LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 29

EL PALACIO DE LA MEMORIA

Una sombra entre las sombras se escondió detrás de un árbol a esperar.

El último rayo de sol le daba paso al neón amarillo en aquellas desiertas calles patagónicas plagadas de negocios cerrados, veredas vacías y relojes clavados en la soledad de un anochecer helado.

Ya no quedaba casi nadie caminando por ningún lado y apenas se observaban pocos autos cruzando apresurados como fantasmas perdiéndose en el horizonte montañoso para cenar en familia.

Unos minutos más tarde, tras comprobar que nadie la veía, la sombra se desplazó velozmente hasta la superficie de una pared oscura y se quedó quieta como si se quisiera familiarizar con la penumbra.

Daba la sensación de que no estaba acostumbrada a pasar inadvertida.

Al mismo tiempo Loreley bajaba la persiana de su local en San Martín de los Andes. A esa altura del día ya no esperaba a ningún cliente habitual, ni a ningún turista aburrido. Volvió luego sobre sus pasos para contar el dinero en la caja y quedó de espaldas a la puerta de entrada. En ese preciso instante oyó el picaporte y giró sin desconfianza encontrándose de frente con la sombra, la sombra que menos esperaba ver en ese lugar y en ese momento. Sorprendida se llevó ambas manos a la boca para no gritar, luego avanzó algunos pasos y le dio un abrazo tan fuerte que el apretón se pareció más a un escudo de protección que a una muestra de afecto. De inmediato trabó la puerta y apagó la luz del negocio. Los dos se quedaron en la oscuridad y se sentaron en el suelo del local frente a frente como cuando eran niños.

  • ¿Qué hacés acá? – preguntó ella en un susurro como si fuera un cariñoso reproche resignado – te están buscando por todos lados… vinieron unos tipos ayer preguntando por vos y también fueron a casa…
  • Sí, sí, ya me lo imaginaba – respondió Voynich con serenidad – pero de todos modos no me costaba nada venir hasta acá para comprobarlo, no podía llamarte y necesitaba salir del radar de los sabuesos así que tuve que improvisar.
  • Me imagino… te vimos en la ONU – le dijo Loreley tomándolo de las manos y frotándoselas como si quisiera quitarle el frío – ¿Cómo te vas a pelear con el Presidente de Estados Unidos?
  • Es que no encontré a nadie más tonto – contestó él con una carcajada que también contagió a su hermana pero enseguida bajaron de volumen las risas mirando preocupados hacia la ventana que daba a la calle
  • No te podés quedar acá. ¿Lo sabés no?
  • Si, ya lo sé, ahora lo sé. Tomá… les traje esto a tus gigantes, deben estar cada vez más grandes – dijo entregándole una bolsa con chocolates y un libro de astronomía que les había comprado en el freeshop del aeropuerto de Nueva York a sus sobrinos – ¿Cómo andan?
  • ¿Ellos? Bien, muy bien – respondió Loreley tomando el regalo – Frida fue la que más asustada estuvo estos días con lo de las naves espaciales pero los hermanos le decían que vos nos ibas a cuidar de los marcianos.

Voynich sonrió con orgullo pero respondió con tristeza.

  • Ojalá pudiera…

Recién entonces Loreley se preocupó de verdad. Jamás había visto a su hermano resignado ante nada.

  • Pero las naves se fueron… – afirmó la mujer con más miedo que certeza – Ya terminó todo ¿No?

Voynich no alcanzó a responderle porque en ese momento la sirena de un patrullero comenzó a escucharse cada vez más fuerte. Los hermanos hicieron silencio y se agacharon un poco más quedándose totalmente quietos hasta que el automóvil pasó por delante del local iluminando todo con su azul de manicomio y siguió de largo.

  • Esperame acá – le dijo ella y se puso de pie – ahora vuelvo.

Voynich le hizo caso.

Loreley tomó su campera, salió del local, cerró con llave como si estuviera sola un día cualquiera y se subió a su camioneta como cada anochecer. Sin embargo, esta vez el trayecto sería diferente porque en lugar de dirigirse a su casa, manejó hasta el restaurante de Oscar, su marido.

Regresó a los cuarenta minutos. Traía comida, un llavero con dos llaves y una pequeña guía.

