió sus archivos secretos sobre OVNIS a comienzos del 2021, reconoció aquel avistamiento como uno de los más reales en toda la historia de la humanidad.

Aquel lejano martes los bahienses no hablaban de otra cosa y la tapa del diario mostraba la foto del OVNI en su portada exclamando que era el mejor registro extraterrestre que jamás se había obtenido. Y era cierto.

Fue entonces que aprovechando la fiebre marciana que recorría las calles de Bahía y los pasillos de la escuela, Gaia les había propuesto a sus alumnos de 6 años que hicieran una ilustración de cómo se imaginaban que serían los visitantes. 

Los niños no dudaron ni un instante y entusiasmados como nunca abarrotaron las hojas con decenas de formas, movimientos y colores. A la semana se olvidaron.

Ahora. Casi cincuenta años más tarde, la anciana colocó sobre la mesa todos aquellos dibujos infantiles hasta encontrar puntualmente el que buscaba, el único que le había llamado la atención, el que siempre había sabido que era especial, el que pocos días después coincidiría exactamente con el rostro y con la silueta de los Drépanos.

CAPÍTULO 11: EL ÚLTIMO QUE APAGUE LA LUZ

El Cheba aterrizó en Barajas con lo puesto y caminó hasta la estación del metro rumbo a la casa de su infancia en Vallecas. Ahí todavía vivían sus padres sobre la calle Payaso Fofó frente al estadio del Rayo. En los televisores de los bares – que pronto hablarían únicamente de las naves que se acercaban a la Tierra – se observaban imágenes de los desastres que estaba causando el huracán Lisa en algunas paradisíacas islas del Caribe, aunque el título de la noticia en todos los medios era la preocupación por la posibilidad de que el fenómeno natural llegase a La Florida con capacidad de destrucción. El Cheba realizó las dos combinaciones de trenes hasta finalmente bajar en la estación Portazgo que tantas veces había transitado desde que era niño hasta abandonar Madrid.

Su madre lo recibió haciendo la señal de la cruz repetidas veces y con un abrazo tan fuerte que casi le rompe el esternón mientras le decía que lo había extrañado mucho y que su padre había bajado a comprar comida. De inmediato lo condujo hasta su habitación, la cual se mantenía intacta desde siempre, y le ofreció ropa limpia para que se cambiara.

Sobre las paredes del cuarto, cubiertas con el mismo empapelado desde los años 70, se observaban repisas desbordadas por revistas viejas, muñequitos de colección y trofeos infantiles entre pósters de Cota, de Michel, del enorme equipo del ‘89, de Bob Dylan, de Nacha Pop y de Kim Basinger en traje de baño. Todas esas imágenes estaban perfectamente pegadas como si alguien se hubiera encargado cada día de que nada cambiase a pesar de los años. Corriendo las cortinas de la ventana de su habitación se asomaban las gradas del estadio del Rayo como si fueran las montañas más hermosas del mundo. Ese era el paisaje que más había extrañado pese a haber vivido en alguna ocasión frente al mar. En el cajón de la mesa de luz, que no se atrevió a abrir, todavía estaban las dolorosas últimas cartas de Alba, su primera novia, entre papeles de liar, lápices de colores, un carnet con acné y algunas pocas pesetas en monedas.

El Cheba respiró profundo el nostálgico aroma de su infancia y recién entonces se sintió en casa. Luego se dejó caer sobre la antigua cama que mantenía el mismo acolchado rojiblanco sobre el que había caído rendido tantas madrugadas borracho y drogado buscando frenar la cabeza y el cuerpo, y al fin sintió que había terminado el viaje. Para empezar otro.

Minutos después escuchó el ruido de unas llaves y supo que su padre estaba a punto de entrar así que se incorporó de un salto para ir a saludarlo y apenas lo tuvo enfrente, Alfonso sin soltar las bolsas con comida, le dijo:

  • ¿De verdad vienen los marcianos, hijo?

El Cheba no llegó a contestar.

  • Da lo mismo – respondió la madre – vayamos a comer.

En menos de dos horas el búnker de Voynich estaba totalmente organizado para que 10 personas y un loro pudieran sobrevivir con todo lo necesario los días que hicieran falta. Más allá de la cama nupcial, había colchonetas, bolsas de dormir térmicas y el enorme sillón violeta que había sido reconvertido en una gran cama donde cabían por lo menos cuatro personas perfectamente cómodas una a los pies de la otra, en fila y a lo largo, como en un trencito humano de ocho metros.

