LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 12

JÓVENES POR EL UNIVERSO

La insólita entrevista que el Cheba había dado en la Televisión Canaria – donde juraba a los gritos que se acercaban extraterrestres a la Tierra – no dejaba de obtener reproducciones en YouTube. En menos de 24 horas había superado las 2 millones de visitas y la imagen de su rostro desquiciado se había convertido en un meme cómico que se utilizaba disparatadamente para responder a cualquier cosa.

En los comentarios del video se mezclaban negacionistas, conspiranoicos, esclarecidos, trolls, sensatos, asustados y un torbellino de curiosos que discutían sin parar acerca de la veracidad de los dichos. Semejante bola de nieve tocó el timbre de su casa natal en Vallecas a la mañana siguiente.

Un excéntrico grupo de jóvenes enérgicos y con buenos modales lo invitaba a la manifestación que estaban organizado en Puerta del Sol. El Cheba sonrió por dentro y fingió negarse por fuera. 

Los “Jóvenes por el Universo” que era como se hacían llamar, le explicaron que lo necesitaban sobre el escenario esa misma tarde para que contara su experiencia y de ese modo empezar a correr el velo de desinformación que según ellos desde siempre aquejaba a la humanidad.

Le contaron que estaban al tanto de una conspiración mundial que buscaba imponer el miedo en la población para poder dominarlos y quitarles la libertad, pero ahora, con la inminente llegada de los extraterrestres comprendieron que era por fin el momento de dejar las redes, de ganar la calle y de que todo el mundo supiera por fin la verdad.

  • ¿Qué verdad? – preguntó sinceramente el Cheba saliendo un poco del papel que había decidido encarnar
  • ¡Pues todo! ¡Todo esto que tú ya sabes y que nos quieren ocultar! El coronavirus, la tierra plana, las vacunas, los chips en el cuerpo, el 5g, los extraterrestres, las criptomonedas, los filconianos, la llegada a la Luna, el Black Friday, los Illuminati, el Estado controlador, los sindicatos, todo lo que tú ya sabes – respondió sin respirar un gigantón de cara blanca con ojos inyectados y remera estampada con una serpiente.

Era un montón. 

El Cheba los miró a la cara con lástima y se consoló pensando que en otros tiempos había tenido socios peores.

  • ¿Son amigos tuyos? – gritó preocupada la madre del Cheba asomándose por la ventana

Los Jóvenes por el Universo también esperaban la respuesta.

  • ¡Sí, mamá! – respondió mientras encendía un cigarrillo.

Mientras tanto en la isla San Salvador el general Harry Sanders creyó que sería el primero en levantarse ya que su reloj biológico lo despertaba siempre a las 5:30 de la mañana, sin embargo Keiko ya estaba horneando unos pastelitos y Voynich se encontraba tomando mate solo y haciendo algunas anotaciones. Al verlo lo saludó alzando el termo como invitándolo a compartir el desayuno y Harry le devolvió el saludo explicándolo con un gesto que iría hasta el baño y que luego se sentaría con él. El hombre fuerte del Pentágono caminó en la penumbra del búnker con mucho cuidado tratando de no pisar a nadie pero casi sobre el final del trayecto le pateó la cabeza al Cónsul quien gritó con desesperación porque estaba soñando con abejas y entonces la Canciller alemana saltó de la colchoneta como un resorte con el taco de billar en alto y se puso en posición de defensa:

  • Te voy a matar, hijo de puta – gritó mirando hacia todos lados con ferocidad.
  • No, no, doña, baje el arma que el gurí estaba soñando – le explicó Voynich con cierto acento uruguayo que le aparecía cuando tomaba mate
  • Este lugar es chico para soñar – respondió ella con razón

Acto seguido todos se despertaron y hubo ronda de café negro con pastelitos.

El primero en oír al helicóptero fue Galileo quien abrió mucho los ojos e inclinó la cabeza torciendo el cuello como si quisiera enfocar el oído hacia donde provenía el lejano sonido. Voynich lo miró y supo enseguida que algo estaba pasando. A los pocos segundos el motor del helicóptero ya fue audible para todos.

