LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 3

MATAR AL MENSAJERO

La profunda y alegre voz de Voynich se oyó tras unos pocos segundos de repetirse el tono de llamado.

  • ¡Hola! Usted se ha comunicado con el contestador automático del profesor Voynich, por favor deje su mensaje después de la señal y un número de teléfono para poder responder a la brevedad, muchas gracias.

La inmediata decepción de todos los integrantes del Comité al darse cuenta de que era un mensaje grabado se tradujo casi de manera automática en un renovado fastidio contra Voynich, sin embargo la mujer respondió sin titubear.

  • Hola, mi nombre es Geraldine Laurent, soy la secretaria del Ministro de Defensa de Francia y me comunico con usted para hacerle saber una información absolutamente confidencial que ojalá le interese tanto como a nosotros para así poder contar con sus valiosos aportes y conocimientos. La situación es la siguiente: Los telescopios espaciales han advertido la presencia de miles de naves extraterrestres que se aproximan a nuestro planeta a la velocidad de la luz y no sabemos qué hacer, Le dejo mi número personal para que se comunique conmigo lo antes posible: +33122477297. Muchas gracias de antemano y espero su llamado a la brevedad porque se trata de una situación límite para la seguridad mundial.

Tras decir eso cortó la comunicación mirando a todos con la tranquilidad y la seguridad de aquellas mujeres acostumbradas a que les respondan rápidamente cualquier mensaje.

  • No va a llamar – sentenció con suficiencia el hombre de la NASA acariciándose la barbilla
  • Es que le gusta hacerse el misterioso, siempre fue igual, lo molería a golpes – dijo el ruso golpeando su puño contra la palma de su mano y se notó que le dolió 
  • Va a llamar – los tranquilizó Geraldine – siempre llaman…
  • Bueno, mientras esperamos yo propongo un brindis para celebrar que estamos todos juntos sin diferencias políticas buscando una solución para un problema que tenemos en común – exclamó el Cónsul mientras destapaba con elegancia una botella de champagne pero no lograba evitar bañarse con la espuma que no dejaba de salir pese a sus apurados y torpes movimientos
  • No podés ser tan pelotudo – le dijo la Canciller alemana negando con la cabeza
  • Te la batieron, Cónsul – concluyó el chino – me voy a cenar.
  • ¿Es champagne? – preguntó preocupado el presidente de EEUU
  • Si, si – respondió el Cónsul distraído tratando de secarse con un pañuelo de seda
  • A mí me pasó lo mismo con leche esta mañana – continuó el presidente de EEUU – no es para nada grave, se manda la prenda a la tintorería y te la entregan a las 24 hs tan limpia y planchada que te dan ganas de volver a ponértela enseguida
  • Yo prefiero tirarla – comentó el agregado cultural de Israel – siempre hay alguien que la necesita aunque esté manchada

El general Sanders tosió fuerte varias veces en el micrófono para lograr un poco de atención y tomó la palabra.

  • El reloj no para de correr y las naves continúan acercándose, lamentablemente deberíamos pasar al Plan C 

Todos hicieron silencio y se miraron sin saber cuál era el plan C

  • ¿C de casa? – quiso confirmar el presidente de EEUU
  • C de “cagamos fuego” – le respondió el ruso estallando en una carcajada ante la incómoda mirada de los demás – perdón, es que estoy nervioso y un poco borracho – se disculpó mientras controlaba la risa con esfuerzo.
  • El plan C es evacuar – aclaró con pesar el General Sanders
  • ¿Evacuar? – se alarmó la Canciller alemana – ¿Cómo carajo vamos a evacuar a toda la población mundial?
  • Bueno… a toda no – le respondió el israelí  – por lo menos a la de los países más importantes
  • ¿No hay plan D? – preguntó ilusionado el presidente de EEUU

El general Sanders elevó la mirada al cielo y contestó con solemnidad

  • Si, señor, encomendarnos a dios 
  • No, no, en serio – dijo el ruso – ¿No hay plan D? 

Justo en ese momento sonó el celular privado de la secretaria del Ministro de Defensa de Francia y velozmente la mujer tomó el aparato en sus manos para leer en voz alta con una sonrisa triunfal:

  • “Número desconocido”… es él – y atendió con tono sexy

Los demás se quedaron mirando y escuchando sólo la voz de ella porque el celular de Geraldine no estaba conectado a los altavoces de nadie. Por lo tanto mientras Voynich del otro lado de la línea no paraba de hablar, los demás sólo la escuchaban a ella asentir con resignación, negar con énfasis, explicar con frases cortas lo poco que sabían de las naves que se acercaban, reír nerviosamente, ponerse seria, coquetear, mirarlos con cara de horror, luego mirarlos con cara de sorpresa, luego mirarlos con una expresión divertida, luego aceptar en reiteradas oportunidades, luego intentar interrumpir inútilmente y finalmente despedirse diciendo que lo iba a consultar con los demás y que lo llamaría para contarle la decisión tomada.

