LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 10

LA RULETA GALÁCTICA

Las demoledoras ráfagas del huracán Lisa alcanzaron en pocas horas los 250 km por hora y destruyeron a las más indefensas edificaciones turísticas que se erigían sobre la isla de San Salvador. Desde las profundidades del búnker de Voynich se oían estallar los vidrios de la mansión mientras caían los pesados muebles revoleados por el vendaval y crujían los portentosos muros a punto de sucumbir ante la terrible embestida de la naturaleza. Daba la sensación de que ya no quedaba nada en pie sobre la superficie.

Geraldine se puso a llorar pero Keiko enseguida la abrazó y le dijo algo al oído que la hizo sonreír. 

A los pocos minutos la radio también quedó en silencio porque se derrumbó la torre de transmisión y entonces los integrantes del Comité, con Voynich y sus compañeras quedaron absolutamente aislados del mundo sumergidos en ese enorme refugio infranqueable.

Mientras Soya y Alexandra terminaban de realizar el inventario de víveres y organizaban las comidas para que todos pudieran pasar lo mejor posible las largas horas que durase el huracán, Voynich caminó hasta el pequeño escenario sin decir una palabra, se sentó frente al piano y comenzó a tocar una suave melodía que parecía acompañar con cierta elegancia la destrucción que ocurría sobre sus cabezas. Era una lejana cadencia de notas livianas y profundas que envolvían de melancolía a los refugiados como si fuera mejor estar tristes que asustados. Sin embargo no fue hasta que Mut subió al escenario con una leve sonrisa y acercó sus labios al micrófono que los corazones de todos parecieron detenerse para siempre. La suave voz de la muchacha más hermosa del mundo parecía ser el canto final de una sirena inmaculada que se llevaba las almas de todos hacia una eternidad donde ya no existe el dolor. “Take me home, country roads, to the place I belong…” Susurraba lentamente Mut y el mundo parecía un lugar seguro mientras todo se destruía.

Cuando terminó la canción nadie se atrevió a aplaudir para no romper el hechizo.

Voynich y Mut se miraron realizando un imperceptible gesto de mutuo agradecimiento y entonces la joven egipcia bajó del escenario dejando que de pronto volvieran a escucharse las explosiones y a sentirse el miedo en la sangre. 

  • Pueden aplaudir, hijos de puta – les gritó el loro Galileo revoloteando sobre sus cabezas.

Recién entonces parecieron volver en sí, y aunque nadie aplaudió, el Cónsul se encaminó hacia el escenario seguramente con la idea de cantar algo él también. Estaba a punto de hablar en el micrófono cuando Voynich se levantó de su butaca con un solo movimiento y le pidió con una tajante cortesía que por favor volviese a su lugar porque él tenía que decirles algo muy importante.

Voynich tomó la palabra y ya nunca la abandonaría.

  • El huracán Lisa va a durar seguramente lo que duran todos los huracanes, lo que se haya destruido se reconstruirá como siempre se hizo, y poco a poco volverá la normalidad al igual que ocurrió tras acabar con la pandemia. Sin embargo esta vez las cosas son distintas porque dentro de pocos días una civilización extraterrestre llegará a la Tierra y la normalidad jamás regresará a nuestras vidas. No habrá reconstrucción del pasado, porque no tendrá sentido. 

Sus palabras cayeron como un balde de agua fría sobre el Comité de Crisis que parecía haberse olvidado del asunto.

  • Ustedes vinieron a verme para que los ayude ante este acontecimiento sin precedentes que nos está a punto de ocurrir como civilización, yo por supuesto, y como ya les dije anteriormente, los voy a ayudar porque es mi deber con la humanidad y porque no hay otra persona en el mundo que lo sepa hacer mejor. Sin embargo, antes de hacerlo necesito un compromiso de parte de ustedes.
  • Ya me parecía demasiado desinteresado – respondió el hombre de la NASA mirando a la Canciller alemana – ¿Querés dinero? ¿Querés poder? ¿Qué querés, Wilfrid? – le preguntó con desprecio

El científico lo miró con pena sin dejar de sonreír.

  • No hay casi nada que me interese de lo poco que me podrías dar, Trevor, no te preocupes, lo que les voy a pedir a cambio de mi colaboración total y sincera que contendrá información valiosa, exclusiva y jamás oída en el planeta es que los principales miembros de la comunidad científica y política internacional firmen un desagravio público pidiéndome perdón, reconociendo que se equivocaron al expulsarme y confirmándole a todos los medios de comunicación del mundo que vinieron a buscarme porque consideran que soy el mejor científico de la actualidad y también el investigador que más sabe sobre extraterrestres. Nada más y nada menos que eso. 

