LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 18

ATENTO

La ONU se vio obligada repentinamente a acelerar los tiempos. Tras un frenético ida y vuelta de mensajes, llamados y videoconferencias con los expertos que monitoreaban el espacio exterior decidieron convocar a la primera Asamblea Mundial para tratar un posible contacto extraterrestre porque concluyeron que solamente faltaban tres días para el arribo de la flota alienígena y debían tomar decisiones.

Se cursaron las invitaciones, se organizaron los vuelos de los 194 mandatarios hasta la sede de la ONU en Nueva York, y tal como había sido acordado, se invitó a Voynich para el merecido desagravio tras haber sido expulsado de la comunidad científica y al mismo tiempo solicitarle que explicara a todo el mundo la situación que se avecinaba según sus años de estudio en la materia. La Asamblea, obviamente, sería retransmitida en vivo y en directo para todo el planeta.

Jamás una reunión de la ONU tuvo tanto interés. Cinco horas antes los televisores ya estaban sintonizando la señal oficial que mostraba el logo de la ONU con una heroica música de fondo que parecía ser el himno de la institución o la banda de sonido habitual de cada Asamblea. La agradable melodía, que inflaba el pecho de emoción al oírla, se volvía irritante a la quinta vez que comenzaba de nuevo. A lo último parecía la marcha fúnebre de la humanidad. Casi todos optaron por poner el televisor en mute.

Para Voynich era una de las jornadas más importantes de su vida. Jamás hubiera imaginado que el destino le guardaría un lugar tan preponderante después de haberlo maltratado tanto. “Cuando se alinean los planetas” había dejado de ser una frase común y corriente para convertirse en algo más que una metáfora. Dicen que el tren pasa una sola vez por delante de cada uno. Algunos se suben, otros lo dejan pasar y muchos aprovechan para tirarse a las vías. Pero no es cierto. El tren pasa en muchas oportunidades, a veces en forma de tren, a veces en forma de nave extraterrestre. Sólo hay que estar atento. Muy atento. Y Voynich siempre estaba atento. Es como un juego. Como respirar. Es un modo de vivir, no lleva esfuerzo. Se aprende, se ensaya, se pone en práctica y jamás se deja de hacer. Se puede estar en una orgía sideral con cuatro bellas mujeres bajo las estrellas en una paradisíaca playa del Caribe y estar atento.

Se puede estar preso por tiempo indefinido en la oscuridad de una catacumba húmeda y estar atento. Se puede estar soñando borracho y estar atento.

En los aserraderos hay mucho peligro. Entran por día cientos y cientos de troncos enormes que son diseccionados con gigantescas maquinarias con sierras dentadas que giran a velocidades infernales y que cortan la madera como también a cualquier otra cosa que le pongan entre sus dientes. Un accidente laboral en esos lugares equivale a perder un brazo y tratar de ser trasladado con algo de sangre hasta un centro asistencial. Cada 6 meses algún empleado pierde un miembro en un descuido y una vez cada dos años alguien directamente muere desangrado y gritando en su puesto laboral.

Cualquiera podría creer que los operarios nuevos son los que suelen sufrir esos accidentes, sin embargo no. Los que más mueren o se mutilan son los empleados viejos. Los que se confían. Los que creyeron que habían aprendido a estar atentos, pero simplemente habían aprendido el oficio.

La reconstrucción de la mansión arrasada por el huracán Lisa iba a buena velocidad. Las chicas aprovecharon el desastre acontecido para redecorar la casa con un estilo minimalista postmoderno vintage ideado por las cuatro que incluía las paredes pintadas de blanco absoluto con muebles de aleación y madera navegante entre electrodomésticos de próxima generación y cuadros digitales.

Voynich se encargó de otros detalles menos estéticos como el de colocar vidrios blindados y una conexión de Internet subacuática por la que tuvo que conseguir un permiso internacional. Galileo supervisó las obras con mucho interés y pidió un espejo alto para verse volando.

La invitación que les llegó para la Asamblea urgente de la ONU incluía pasajes, estadía y pases para dos personas por lo tanto Voynich les preguntó a las chicas quién lo quería acompañar y entre todas decidieron que la mejor opción, dada estas circunstancias, era Mut. Con mucha razón sostenían que todo el mundo estaría con los ojos encima de él y por lo tanto la única forma de quitarle un poco de presión era directamente encandilarlos. Además iba ser muy divertido de ver cómo reaccionarían todos al verla. Tenían razón.

Durante las siguientes horas armaron las valijas y tanto Mut como Wilfrid fueron llevados hasta el aeropuerto en la Hummer amarilla por la sueca Alexandra que era la que mejor manejaba de todos en la mansión porque lo hacía desde los 5 años pero a la que ya le habían quitado el registro varias veces por conducir drogada. Como en esos momentos la isla estaba en plena reconstrucción por la catástrofe no había controles de tránsito y entonces la dejaron manejar. Lo hizo a 200 km por hora y fumando marihuana.