  • Tomá – le dijo – son las llaves de un departamento en Buenos Aires en el que no vive nadie. Es de un amigo de Oscar que lo usaba para sus aventuras amorosas clandestinas antes de mudarse a Barcelona. Ahora Osky se lo ventila cada vez que viaja a visitar a mis suegros, le sacude un poco la tierra, le junta las facturas que llegan y yo espero que no lo use como lo usaba su amigo – advirtió con una sonrisa – Es un monoambiente muy chiquito, pero vas a estar bien, tiene apenas una cama y una mesa pero nadie jamás te va a buscar ahí.

A Voynich le pareció un buen plan, tomó el llavero y lo guardó en un bolsillo.

  • Bueno, espero no tener que usarlo demasiado tiempo – reflexionó con dudas – ¿Dónde queda?
  • Casi en el centro, cerca del obelisco – respondió ella sabiendo que su hermano casi no conocía Buenos Aires – memorizá la dirección así no tenés que anotarla en ningún papelito que puedas perder: Uruguay 782, 1 “B”.
  • U ru guay – repitió Voynich con los ojos cerrados, en voz baja y separando en sílabas como si quisiera pegarlo a su memoria – 7 8 2 1 B … OK.

El científico siempre había tenido una facilidad natural para almacenar información pero además en los últimos años había practicado mucho la técnica del Palacio de la Memoria utilizando su mansión en la isla como referencia; por eso fue que le causó gracia la ironía de empezar de nuevo y tener que memorizar un solo dato con un solo ambiente.

  • Gracias, Lorie
  • De nada, mi amor; es hermoso volver a verte, pero más hermoso es poder ayudarte. Así que ahora comé algo porque en un par de horas te voy a llevar hasta cerca del parador de la ruta para que te vayas de San Martín lo antes posible con cualquier camionero. Están acostumbrados a trasladar maestros, policías y mochileros, nadie hace muchas preguntas, decí que sos profesor y listo. Los levantan siempre en ese punto donde ellos paran a cenar y a descansar así que no vas a tener problema en conseguir alguno. Sólo asegurate de que vaya a Capital así no tenés que bajarte antes y hacer dedo en la ruta o subirte a algún transporte público. Seguramente te van a dejar en las afueras de Buenos Aires, ahí sí vas a tener que tomarte un colectivo, pero allá entre diez millones de personas, vas a ser invisible.
  • Ya soy invisible
  • No, mi vida, yo te estoy viendo – le respondió la mujer pellizcándole los cachetes – tomá esta guía que te va a servir mucho para manejarte allá. Acordate que todas las ciudades del mundo son iguales – le dijo mientras le entregaba un viejo librito con las calles y los medios de transporte – lo único que cambia es lo que no importa.

Loreley por momentos tenía los mismos modos que su hermano a la hora de planificar o explicar algo. Cuando se enfocaba mentalmente era certera como una flecha y daba la sensación de que había pensando en todas las variables y los detalles. Tanto ella como Wilfrid a ese don le llamaban “improvisar” pero en realidad lo habían estado moldeando en su cabeza durante muchos años, utilizando diferentes escenarios hipotéticos en las largas noches de insomnio. La realidad acababa siendo, en algún momento de la vida, cualquiera de las tantas hipótesis ya resueltas bajo las sábanas en lugar de contar ovejas. Eso lo habían heredado de su madre quien internamente siempre supo que su hija era igual de inteligente que su hermano prodigio, pero más peligrosa.

Un par de horas después Loreley lo acercó al parador y lo dejó a pocas cuadras para que nadie la viera. Se despidieron entre lágrimas y a las 4 de la mañana Voynich ya estaba arriba de un camión a 80 km por hora en la oscuridad más profunda de la asombrosa ruta 40, cebándole mate a un desconocido que manejaba con los codos apoyado en el volante. Iba a ser un viaje largo.

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3 comentarios

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  1. U ru gu ay 7 8 2 1 B, si esas paredes hablaran!!. Hasta el autor sería buscado x la interpol, aunque nunca se escondería. Provecho y, a viajar. Levante la mano quien tenga una Lorelay en su vida, 🙋🏼‍♂️, aguanten las hermanas super gambas!!

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