Se quedaron en silencio unos pocos segundos hasta que el director de la NASA contestó ofuscado que él no iba a firmar ningún comunicado reconociendo nada. Inmediatamente Voynich respondió que estaba en su derecho pero que de todos modos los invitaba a pasar unos días en su mansión, que podrían tocar el piano, comer, beber, fumar, reírse, disfrutar de la playa con sus compañeras y conversar simplemente de cosas triviales, obviamente sin tocar en lo más mínimo el tema de los extraterrestres que estaban a punto de llegar. 

La canciller alemana fulminó con la mirada al hombre de la NASA quien avergonzado bajó la cabeza.

  • No hay ningún problema, Voynich – dijo Anke con pragmatismo – ya mismo podemos redactar el comunicado, firmarlo y en cuanto vuelva Internet lo enviaremos al resto de los integrantes del Comité para que lo firmen y luego a los medios en cuanto comuniquemos a la población mundial lo que está por suceder. Esto no se trata de los putos egos de nadie sino de la seguridad mundial. A mí no se me caen los anillos por reconocer que me equivoqué con usted y estoy segura de que los demás piensan igual – concluyó mirando con los ojos achinados al Cónsul, al General Sanders, a Geraldine y al Director de la NASA.

No hizo falta escribir nada porque Keiko trajo el comunicado ya redactado. Lo leyeron por arriba y era lo que había pedido el científico, ni una palabra más, ni una menos. Todos lo firmaron.

A partir de ese momento Voynich encendió las luces del búnker, se paró delante del enigmático cuadro  como si fuese la pizarra de un aula universitaria y les dio una clase tan clara, sintética y contundente acerca de la vida fuera de la Tierra que no sólo demostró ser lo que decía ser, sino que también confirmó ser un magnífico y didáctico profesor: 

  • Bueno, para empezar les pido solamente cinco minutos de atención porque a partir de este momento sabrán cosas que cuando acabe de decirlas creerán que las han sabido siempre e inexplicablemente les costará bastante recordar la ignorancia que tienen ahora mismo. Así funciona este misterio. Ya lo verán –  Voynich hizo una pausa interminable y los miró a todos fijamente a los ojos hasta incomodarlos, luego continuó disertando – Si alguno todavía se hace la estúpida pregunta sobre si estamos solos en el Universo le quiero responder con estos datos inobjetables. Solamente en nuestro barrio galáctico, o sea en la Vía Láctea, hay más o menos 300.000 millones de estrellas. ¡300 mil millones, joder! Y encima se calcula que existen otros 100.000 millones de barrios galácticos como el nuestro que tienen en promedio esa misma cantidad de estrellas por lo tanto si multiplicamos esos numeritos nos vamos a dar cuenta de que Carl Sagan acertó cuando dijo que había más estrellas en el universo que granos de arena en las playas de la Tierra. Es así, vayan mañana a la playa y tomen un puñado de arena entre sus manos para sentir miedo de verdad. Pero bueno, ahora vamos a suponer que alrededor de cada una de esas estrellas gira por lo menos un planeta, ya no les digo 8 como en nuestro sistema solar sino uno, uno solito, eso nos da una cantidad de planetas absurda. Y encima supongamos que cada uno de esos planetas tiene por lo menos una luna que les gire alrededor como a nosotros nos gira nuestra bella luna, o que les giren ochenta lunas como le ocurre a Saturno… ahí las cifras se disparan. Pero si nos concentramos solamente en la Vía Láctea y dentro de la Vía Láctea nos enfocamos apenas en el pequeño grupo de estrellas que son similares a nuestro sol nos encontramos con que la mitad de ellas albergan planetas o lunas rocosas con zonas perfectamente habitables donde el agua líquida se acumula y fluye sobre sus superficies, por lo tanto, en definitiva, existen más o menos 300 millones de sitios con condiciones similares a la Tierra solamente en la Vía Láctea. ¡300 millones de planetas o lunas donde seguramente haya vida! Y eso solamente en nuestro pequeño barrio. Fin de la discusión.

En menos de un minuto Voynich había sintetizado un panorama abrumador.