La mesa de billar, pese a las furibundas quejas de la Canciller alemana que se había quedado con las ganas de jugar, fue cubierta con una madera para convertirla en una larga mesa a la que Keiko vistió con un doble mantel de seda blanco y púrpura sobre el que luego colocarían los manjares que estaban cocinando para la cena.

Los dos baños del búnker fueron repartidos de la siguiente manera. El principal para los habitantes de la mansión: Keiko, Soya, Alexandra, Mut y Voynich, mientras que el toilette secundario (que no contaba con jacuzzi pero que sí tenía ducha escocesa) fue destinado para los huéspedes pertenecientes al Comité de crisis, o sea: La Canciller alemana, Geraldine, el hombre de la NASA, el Cónsul y el General Harry Sanders.

También había sillas, poltronas, butacas y banquetas con almohadones que fueron dispuestas prolijamente alrededor de la enorme mesa. La cabecera norte se la dejaron a la Canciller para que se le pasara un poco el enojo y la cabecera sur para Keiko porque quedaba más cerca de la cocina ya que iba y venía constantemente controlando las cocciones.

Las cuatro chicas cohabitantes de Voynich le ofrecieron mucha ropa a Geraldine y a la Canciller pero mientras que a la francesa todo le quedaba perfecto y le encantaba, a la alemana apenas le cabían algunas cosas de Mut que era bastante más alta que las demás y que además tenía el cuerpo forjado por años de practicar surf. 

Voynich (salvo el impecable traje blanco tipo Elvis – con flecos, tachuelas y bordados – que el científico utilizaba en sus épocas de esplendor cuando daba conferencias en las Universidades de todo el mundo) les ofreció el resto de su vestuario habitual – gris, negro y monótono – al Cónsul, a Trevor y a Harry que estuvieron conformes. Incluso también a la Canciller alemana quien tuvo que aceptar que se sentía más cómoda con la ropa que le daba el científico antes que con las modernas, coloridas y sugestivas prendas de la bella chica egipcia. El Cónsul se quedó con ganas de vestirse de Elvis.

  • ¿Alguien toma mate? – preguntó Voynich mientras todos se probaban ropa, revolvían cajones e incluso se vestían con los disfraces que guardaban en el búnker para Halloween y para las celebraciones internas que organizaban los primeros sábados de cada mes Voynich y las chicas. 

Como nadie supo de qué estaba hablando le respondieron que no y el científico tomó mate solo como siempre.

Las horas pasaban confusas en esa profundidad. Para algunos el tiempo transcurría lento y para otros directamente no transcurría.

  • Esto me hace acordar a los casinos donde no hay relojes, ni ventanas, solamente luces de colores, ruidos y chicas en bancarrota – dijo el Cónsul un poco entusiasmado
  • Exacto – contestó Trevor, el hombre de la NASA – es que está hecho a propósito para que los clientes pierdan la noción del tiempo y no se quieran volver a sus casas
  • ¡Quién querría volver a su casa estando en un casino! – dijo el Cónsul riéndose
  • Y si prestan atención se darán cuenta de que las fichas no tienen el número de lo que valen en dinero, eso es para que también se pierda la noción del valor de las cosas – acotó Voynich con razón – y además las alfombras o las paredes suelen ser caprichosamente coloridas y en algunos casos hasta los techos están pintados de color celeste cielo para que la mente se confunda
  • ¡Ay qué ganas de jugar me dieron! – exclamó el Cónsul ante el apoyo inmediato de la alemana que golpeteaba ansiosa las yemas de sus dedos entre sí con una peligrosa ansiedad
  • Bueno, si quieren podemos jugar a los dados hasta que esté lista la comida – propuso Voynich mientras abría la puerta superior de un mueble empotrado y tomaba un cubilete rosa de metal transparente que contenía 7 dados de marfil con esquinas huecas y rellenos de mercurio que estaban pintados cada uno con un color distinto del arcoíris y tenían los números marcados con puntos de zafiro. Era realmente un objeto hipnótico que daban ganas de tocar.
  • Por dios, es el mejor juego de dados que vi en mi vida… – dijo maravillada Geraldine tomando el dado rojo entre sus manos y mirándolo estupefacta a trasluz.
  • Si, es robado, pero es hermoso – reconoció Voynich – además no es solamente un juego de dados, sino que está fabricado con líneas neutras de diseño espacial para convertir la suerte de cada jugador en probabilidad sin interferir en lo más mínimo.