  • ¡Vienen a rescatarnos! – anunció el Cónsul emocionado mientras corría hacia la salida
  • Hay que ver si bajó el agua antes de abrir la compuerta del búnker – le aclaró Sanders observando el techo con cuidado.

Voynich caminó hasta la escalera, subió algunos peldaños y apoyó el oído contra el metal. Todos hicieron silencio. Mut se sonrió.

  • Se fue el agua, ya podemos abrir… – dijo con su voz profunda – pero les aseguro que seríamos más felices acá – sentenció mientras abría la puerta y la luz del sol entraba en el refugio como un puñal de realidad que los dejó ciegos.

El ruido del helicóptero era ensordecedor porque se encontraba volando en círculos exactamente sobre la mansión.

  • Es un Sikorsky HH-60A de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos – acertó el General Sanders con sólo escuchar el motor – puede llevarnos a todos.

El primero en asomar la cabeza fue Voynich y pudo contemplar cómo el interior de su mansión había sido arrasada por el huracán pero mantenía las paredes y el techo en perfecto estado debido a la fortaleza de su construcción. Detrás de él salieron los demás. El panorama era desolador. La marca de hasta dónde había llegado el agua se observaba perfectamente clara en las paredes y en los muebles tirados como si fuera una cicatriz en la memoria.

Los tripulantes del helicóptero al verlos salir aterrizaron sobre la calle frente a la mansión y de él descendió un expeditivo equipo de rescate que les preguntó inmediatamente si el Presidente de los Estados Unidos estaba con ellos. La decepción fue grande.

Los miembros del Comité respondieron que no y que suponían que había llegado al hotel con el otro grupo al separarse con el inicio del huracán. Las caras de preocupación del equipo que había descendido del helicóptero se convirtieron en caras de estupor.

El General Harry Sanders tomó la palabra y tras realizar la venia militar les explicó a sus camaradas que dentro del grupo había personalidades importantes de la política mundial bajo su cuidado y que habían soportado perfectamente los embates del huracán refugiados en un búnker especial. Además les confirmó que todos estaban bien alimentados, que no tenían heridos o bajas y que por lo tanto se encontraban en condiciones óptimas para ser rescatados con premura y discreción.

Los miembros de la tripulación le confesaron que el objetivo de la misión era encontrar al Presidente pero que obviamente los sacarían de ahí. De inmediato fueron subidos al helicóptero los miembros del Comité de Crisis para trasladarlos al continente. Por supuesto Voynich y las chicas dijeron que se quedarían en la mansión para iniciar la reconstrucción y que esperaban volver a verlos en pocas horas para terminar de planificar la respuesta de la humanidad ante la llegada de Los Drépanos tal cual habían acordado. Todos estuvieron de acuerdo y se despidieron con una fría cortesía.

Al pie del helicóptero Geraldine, que fue la última en subir, saludó a las chicas con los ojos llenos de lágrimas agradeciéndoles por el hospedaje y le dijo al oído a Voynich que le gustaría venir a visitarlos alguna vez y quedarse un tiempo largo con ellos. El científico le respondió que se sentiría muy halagado de recibirla y que para ella las puertas de su casa y de su corazón siempre estarían abiertas. La francesa entrecerró los ojos y lo besó tímidamente en los labios como si se hubiera quedado sin palabras.

Recién cuando la nave ya estaba a punto de despegar, Geraldine realizó la pregunta que faltaba para cerrar el círculo. O para abrirlo.

  • ¿Por qué respondiste mi llamado sin conocerme? 

Todos los demás pasajeros se asomaron a la escotilla para oír la respuesta en medio del ruido del motor.

  • Porque confirmé que mi teoría era verdad cuando dijiste tu número en el contestador.

La mujer repasó las cifras de su teléfono mentalmente y se quedó petrificada.

Voynich era una caja de sorpresas.

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