  • ¿Quién era? – preguntó antes que los demás el Presidente de EEUU
  • Voynich – respondió ella
  • Maldito hijo de perra – murmuró el ruso
  • Bueno, vamos al grano ¿Qué dijo? – apuró el Director de la NASA

Geraldine arqueó la cejas, se respaldó en su asiento y encendió un cigarrillo antes de comenzar a hablar. El Cónsul tosió como si le molestara el humo a través de la pantalla.

  • ¡Dale pendeja! – exclamó nerviosa la Canciller alemana golpeando con las uñas varias veces al vidrio de la cámara
  • Ok – dijo la secretaria del Ministro de Seguridad de Francia y se incorporó en el asiento – Voynich dice que sospecha quiénes son los extraterrestres que se acercan a la Tierra y que en ese caso sabría lo que hay que hacer pero no lo puede decir en una comunicación telefónica porque es información sumamente delicada y solamente la puede exponer en un ámbito absolutamente privado y confidencial por lo tanto los invita sin rencores a que celebren una reunión secreta donde él se encuentra para informarles punto por punto absolutamente todo lo que está sucediendo y cuál es el único camino a seguir.
  • ¿Sin rencores? – preguntó sorprendido el ruso
  • Si – contestó ella – Voynich dice que está en otra etapa de su vida, que sólo los mediocres se quedan atrapados en el pasado y que nada de lo sucedido con ustedes está a la altura de lo que está por ocurrir en nuestro planeta
  • ¿Te habló bien de mí? – preguntó curioso el Cónsul
  • No, no me habló bien ni mal de ninguno de ustedes. Lo noté tan entusiasmado como preocupado con estas noticias, me confesó además que es la gran oportunidad que siempre estuvo esperando para poder confirmar todo lo que estudió y entendió sobre la vida extraterrestre.
  • Y sí… – reconoció el General Sanders con hidalguía – sabe mucho, eso no se lo puede negar ni el más obtuso de sus tantos enemigos
  • Es verdad, por algo Voynich es Voynich y los demás somos los demás – concluyó el ruso desolado
  • Me parece una hermosa señal que quiera colaborar, tenemos que organizar ya mismo esa reunión – propuso el hombre de la NASA
  • Claro que sí – se entusiasmó el Cónsul – yo me encargo de coordinar la logística protocolar de todos para que esta reunión sea absolutamente secreta y nadie en el mundo sepa que estaremos ahí
  • Muy bien, entonces ya mismo organizo los vuelos, las estadías y la seguridad de todos los integrantes de este Comité para ir ganando tiempo – dijo el General Sanders – ¿Dónde está Voynich? 
  • Bueno… acá está el punto controversial – respondió Geraldine con mucha prudencia – Voynich vive en la Isla San Salvador de las Bahamas en el Caribe
  • ¡Muy bien! ¡Hermoso lugar! Si nos movemos pronto podemos estar todos ahí en 15 horas – concluyó el Cónsul y se puso a revisar un enorme cuaderno anillado repleto de datos.
  • El problema es que vive en una playa nudista – soltó la mujer para terminar con el misterio de su cara de preocupación – Voynich dice que sólo se reunirá con ustedes en su playa nudista y que todos deberán ir sin ropa
  • ¡¿Quéeee?! – exclamaron todos a la vez
  • ¡Ya me parecía que había una trampa! ¡Es un hijo de mil putas! ¡Yo no voy a ir en pelotas! ¡Yo no voy a ir en pelotas! – gritó la Canciller alemana sacudiendo la pantalla con las dos manos
  • ¡Se los dije! ¡Se los dije! – dijo el hombre de la NASA que nunca había dicho eso

Nadie salía del estupor y la posible reunión con Voynich parecía estar destinada al fracaso desde el primer momento.

  • Pasemos directamente al Plan E y olvidémonos de él – propuso el General Sanders 
  • No, no – lo interrumpió el Presidente de EEUU – yo puedo ir a reunirme con Voynich en traje de baño y medias 
  • No, no, señor – lo corrigió la bella secretaria francesa – lamento contradecirlo pero Voynich fue muy, muy, muy específico con esta condición: Todos desnudos o nada
  • ¡Nada! – gritó nervioso el agregado cultural de Israel con su voz finita- y cuando las naves se acerquen a nuestro planeta les tiramos con todo el arsenal nuclear que tenemos y no les van a quedar ganas de venir a molestarnos nunca más.
  • Claro – le respondió irónicamente el General Sanders – y de paso matamos a toda humanidad con semejante cantidad de explosiones atómicas, un super plan el suyo.
  • Ña ña ña – le contestó el israelí frunciendo la nariz
  • ¿A quién le decís ña ña ña, petizo? – le preguntó con su voz de trueno el General acercando su amenazante cara deforme a la cámara mientras el agregado cultural de Israel instintivamente se echaba hacia atrás
  • Tendríamos que haber matado a Voynich mientras pudimos – reflexionó el ruso con pesar en su propio laberinto
  • ¿Y si voy sin medias?
  • Tiene que ser totalmente sin ropa – le contestó Geraldine y el presidente de EEUU se puso colorado

La discusión parecía estancada definitivamente y no se vislumbraba una salida hasta que de pronto algo ocurrió.