El General Sanders sonrió mordiéndose el labio inferior y negando con la cabeza mientras arqueaba las cejas y bajaba la mirada. Voynich continuó con la explicación

  • La suerte no es la misma para todos, cada uno tiene una suerte distinta y este juego de dados lo único que hace es respetar la de cada jugador. Está diseñado para no igualar las suertes sino para justamente lo contrario, traducirlas fielmente al juego
  • ¿O sea que el que tiene más suerte gana? – preguntó el Cónsul sorprendido
  • Exacto – respondió el científico – eso es lo que tiene de especial jugar con estos dados y con este cubilete. Nada se interpone entre el resultado que obtengas y tu propia fortuna. No hay excusas.

El aroma de la comida que ya había empezado a cocinar Keiko hacía más de una hora accionaba una y otra vez el extractor de aire del búnker mientras sorteaban las parejas para el juego. 

  • Yo juego desde acá – gritó la chica japonesa desde la cocina – que por favor Galileo tire por mí.

Al oír esto el loro se acercó apurado a la mesa y se paró sobre el respaldo de la silla que le correspondía con la mirada atenta al sorteo de parejas que hicieron con papelitos. Toda la organización del sorteo estuvo a cargo obviamente del Cónsul que se tomó un largo tiempo para ir escribiendo prolijamente cada nombre para luego doblar el papel e introducirlo en el cubilete de la suerte real. 

El primer nombre en salir fue el de Alexandra, la sueca y el segundo nombre fue el de Soya, la colombiana. Las chicas eran muy amigas, además de ser las encargadas de controlar las computadoras de la mansión, por lo tanto se pusieron realmente contentas de que la suerte también les confirmara esa unión que tenían.

La segunda pareja en conformarse fue la de Geraldine con Voynich quién le besó la mano a la secretaria del Ministro de Seguridad de Francia y le confesó que era un honor para él poder tenerla de compañera, ella devolvió el piropo poniéndose colorada.

La tercera pareja en convalidarse fue la de la Canciller con el Cónsul que se quería morir porque la alemana era muy competitiva y apenas supo que jugarían juntos lo amenazó por lo bajo para que tire bien los dados o lo ahorcaría cuando se durmiera.

Cuando salió el nombre de la bella Mut pareció que todos contenían la respiración, sobre todo el hombre de la NASA y el General Sanders que todavía no tenían pareja. Ella los miró a los dos con una sonrisa tímida mientras encogía apenas los hombros como si les pidiera disculpas. Aunque en realidad los estaba mirando con pena. Salió el nombre de Keiko y el loro festejó con un insulto irreproducible.

Por descarte entonces, la quinta pareja fue conformada por Trevor de la NASA y Harry del Ejército que en el fondo sintieron alivio porque no hubieran sabido cómo ser compañeros de Mut sin quedar como idiotas.

  • Bueno – propuso el Cónsul como era habitual en él – ¿Qué les parece si les ponemos nombres a la parejas?
  • “Ganar o morir” seremos nosotros – respondió la Canciller alemana sin darle tiempo al Cónsul para sugerir otro nombre menos virulento.
  • “La dama y el vagabundo” – le propuso Voynich a Geraldine quien aceptó encantada
  • “Las chicas del shopping” – se bautizaron Soya y Alexandra entre carcajadas
  • “El Loro afortunado” – propuso Galileo y Mut asintió tirándole un beso a la distancia lo cual hizo que al loro le bajara la presión aunque fingiera a duras penas que no le pasaba nada
  • ¿Y ustedes cómo se van a llamar? – preguntó Geraldine a Trevor y a Harry
  • “Area 51” – respondió secamente el General Sanders, que hablaba poco, pero decía bastante.

Tras algunos minutos de deliberaciones acerca de cuál sería el premio para los triunfadores decidieron que jugarían por los lugares para dormir. La pareja ganadora lo haría en la cama nupcial con colchón especial vibrante de ultra densidad, sábanas ligeras de Mónaco y acolchado orgánico. Las 2 parejas que salieran segundas y terceras dormirían en el sillón infinito con sábanas y frazadas en línea de hotel, la cuarta pareja en sendas bolsas de dormir térmicas y el dúo que saliera último dormiría en el suelo sobre unas colchonetas finas.

