LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 32

FELICES PARA SIEMPRE LEJOS DEL CAOS

Los postes pasaban parados. Las luces largas del camión iban descubriendo el mapa como en un juego de pantalla pero el paisaje que aparecía era igual al que dejaban. Voynich manejaba muy rápido por el medio de aquella ruta salvaje. Pereyra tenía los ojos cerrados y de vez en cuando emitía algún quejido, pero ya no lloraba. En cierto tramo del viaje dijo que sentía que se iba a morir y amagó con entregarse al sueño pero Wilfrid tocó la bocina y lo sobresaltó. Enseguida le recordó que después de un golpe en la cabeza no era conveniente dormirse porque podía ser muy peligroso y entonces el camionero se enderezó en el asiento y con un gesto de dolor trató de concentrarse en el asfalto para no caer rendido. Al cabo de media hora le indicó que abandonara la ruta principal y que tomara otra todavía más inhóspita que había aparecido en una rotonda. Al cabo de recorrer varios kilómetros por esa nueva senda emergió por la derecha una arcada que anunciaba la entrada de un pueblo. “Es acá” dijo el camionero y entonces el científico aminoró la marcha e introdujo el vehículo en un angosto camino rural de tierra por el que esperaban encontrar una sala médica.

Eran más o menos las 5 de la mañana. A Voynich le llamó la atención que ese trayecto desolado debía ser más largo que el mismísimo pueblo al que conducía. Había conocido a mucha gente así. Personas que anunciaban demasiado lo poco que dirían. Se lo comentó al camionero pero Pereyra se había dormido. Decidió no despertarlo porque si lo volvía a sobresaltar lo iba a terminar matando de un ataque al corazón.

Las calles del pueblo estaban desiertas. Transitaban por la avenida principal donde se veían negocios cerrados entre casas bajas con jardín adelante y sin rejas. Se divisaban pocos coches viejos estacionados – seguramente sin llave –  e incluso alguna bicicleta inocentemente apoyada contra un árbol. Las farolas eran pocas y alumbraban mal. Sin embargo todo estaba bastante bien cuidado. Los cordones barridos, los canteros prolijos y los frentes de las edificaciones parecían recién pintadas. En las calles que cruzaban la avenida la situación era diferente. Las farolas de pronto desaparecían y apenas se alcanzaban a distinguir más casas que se iban esfumando en la penumbra como un degradé fantasma. Recién a las siete cuadras llegaron a la plaza principal en la que se erigía un monumento de alguien a caballo, juegos de niños y árboles bien podados. Frente a la plaza había una iglesia con campanas, un bar con las persianas bajas, un edificio gubernamental antiguo, una escuela con la bandera en la puerta, un banco provincial, un club con metegol en la vereda y una comisaría que parecía ser lo único abierto en todo el universo. Daba la sensación de que la vida social del pueblo pasaba estrictamente por la manzana de la plaza principal.

Voynich prefirió dar la vuelta a la manzana y continuar buscando un hospital en lugar de estacionar frente a la comisaría y preguntarle a algún oficial de guardia dónde podía atender a Pereyra. Quería evitar el contacto con la ley por más que sabía que era muy improbable que los agentes de un pueblito perdido imaginaran que a ese chofer que manejaba un camión de transporte por la Patagonia lo estaba buscando Interpol por estar involucrado en la desaparición del Presidente de EEUU. Además, como también se había quitado la barba y colocado anteojos sin aumento, era todavía más improbable que alguien lo reconociera aunque lo hubiese visto en la transmisión de la ONU desde Nueva York tres días antes. Primero y principal porque nadie en su sano juicio iba a suponer que se tratara de la misma persona. Pero bueno, cuando todo es absurdo es mejor no tentar a la suerte.

Finalmente, al cabo de varias vueltas más, encontró una especie de hospital. Lo reconoció porque había una vieja ambulancia arrumbada en la puerta. Detuvo el camión y entonces Pereyra se despertó sin entender nada. Wilfrid descendió del vehículo, dio la vuelta, abrió la puerta del acompañante y bajó al herido sin mucho esfuerzo gracias al excelente estado físico conseguido con los largos recorridos diarios en la isla y con los ejercicios de alto que realizaba junto a las chicas en el gimnasio descubierto de la mansión. Ya en la vereda le hizo cruzar a Pereyra el brazo sano sobre su hombro para cargarlo y así caminar de forma lenta hasta la entrada de la guardia. No había nadie. Solo un timbre. Voynich lo tocó y entró porque estaba abierto. Casi no se veía nada pero el olor a alcohol les confirmaba que estaban en un sitio relacionado con la salud. Miró hacia todos lados, dejó al camionero quejándose en un banco de lo que parecía ser una sala de espera y se perdió por los pasillos en penumbras. Mientras caminaba tratando de no generar demasiado ruido iba viendo habitaciones con camas vacías y otras con camas ocupadas pero con nadie despierto. En algunas se oía el intermitente tono que marcaba el pulso de algún corazón convaleciente y en otros apenas ronquido. El lugar era bastante más grande de lo que hubiera imaginado, incluso se topó con dos escaleras. Una que se dirigía a la planta alta y otra al subsuelo. Decidió subir. Sus pasos retumbaban en el eco de todo el edificio. Cuando alcanzó el primer piso la situación era similar pero un poco más iluminada. Los carteles en las puertas ahora se alcanzaban a leer con nitidez: “Sala de parto”, “Enfermería” “Limpieza”, etc. También entonces pudo distinguir el típico anuncio de la enfermera pidiendo silencio que de inmediato lo tentó a llamar a un médico en voz alta. Apenas pronunció la primera palabra sintió que estaba despertando a todo el mundo porque su voz estalló en esa quietud taciturna como un trueno demasiado ajeno al sitio. En menos de diez segundos una enorme enfermera con cara de dormida apareció entre las sombras encendiendo una luz tan fuerte que les quemó los ojos a ambos.