  • Bueno, no hay problema, yo voy – dijo el chino que en algún momento había vuelto de cenar sin hacer ruido – yo no tengo inconvenientes en asistir desnudo a una reunión para salvar a la humanidad, además suelo tomar mis vacaciones en playas nudistas y no tengo complejos con mi cuerpo al natural.

Los demás se miraron y a nadie le costó imaginarlo en esa situación. A partir de ese momento China tomaba la delantera política en la defensa mundial y los otros integrantes del Comité estaban acorralados

  • Ok – se sumó el Cónsul – yo tampoco tendría problemas en ir desnudo si vamos todos
  • ¡Pero la concha de tu hermana, Consul! Me extraña de vos – le recriminó la Canciller alemana sabiendo que la balanza comenzaba a inclinarse en favor de Voynich
  • Yo también voy desnudo – confirmó el ruso y se empezó a sacar la ropa
  • Todavía no – lo detuvo la secretaria del Ministro de Defensa de Francia – esperemos a llegar a la isla y a que todos estemos de acuerdo.
  • ¿Vos también vas a ir desnuda, Geraldine? – le preguntó repentinamente muy interesado el agregado cultural de Israel
  • Por supuesto – contestó sin dudar la mujer
  • Entonces yo también – aseguró el hombre
  • ¿Seguros que no quieren escuchar el Plan E? – intentó persuadirlos por última vez el General Sanders
  • Ya es tarde para el abecedario – le respondió el hombre de la NASA con tristeza dando a entender que él también se sumaba a la reunión nudista
  • Ok, entonces sólo faltan confirmar ustedes dos – dijo el Cónsul refiriéndose al presidente de EEUU y a la Canciller alemana
  • Lo tendré que consultar con mi esposa – reconoció con un hilo de voz el primer mandatario estadounidense y salió de cámara
  • Pero que pollerudo de mierda – reflexionó en voz alta la Canciller y luego de tomarse unos segundos para pensar dijo en voz alta con un tono tan firme que daba cierto temor – esta reunión será posiblemente la reunión más importante y secreta de la historia de la humanidad por eso Alemania no puede faltar, sólo exijo respeto, responsabilidad y la mayor discreción posible ante este panorama tan complejo como inusual. En este mismo instante me hago cargo de aquel antiguo adagio germánico que dice: Si la mierda viene torcida, hay que agarrarla con la boca – y escupió en el suelo.

Todos aplaudieron y luego se quedaron unos segundos en silencio tratando de no arruinar el momento emotivo de la Canciller. Finalmente se comprometieron con una mano en el corazón a mantener en absoluto hermetismo por el resto de sus vidas el carácter y las condiciones de esa reunión con Voynich.

Pocos instantes después regresó a la pantalla el Presidente de EEUU

  • Dice mi mujer que no, lo lamento.
  • Me importa un carajo lo que diga la pelotuda de tu mujer, vos venís en bolas con nosotros y se acabó la discusión – le gritó la cancillera alemana
  • Ok – dijo él.

Al mismo tiempo que los integrantes del Comité Urgente de Crisis aceptaban participar de la reunión secreta con Voynich en la isla nudista, el Cheba llegaba a su casa rompiendo los límites de velocidad y con la sensación del jugador que tiene una carta importante y le pesa demasiado en las manos.
Ya desde lejos observó con estupor que no solamente lo estaban esperando en la vereda su mujer, sus hijos, su suegra y otros parientes, sino también una gran cantidad de vecinos, desconocidos y curiosos que alertados por el rumor que corrió de boca en boca parecían desesperados por conocer la noticia que él traía. 
Apenas estacionó la camioneta todos se le abalanzaron y empezaron a preguntarle muchas cosas a la vez. Él intentó alejarlos y calmarlos antes de empezar a hablar, sin embargo sus propios nervios lo traicionaban y acabó por abrazarlos y besarlos a todos como si fuese un reencuentro emotivo de post guerra. Minutos después decidió treparse al techo de la furgoneta entre los manotazos de esa pequeña muchedumbre zombie y recién una vez que estuvo bien en alto, utilizando la mayor calma que podía mostrar, les dijo en un sólo grito que acabó por alertar también a otros vecinos:

  • Me he enterado en el observatorio donde trabajo que nos están por atacar los marcianos – al oír esas palabras el murmullo de todos se transformó en un alarido general que derivó en empujones y llantos – por favor, por favor señores, no le digan nada a nadie ya que todavía es una noticia muy secreta. Simplemente antes del amanecer empaquen lo que puedan, carguen a sus familias en sus coches y busquen un lugar seguro porque nos vienen a matar a todos.

La suegra furiosa le tiró con la dentadura postiza y le pegó en la frente.

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