Voynich le preguntó a Keiko cuánto faltaba para la cena y la chica oriental, que era chef con una estrella Michelin y se encargaba de que todos tuvieran una exquisita, saludable y balanceada alimentación en la mansión (salvo los viernes que cocinaba Voynich cosas rústicas al aire libre y los martes que hacían ayuno total) le respondió que aproximadamente faltaba 1 hora y 10 minutos para el primer plato.

  • Perfecto – contestó el científico y puso a sonar el vinilo de Frank Zappa “You Are What You Is” que duraba exactamente ese tiempo según recordaba

A partir de ese momento, las eclécticas canciones que se sucedían en el fabuloso sistema polisónico polar del búnker, iban cambiando constantemente el clima del juego como si fuera una montaña rusa que viajaba por las venas de aquellos apostadores enterrados.

Mientras jugaban aprovecharon para realizarle preguntas a Voynich sobre Los Drépanos

Los primeros buenos lanzamientos fueron de la Canciller alemana que ante cada logro levantaba los brazos con la mirada perdida y se quedaba quieta, temblando en silencio. Sin embargo, estos buenos tiros, eran compensados por la mala suerte que parecía perseguir al Cónsul quien recibía la misma mirada silenciosa y tensa por parte de la alemana pero inyectada de odio y bronca.

  • ¿Cómo nos vamos a comunicar con ellos cuando lleguen? – preguntó el Cónsul para quitar la atención de sus malos dados y volver al tema extraterrestre
  • Bueno, depende – respondió Voynich haciéndole una mueca simpática a Geraldine – hay que ver si vienen con intenciones de comunicarse o no. Si su intención es que nos entendamos seguramente habrán tenido tiempo estos 12 años y medio para aprender nuestros idiomas. Pero si los planes son… otros, bueno, entonces no se habrán tomado el trabajo de aprender a conjugar los verbos. 

El juego continuó tenso.

A los pocos minutos tomó la delantera el “Area 51”. Los lanzamientos aparatosos y torpes del hombre de la NASA (que daba la sensación de no haber jugado jamás a nada) eran acompañados por los movimientos austeros y efectivos de Sanders que parecía un cirujano.

  • ¿Y tienen voces como nosotros? – preguntó Geraldine a modo de broma
  • Es una pregunta muy interesante, Geri, te agradezco que la hayas hecho – contestó con cortesía el científico y ella miró a todos satisfecha – absolutamente todos los ruidos quieren decir algo, el sonido del viento nos marca su fuerza, el ruido de un motor nos habla mucho de su funcionamiento, el ladrido del perro quiere decirnos diferentes cosas, el sonido del papel al cortarse nos marca el grueso de la hoja, la intensidad del trueno nos indica la distancia del rayo y así podría continuar con ejemplos de cualquier cosa que se les ocurra. No hay sonidos en la naturaleza que no quieran decir algo. Incluso los silencios.

El General Sanders asintió con la cabeza mínimamente en un gesto de reservada admiración que siempre había tenido por Voynich quien continuó hablando.

  • Los Drépanos también emitirán sonidos en forma de voces, de bits, de alaridos, de vibración, de gruñidos, de explosión, no lo sé, no importa, lo que sea que hagan querrá significar algo y será nuestro deber decodificarlo si es que ellos no nos facilitan las cosas.

Los dados cada vez pesaban más.

Los que nunca pudieron alcanzar el primer puesto en el juego fueron justamente Geraldine y Voynich que pese a los malos resultados en la mesa se felicitaban por las preguntas y las respuestas mientras se reían de su suerte y besaban el cubilete del otro antes de cada lanzamiento.

  • ¿Y si no son Drépanos los que vienen? – interrumpió el General Sanders como si en verdad no fuera una pregunta

Voynich dejó la risa a un costado, lo miró a los ojos como si le estuviera respondiendo con la mirada y luego contestó en voz muy baja.