  • Esas son las cifras que manejamos también nosotros – acotó el hombre de la NASA por decir algo 
  • ¿Y todos tienen vida inteligente, maestro? – se preguntó a sí mismo Voynich en voz alta – Claro que no. Hay demasiadas variables que se tienen que dar para que eso ocurra, sin embargo existe cierto consenso dentro de la comunidad científica (de la cual fui mal expulsado) en que solamente en nuestra galaxia hay 36 razas inteligentes. Sólo 36. Como en la ruleta 
  • ¿Y el cero? – preguntó el Cónsul que había invertido fortunas en los casinos de Las Vegas
  • El cero somos nosotros, Cónsul – respondió Voynich mientras encendía un enorme cigarrillo de marihuana que Alexandra, la chica sueca, había estado armando con mucha pericia. Cuando lo prendió se encendieron las bombas de aire y el humo desapareció inmediatamente del búnker
  • Es verdad – agregó nuevamente Trevor para sentir que aportaba algo – nosotros en la NASA manejamos exactamente esa hipótesis. Suponemos que hay miles y miles de seres vivos diseminados por toda nuestra galaxia que van desde microorganismos hasta enormes criaturas pero según nuestros cálculos estadísticos más realistas habría solamente 36 civilizaciones extraterrestres inteligentes.
  • Lamento coincidir – respondió Voynich exhalando el humo por la nariz y la boca a la vez 
  • ¿Y cuál nos toca de los 36? – volvió a preguntar ansioso el Cónsul que en la ruleta coronaba siempre al 20 porque una vez le había confesado borracho el dueño de varios casinos en Montecarlo, que por estadísticas de posición en el paño y en la ruleta, ése era el mejor número para coronar pero que por favor no se lo dijera a nadie porque se podía llegar a fundir el sistema de apuestas. El Cónsul lo contó mil veces.
  • Bueno, según mi humilde opinión, y apoyándome en mi teoría de las visitas extraterrestres a la Tierra cada 25 años, podría asegurar que la civilización inteligente que se aproxima a nuestro planeta son Los Drépanos.
  • ¿Los Drépanos? – preguntó sorprendido el General Sanders como si ya los conociera de antes aunque enseguida se llamó a silencio y no dijo más nada.
  • Sí, los Drépanos… algunos de ellos… – vaciló Voynich sin explicar
  • ¿Pero entonces qué tiene que ver la teoría de los 25 años con la certeza de que son Drépanos? – preguntó Geraldine sin saber que pronto quedaría estupefacta por algo que la involucraba directamente.

Voynich volvió a darle una pitada al cigarrillo de marihuana y se lo devolvió a Alexa antes de concretar por fin la explicación de su teoría.

  • Los Drépanos vienen de la estrella Teegarden en la constelación de Aries. ¿Hay alguien de Aries acá? – Mut levantó la mano en su mundo sin dejar de mirar y editar imágenes en el celular – Teegarden está entre las 30 estrellas más cercanas a nuestro sol y fue descubierta por ustedes recién en 2003 – dijo señalando al hombre de la NASA quién asintió con la cabeza – pero recién en 2019 cuando descubrieron a los planetas que giran a su alrededor tuve por fin todas las piezas del rompecabezas – dijo mirando el cuadro y señalado los círculos –  Estos 2 planetas hermanos que giran a su alrededor se los conoce como Teegarden B y Teegarden C, ambos llevan 5.000 millones de años más en el universo que nuestra Tierra por lo tanto sus posibles civilizaciones tuvieron mucho más tiempo que nosotros para evolucionar pero no tanto como para ya haberse extinguido. Ambos tienen el mismo tamaño que la Tierra pero Teegarden B cuenta con un clima fantástico con temperaturas medias de 28 grados, en cambio Teegarden C es igual de habitable pero muy diferente a su hermano mellizo porque tiene una temperatura de 40 grados bajo cero. Algo así como las divisiones de los colegios: el C es peor que el B…  

Afuera el huracán Lisa continuaba destruyendo la isla cada vez con más furia pero la mansión de Voynich parecía resistir a pesar de los ruidos que simulaban bombardeos.

  • ¿Y cómo sabemos con certeza que son estos bichos de mierda los que vienen? – preguntó la Canciller alemana enojada con todo.
  • Por matemática, señora. Los Drépanos nos visitan cada 25 años porque su planeta está a 12,5 años de la Tierra. Necesitan 12,5 años luz para ir y 12, 5 años luz para volver, o sea: 25 años luz en total por cada viaje.

Era jaque mate.