El vuelo desde San Salvador hasta Nueva York lo realizaba una aerolínea privada y hubo algunos minutos de demora porque el piloto sufrió una pequeña descompensación cuando la vio subir a Mut quien pese a vestir un discreto jean Oxford, una blusa blanca, un tapado largo de verano, enormes lentes negros y pañuelo en el cabello atado, estaba lejos de pasar desapercibida y alteraba aún más a los que le prestaban atención. No se puede disimular un terremoto.

Finalmente el copiloto estuvo en los controles y arribaron a la Gran Manzana en la hora estimada. Del aeropuerto al hotel. Era una fría noche lluviosa en la costa Este de los Estados Unidos y a la mañana siguiente debían estar en la sede de la ONU muy temprano por lo tanto cenaron a las 19 hs y luego Voynich bajó a emborracharse en el buffet del hotel mientras que Mut se fue a sacar fotos de la ciudad – y del cielo – desde la altísima terraza frente al Central Park.

Había unos pocos huéspedes tomando copas en la barra junto al barman y Voynich tardó poco en presentarse y anunciarles que al día siguiente le explicaría al mundo entero lo que estaba pasando con la llegada de los Drépanos. Al principio no le creyeron porque en esos días era muy habitual que todos tuvieran algún tipo de opinión o información calificada sobre las naves, pero el científico aprovechó esa mínima audiencia de 5 o 6 personas para ensayar todo lo que diría al día siguiente y al cabo de unos pocos minutos los mantenía hipnotizados con lo que decía.

Fue una disertación extraordinaria, estuvo tres horas hablando y minuto a minuto los iba dejando consternados mientras les daba detalles, les explicaba la teoría de los 25 años y tomaba una copa tras otra. Cuando a la 1 de la mañana bajó Mut a buscarlo ya estaban todos tan compenetrados con lo que les contaba Voynich que al ver a la bellísima chica egipcia no tuvieron dudas de que no era de este mundo.

Se despidió de sus público cantando “A mi manera”. Con la letra cambiada.

A la mañana siguiente los pasaron a buscar a las 8 de la mañana. Una hora antes Mut lo sacó de la cama, lo arrastró hasta el baño y lo duchó con agua helada mientras calentaba café. El científico parecía borracho, pero no, estaba asustado. Había tenido un sueño que no se animaba a contarle.

No hay nada más aburrido que escuchar el sueño de otro. La gente cree que la locura y la mezcla que haya podido aparecer en el sueño que acaba de tener es interesante. Pero no. Todos tenemos sueños y por lo tanto conocemos el mecanismo. No es ningún mérito soñar raro, por más que tu tía Chola tenga alas de dragón y entre volando a la perfumería que atiende Cristo para comprar una cubierta de camión.

Por eso Voynich no solía contar sus sueños, ni tampoco era capaz de mostrarse demasiado interesado en los de los demás. Fingía un poco de sorpresa al principio del relato pero a los 10 segundos estaba pensando en otra cosa.

Mut lo conocía bien y preocupada lo dejó tomando café con la mirada perdida en la ventana del hotel mientras ella se cambiaba, se maquillaba y le avisaba por teléfono a las chicas el estado en el que se encontraba el científico. Todas entendieron inmediatamente que era una muy mala señal.

A las 8 menos un minuto sonó el teléfono de la habitación para avisarles que los estaban esperando en el lobby del hotel. Lo que hasta la noche anterior era la previa de la jornada más importante de su vida, ahora se había convertido en una pesadilla para Voynich. Con mucho esfuerzo se puso el traje que tenía preparado pero le quedaba mal, le quedaba grande, torcido y arrugado.

Era su talle y estaba planchado, pero la ropa sabe.

Mut, que casi siempre estaba semi desnuda en la isla, se había preparado como si fuera a asistir a una fiesta de gala con el look que le recomendaron las chicas. Era imponente y estaba más deslumbrante que nunca. Llevaba un vestido largo y negro con tajo en un costado y espalda descubierta. Su indomable cabellera parecía haber explotado en rulos perfectos y los tacos altos la hacían aún más enorme. Cualquier mínimo detalle al servicio de su belleza era demasiado peligroso y por eso casi nunca se maquillaba, ni se producía. Cuando pasó delante del espejo por la curiosidad que sintió al vestirse tan diferente, se miró por unos segundos y comprendió avergonzada lo que sentían los demás al verla.

  • Quedémonos acá – le dijo Voynich para hacerla volver en sí cuando la vio inmóvil delante del espejo

Ella no respondió, cerró los ojos, respiró hondo, caminó hasta él, lo tomó de la mano y lo llevó hasta el ascensor.

Cuando faltaba apenas un piso para llegar a la planta le preguntó en un susurro qué era lo que había soñado. Voynich la miró a los ojos como si ya no lo pudiera afectar la hermosura ni el horror y respondió en un hilo de voz:

  • Que no son los Drépanos los que vienen.

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2 comentarios

  1. Todo interprete ha cantando «a mi manera» con la letra cambiada, la única que vale es la griega original, que, traducido es, «como de costumbre». Ante cualquier duda, consultenle a Zamba con llamados, preferentemente a partir de las 3a.m., con cariño, un amigo del autor, gracias por otro interesante capítulo.