  • Ojalá sean Los Drépanos… – y se levantó para dar vuelta el vinilo de Zappa

En ese momento alcanzaron el primer puesto Soya y Alexandra que a fuerza de afortunados lanzamientos consiguieron hilvanar varios aciertos en continuado que siempre celebraron abrazándose y besándose apasionadamente en la boca. Así se mantuvieron en la punta hasta casi el final, cuando Mut tomó el cubilete con sus 2 manos, lo alzó hasta la altura de su frente como si fuera un cáliz divino, lo batió con dulzura cerrando sus enormes ojos mientras su impetuosa cabellera se sacudía graciosamente en todas direcciones. Luego fue bajando el cubilete entre sus tatuajes hasta apoyarlo en su corazón durante algunos pocos segundos y enseguida los dados fueron cayendo uno sobre otro en cámara lenta marcando el récord de puntos para esa noche y dejándole servida la victoria a su compañero. El loro Galileo sin mucho preámbulo tomó con apuro el cubilete con su pico, juntó los dados con las alas, alzó el vuelo sobre la mesa y tras sacudirse en el aire para mezclarlos giró sobre sí mismo dejándolos caer en un buen tiro que les significó la victoria final.

A los festejos se sumó Keiko y entre ella y Mut besaron a Galileo una de cada lado.

La Canciller furiosa le tiró un dado por la cabeza al Cónsul y le pegó en el medio de la frente porque habían acabado últimos.

Era la hora de la comida.

En un minuto desarmaron la mesa de juego y la volvieron a convertir en la mesa para cenar con el mantel doble de seda blanco y púrpura.

Los platos que fue trayendo Keiko con la ayuda de Soya incluían canapés de pavo con caviar Kaluga, salmón ahumado montado sobre pan matzá, carne kobe, trufas negras de Borgoña, ensalada de kaki persimmon, jamón de bellota 100% ibérico, burrata y rols de manzana. Todo fue acompañado por varias botellas de champagne francés que sirvió Voynich con elegancia y que previamente hizo probar a la única francesa del refugio, Geralinde, quién reconoció que nunca había degustado un champagne tan exquisito ni siquiera viviendo en París.

De postre, la maravillosa chef oriental, trajo cheesecake de fresas, helado luminoso y una torta Pávlola con base de merengue horneado sobre la cual emergía una crema batida, chocolates y frutos rojos.

Para el final Mut preparó unos extraordinarios cócteles de verano en altísimas copas negras mientras Alexandra repartía cigarrillos de marihuana dorada y pastillas. 

A esa altura la música disco inundaba el búnker con “Never can say goodbye” de Gloria Gaynor a todo volumen y las chicas bailaban solas mientras el Cónsul no paraba de contarle chistes largos y malos a la Canciller alemana para que lo perdonara por haber perdido a los dados.

  • Hijo de puta – le respondió la mujer sólo moviendo los labios en la penumbra de la fiesta.

Había sido un día largo, muy largo. Estaban todos agotados y poco a poco empezaban a ser vencidos por el sueño, por lo tanto decidieron dar por terminada la jornada y acomodarse en sus lugares para dormir. Mut, Keiko y el loro en la cama nupcial, Soya, Alexandra, Voynich y Geraldine en el sillón infinito, el general Sanders y Trevor en las bolsas de dormir térmicas y Anke con el Cónsul en el suelo sobre dos colchonetas finitas. El Cónsul se puso lo más lejos que podía de ella porque le tenía miedo, sin saber que la Canciller se había guardado uno de los largos tacos de billar bajo las frazadas para tocarlo desde lejos en la oscuridad.

Cuando apagaron la música volvió a escucharse el temible huracán Lisa que parecía querer borrar la isla del mapa. El miedo los invadió por primera vez cuando descubrieron – por el sonido –  que el agua había inundado la mansión y que no podrían salir.  Fue entonces que antes de apagar la luz el Cónsul preguntó si alguien podía contar un cuento de las buenas noches y Voynich dijo que él podía hacerlo. Todos estuvieron de acuerdo.

  • Hay un cuento que me aterra cada vez que lo recuerdo. Se titula “Muerte térmica” y todavía no está escrito. Es algo que ocurrirá irremediablemente dentro de millones de años cuando el Universo se vaya apagando. Como ustedes saben, todas las estrellas tienen un ciclo de vida al igual que los seres vivos, y ese ciclo se irá cumpliendo sin que nadie pueda detenerlo. Una a una las estrellas irán muriendo delante de los ojos de los últimos testigos. A medida que eso ocurra el Cosmos se volverá un lugar oscuro, frío y sin brillo. En ese momento ya no habrá ninguna posibilidad de vida porque no existirá ninguna fuente de energía, y sin energía no hay vida. Toda la materia existente se descompondrá inexorablemente en la materia oscura y sólo quedará una amalgama de partículas y radiación que incluso también desaparecerán con el tiempo. El cielo se irá apagando lucecita por lucecita. Este poético proceso final se llama “Muerte térmica” y ocurrirá cuando la última estrella de la última galaxia del último confín del Cosmos se apague para siempre dejando al Universo muerto, vacío y oscuro por el resto de la eternidad. Por eso hay que reírse ahora, antes de que eso pase. Buenas noches, que descansen.