  • Llegan a la Tierra, hacen lo que tienen que hacer y regresan a su Teegarden B o Teegarden C, donde rápidamente hacen lo que tienen que hacer y vuelven a despegar. Lo han hecho así durante siglos con naves exploradoras hasta que evidentemente algo ha sucedido y por lo tanto han tomado la terminante decisión de enviar miles y miles de naves todas juntas.
  • ¿Durante siglos? – se sorprendió Geraldine
  • Si – respondió el científico – como ya les dije, el diseño de este cuadro apareció impreso en una espada guerrera forjada con hierro espacial hace tres mil años
  • ¿Entonces el cuadro es un mapa? – preguntó sorprendido el General Sanders mientras se levantaba de su silla y miraba el dibujo como si por fin hubiera encontrado una respuesta que había buscado durante mucho tiempo.
  • O tal vez una firma – lo confundió Voynich – en uno de los círculos está marcado un 1 con una barra y el otro un 2 con las dos barras. El B y el C nuestro. El 1 y el 2 para ellos. Están juntos, pero separados por una línea continua que penetra en el espacio del otro, como si quisieran dejar en claro que no son lo mismo pero que se parecen…
  • Entonces son 2 civilizaciones inteligentes diferentes – concluyó el Cónsul más alarmado que antes
  • Todavía no podemos saberlo – aclaró Voynich – mi opinión es que por cercanía, por edad, por condiciones naturales, por testimonios, por viejas escrituras y por este diseño, ambas son civilizaciones Drépanas… seguramente el Ejército de los EEUU tenga más información para aportar – dijo mirando al General Sanders con malicia – Yo apenas soy un hombre solo que piensa y analiza mirando el cielo desnudo desde una playa.

El General Sanders sonrió negando con la cabeza mientras apretaba los labios en una señal inequívoca de que no iba a hablar.

  • ¿Y la estrella Teegarden se puede ver desde acá? – preguntó Geraldine con cierta ternura adolescente
  • Tal vez…  quizás con un cielo despejado y sabiendo dónde mirar puede ser… Lo que sucede es que Teegarden es muy pequeña y tiene una luz tenue, en cambio los Drépanos a nuestro sol lo ven como a una de las estrellas más grandes y cercanas de su cielo.

En ese momento Keiko empezó a repartir vasos de whisky blanco con torta helada, Voynich miró una vez más al famoso cuadro enigmático y apoyó las palmas de sus manos en cada uno de los círculos para finalizar su clase:

  • El límite del universo visible desde nuestro planeta está a 46.500 millones de años luz en todas las direcciones, por lo tanto 12,5 años luz es absolutamente acá en la esquina. Por eso las generaciones se cuentan cada 25 años, para que por lo menos una vez en la vida los humanos puedan ver a Los Drépanos. 
  • No es por eso – lo corrigió el director de la NASA pero Voynich ni lo escuchó
  • Si Los Drépanos salieron de su planeta hace 12 años y medio y según los genios de la NASA faltan mas o menos 5 o 6 días para que lleguen, es que ahora están a ciento ochenta mil millones de kilómetros de nosotros – calculó a ojo el científico mientras recuperaba el porro –  por lo tanto cuando entren a nuestro sistema solar según sus cálculos faltarían apenas 5 horas para que lleguen. Pero se equivocan de nuevo.
  • No, Voynich, no siempre nos equivocamos
  • No, siempre no – aceptó el científico – sin embargo en este caso sí ya que no tuvieron en cuenta la desaceleración. ¿O acaso los científicos del establishment creen que los trenes que van a 300 km por hora se detienen de golpe en la estación? Pues no, van de a poco bajando la velocidad hasta llegar a quedarse quietos por lo tanto imagínense el tiempo que lleva la desaceleración si en lugar de viajar a 300 km por hora lo hacés a 300.000 km por segundo

El hombre de la NASA sintió tanta vergüenza que pudo percibir el calor en los cachetes de su rostro.

  • ¿O sea que no llegarán en 6 días? – simplificó la Canciller
  • Absolutamente no, Los Drépanos necesitan ir bajando la velocidad de la luz de a poco para no desintegrarse al llegar y eso les puede llevar horas, días o incluso semanas… no lo sé
  • Horas… días… semanas… ¿Serán meses? Creo que tampoco tenés muchas certezas, genio incomprendido – le respondió el hombre de la NASA mirando a Voynich con una mueca burlona
  • Callate que a vos no te quiere ni el loro – le dijo el loro

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4 comentarios

  1. Que equilibrio perfecto entre datos reales y novela. Me encanta «Los Drépanos». Y sigo preocupado por POTUS. No es bueno estar a la intemperie en medio de un Huracán.

  2. Semana complicada. Recién hoy pude agarrar este capítulo. Una maravilla, Zambita! Espero al martes!

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