Y Voynich apagó la luz.

NOTA AL MARGEN 6 – LA EXCURSIÓN

Una vez por año Mia y Oliver partían desde Sídney, la ciudad donde vivían, para viajar y visitar algún punto turístico en cualquier parte del mundo. La buena posición económica que tenían gracias a que ella era investigadora en biogenética, y él dirigía un prestigioso buffet de abogados especializados en conflictos medioambientales en Australia les permitía organizarse para tomarse un mes de vacaciones y elegir sin inconvenientes diferentes sitios imperdibles en el planeta.

Mia y Oliver no habían podido tener hijos pese a la gran cantidad de tratamientos realizados, por lo tanto llegó un punto en que decidieron dar vuelta la página y enfocarse en conocer el mundo y en malcriar a los sobrinos y a los hijos de sus amigos de los cuales naturalmente se convirtieron en padrinos adorables que además siempre llegaban de visita con algún regalo de esos que los chicos no se olvidan.

Aquel abril de mediados de los años 90 iniciaron uno de sus tantos viajes sin sospechar que el destino les tenía preparado una sorpresa de esas que ocurren una vez en la vida, o ninguna.

El ómnibus lleno de turistas marchaba lento cuando en el horizonte comenzaron a emerger las extraordinarias maravillas que habían ido a conocer. Las palpitaciones y el asombro acompañaban a esos visitantes vestidos con camisas de colores, anteojos negros y sombreros anchos. Apenas arribaron descendieron con las cámaras de fotos en alto, uno tras otro, como si se tratase de un ejército que llega para dejar constancia gráfica del lugar.

Adelante iba caminando otro contingente – tal vez de japoneses – y más adelante otro y atrás llegaba otro, y luego otro. Los turistas eran tantos que costaba caminar sobre la ya de por sí difícil superficie sin chocarse con alguno.

El impacto visual de aquellas construcciones en medio de la nada era abrumador, nadie podía quedar exento de sentir una profunda emoción frente a tanta belleza y absoluta grandiosidad. Las fotos se sucedían una tras otra buscando cada uno el mejor ángulo posible para que en el cuadro solamente aparecieran las maravillas y no los turistas japoneses.

Fue en ese momento, en medio de la multitud, que Mia y Oliver decidieron caminar algunos cuantos pasos para alejarse lo más posible del tumulto y así poder tomar una mejor panorámica, cuando se encontraron con algo en el suelo. Al principio creyeron que se trataba de uno de esos pañuelos que utilizaban los turistas y que posiblemente se había volado con el viento que surcaba esas latitudes, sin embargo al acercarse descubrieron que no era un pañuelo, sino que era una manta – una manta que todavía conservan – y que estaba doblada sobre sí misma prolijamente como si estuviera protegiendo algo. Mia se agachó para levantarla y se encontró con lo que menos hubiera imaginado en la vida. Envuelto en esa tela había un bebé.

Un bebé que los miraba sin llorar.

Consternados y con los ojos llenos de lágrimas lo levantaron y corrieron hasta donde se encontraba uno de los coordinadores del viaje para explicarle la increíble situación. El hombre no pareció sorprenderse demasiado y les contestó que era bastante habitual que las familias más pobres del lugar, aquellas que no podían alimentar a sus hijos, los solían dejar cerca de la fila de turistas para que alguno los encuentre porque sabían que los visitantes siempre son personas que tienen más dinero que ellos y por lo tanto cuentan con mejores posibilidades para poder darle a esos niños abandonados una vida digna y sin hambre.

A partir de ese momento dejaron de prestarle atención a las maravillas turísticas que habían ido a visitar para concentrarse en la maravilla que habían encontrado.

Durante las siguientes semanas recorrieron los laberintos burocráticos más difíciles de transitar y llenaron decenas de formularios para poder llevarse al bebé con ellos. Finalmente pudieron demostrarles a ambos gobiernos que querían hacerse cargo de la criatura y que contaban con los medios para hacerlo por lo tanto obtuvieron el permiso temporal los primeros meses, y el definitivo algunos años después.

Aquel abril de mediados de los 90 cuando el avión despegó rumbo a Sídney llevándolos de vuelta a casa con aquella hermosa bebé en sus brazos supieron que el destino les estaba dando la oportunidad más maravillosa de sus vidas y tuvieron la certeza de que no la iban a desperdiciar.

Las pirámides y el desierto iban quedando atrás, cada vez más chiquitas, hasta desaparecer entre las nubes.

CAPÍTULO 12: JÓVENES POR EL UNIVERSO

La insólita entrevista que el Cheba había dado en la Televisión Canaria – donde juraba a los gritos que se acercaban extraterrestres a la Tierra – no dejaba de obtener reproducciones en YouTube. En menos de 24 horas había superado las 2 millones de visitas y la imagen de su rostro desquiciado se había convertido en un meme cómico que se utilizaba disparatadamente para responder a cualquier cosa.

En los comentarios del video se mezclaban negacionistas, conspiranoicos, esclarecidos, trolls, sensatos, asustados y un torbellino de curiosos que discutían sin parar acerca de la veracidad de los dichos. Semejante bola de nieve tocó el timbre de su casa natal en Vallecas a la mañana siguiente.

Un excéntrico grupo de jóvenes enérgicos y con buenos modales lo invitaba a la manifestación que estaban organizado en Puerta del Sol. El Cheba sonrió por dentro y fingió negarse por fuera. 

Los “Jóvenes por el Universo” que era como se hacían llamar, le explicaron que lo necesitaban sobre el escenario esa misma tarde para que contara su experiencia y de ese modo empezar a correr el velo de desinformación que según ellos desde siempre aquejaba a la humanidad.

Le contaron que estaban al tanto de una conspiración mundial que buscaba imponer el miedo en la población para poder dominarlos y quitarles la libertad, pero ahora, con la inminente llegada de los extraterrestres comprendieron que era por fin el momento de dejar las redes, de ganar la calle y de que todo el mundo supiera por fin la verdad.

  • ¿Qué verdad? – preguntó sinceramente el Cheba saliendo un poco del papel que había decidido encarnar
  • ¡Pues todo! ¡Todo esto que tú ya sabes y que nos quieren ocultar! El coronavirus, la tierra plana, las vacunas, los chips en el cuerpo, el 5g, los extraterrestres, las criptomonedas, los filconianos, la llegada a la Luna, el Black Friday, los Illuminati, el Estado controlador, los sindicatos, todo lo que tú ya sabes – respondió sin respirar un gigantón de cara blanca con ojos inyectados y remera estampada con una serpiente.

Era un montón. 

El Cheba los miró a la cara con lástima y se consoló pensando que en otros tiempos había tenido socios peores.

  • ¿Son amigos tuyos? – gritó preocupada la madre del Cheba asomándose por la ventana

Los Jóvenes por el Universo también esperaban la respuesta.

  • ¡Sí, mamá! – respondió mientras encendía un cigarrillo.
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Mientras tanto en la isla San Salvador el general Harry Sanders creyó que sería el primero en levantarse ya que su reloj biológico lo despertaba siempre a las 5:30 de la mañana, sin embargo Keiko ya estaba horneando unos pastelitos y Voynich se encontraba tomando mate solo y haciendo algunas anotaciones. Al verlo lo saludó alzando el termo como invitándolo a compartir el desayuno y Harry le devolvió el saludo explicándolo con un gesto que iría hasta el baño y que luego se sentaría con él. El hombre fuerte del Pentágono caminó en la penumbra del búnker con mucho cuidado tratando de no pisar a nadie pero casi sobre el final del trayecto le pateó la cabeza al Cónsul quien gritó con desesperación porque estaba soñando con abejas y entonces la Canciller alemana saltó de la colchoneta como un resorte con el taco de billar en alto y se puso en posición de defensa:

  • Te voy a matar, hijo de puta – gritó mirando hacia todos lados con ferocidad.
  • No, no, doña, baje el arma que el gurí estaba soñando – le explicó Voynich con cierto acento uruguayo que le aparecía cuando tomaba mate
  • Este lugar es chico para soñar – respondió ella con razón

Acto seguido todos se despertaron y hubo ronda de café negro con pastelitos.

El primero en oír al helicóptero fue Galileo quien abrió mucho los ojos e inclinó la cabeza torciendo el cuello como si quisiera enfocar el oído hacia donde provenía el lejano sonido. Voynich lo miró y supo enseguida que algo estaba pasando. A los pocos segundos el motor del helicóptero ya fue audible para todos.

  • ¡Vienen a rescatarnos! – anunció el Cónsul emocionado mientras corría hacia la salida
  • Hay que ver si bajó el agua antes de abrir la compuerta del búnker – le aclaró Sanders observando el techo con cuidado.

Voynich caminó hasta la escalera, subió algunos peldaños y apoyó el oído contra el metal. Todos hicieron silencio. Mut se sonrió.

  • Se fue el agua, ya podemos abrir… – dijo con su voz profunda – pero les aseguro que seríamos más felices acá – sentenció mientras abría la puerta y la luz del sol entraba en el refugio como un puñal de realidad que los dejó ciegos.

El ruido del helicóptero era ensordecedor porque se encontraba volando en círculos exactamente sobre la mansión.

  • Es un Sikorsky HH-60A de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos – acertó el General Sanders con sólo escuchar el motor – puede llevarnos a todos.

El primero en asomar la cabeza fue Voynich y pudo contemplar cómo el interior de su mansión había sido arrasada por el huracán pero mantenía las paredes y el techo en perfecto estado debido a la fortaleza de su construcción. Detrás de él salieron los demás. El panorama era desolador. La marca de hasta dónde había llegado el agua se observaba perfectamente clara en las paredes y en los muebles tirados como si fuera una cicatriz en la memoria.

Los tripulantes del helicóptero al verlos salir aterrizaron sobre la calle frente a la mansión y de él descendió un expeditivo equipo de rescate que les preguntó inmediatamente si el Presidente de los Estados Unidos estaba con ellos. La decepción fue grande.

Los miembros del Comité respondieron que no y que suponían que había llegado al hotel con el otro grupo al separarse con el inicio del huracán. Las caras de preocupación del equipo que había descendido del helicóptero se convirtieron en caras de estupor.

El General Harry Sanders tomó la palabra y tras realizar la venia militar les explicó a sus camaradas que dentro del grupo había personalidades importantes de la política mundial bajo su cuidado y que habían soportado perfectamente los embates del huracán refugiados en un búnker especial. Además les confirmó que todos estaban bien alimentados, que no tenían heridos o bajas y que por lo tanto se encontraban en condiciones óptimas para ser rescatados con premura y discreción.

Los miembros de la tripulación le confesaron que el objetivo de la misión era encontrar al Presidente pero que obviamente los sacarían de ahí. De inmediato fueron subidos al helicóptero los miembros del Comité de Crisis para trasladarlos al continente. Por supuesto Voynich y las chicas dijeron que se quedarían en la mansión para iniciar la reconstrucción y que esperaban volver a verlos en pocas horas para terminar de planificar la respuesta de la humanidad ante la llegada de Los Drépanos tal cual habían acordado. Todos estuvieron de acuerdo y se despidieron con una fría cortesía.

Al pie del helicóptero Geraldine, que fue la última en subir, saludó a las chicas con los ojos llenos de lágrimas agradeciéndoles por el hospedaje y le dijo al oído a Voynich que le gustaría venir a visitarlos alguna vez y quedarse un tiempo largo con ellos. El científico le respondió que se sentiría muy halagado de recibirla y que para ella las puertas de su casa y de su corazón siempre estarían abiertas. La francesa entrecerró los ojos y lo besó tímidamente en los labios como si se hubiera quedado sin palabras.

Recién cuando la nave ya estaba a punto de despegar, Geraldine realizó la pregunta que faltaba para cerrar el círculo. O para abrirlo.

  • ¿Por qué respondiste mi llamado sin conocerme? 

Todos los demás pasajeros se asomaron a la escotilla para oír la respuesta en medio del ruido del motor.

  • Porque confirmé que mi teoría era verdad cuando dijiste tu número en el contestador.

La mujer repasó las cifras de su teléfono mentalmente y se quedó petrificada.

Voynich era una caja de sorpresas.

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