La mujer parecía no entender del todo la situación y sostenía una chata en la mano como si fuera a defenderse, se ve que agarró lo primero que tenía a mano. Wilfrid la tranquilizó señalándole el piso de abajo y diciéndole que traía a un herido. La enfermera lo miraba con dudas y no soltaba la chata así que lo hizo caminar delante de ella por las escaleras como si lo estuviera apuntando. Voynich avanzó con las manos en alto.

Al cabo de pocos segundos llegaron hasta donde estaba Pereyra desmayado y recién entonces la mujer soltó el arma y dejó de sospechar, enseguida llamó a una joven doctora que apareció también con cara de dormida y entre los tres subieron al camionero a una silla de ruedas para trasladarlo a una sala equipada para recibir heridos.

Afuera ya era casi de día.

  • ¿Qué le pasó? – preguntó la médica mientras le sacaban la camisa y le retiraban con cuidado las vendas improvisadas.
  • Se quemó los testículos y los brazos con el agua del mate, luego se cortó con los vidrios del termo roto y finalmente se pegó la cabeza contra el techo del camión – respondió Voynich sin dar más explicaciones.

La médica pareció despertarse de golpe, miró al científico fijamente a los ojos durante tres segundos (que parecieron mil) y dudando le pidió que esperara en el pasillo. Wilfrid hizo un gesto afirmativo con la cabeza y salió de la habitación. La enfermera le cerró la puerta en la cara.

Aburrido volvió a recorrer los pasillos del hospital en busca de una cama vacía para descansar un rato pero esta vez lo hizo con la ayuda de la luz del amanecer. Durante ese trayecto volvió a ver a los internados de la planta baja. Uno estaba enchufado a una máquina, otro dormía y otro parecía muerto. En ese preciso momento comenzó a sentirse por todas partes un exquisito aroma a café y a pan caliente. Era la hora del desayuno. Trató de guiarse con el olfato para ubicar la cafetería y se dio cuenta que provenía de la escalera que daba al subsuelo. Descendió peldaño a peldaño y llegó al bar. Eran apenas tres mesas, una barra y una anciana de espaldas llenando tazas con una enorme jarra de metal. Voynich tosió para hacerse notar y la anciana giró tranquila sobre si misma y le sonrió. Seguramente habrá creído que era pariente de alguno de los internados. Wilfrid la saludó con cortesía y se sentó en una de las mesas. Sin preguntarle qué quería, la anciana le llevó una taza con café junto a tres tostadas con manteca y mermelada. El científico consideró que era el desayuno más rico que había probado en su vida.

Diez minutos después llegó la doctora y directamente se sentó frente a él. A ella también la anciana le trajo lo mismo. La médica le explicó que ya habían cosido a su amigo, que le habían retirado los vidrios, limpiado las heridas, colocado pomadas en las quemaduras y también dado unos calmantes así que no tenía de qué preocuparse porque en un par de horas podrían continuar camino. Todo esto lo dijo mirándolo a los ojos y como si fuera un trámite recitado que estaba obligada a realizar pero que en realidad quería hablar de otra cosa.

  • ¿De qué te gustaría conversar? – le preguntó entonces Voynich leyéndole el pensamiento.

Ella se sorprendió por la pregunta y arqueó las cejas echando la cabeza hacia atrás

  • ¿Vos no sos de acá no? – le dijo como si no tuviera dudas
  • Nadie es de acá – respondió él con una elegante cortesía misteriosa.

Ella sonrió con los labios apretados y aceptó el juego.

Durante la siguiente hora ambos conversaron sobre el pueblo, sus habitantes, su rutina, el clima, el campo y la soledad. Nada de otro mundo. Incluso pidieron más café. Ella le contó que había llegado hasta ahí para realizar su residencia médica por dos años apenas se había recibido pero que ya llevaba casi cinco porque se había encariñado con el lugar o porque no tenía a donde volver. Él le mintió en todo sobre su vida y la joven, por supuesto, no le creyó nada. Todo el tiempo sobrevolaba en la conversación esa peligrosa mezcla de juego de seducción y solapado interrogatorio policial que ocurre siempre en las primeras citas.

Voynich quería saber más sobre lo que ocurría en la oscuridad del campo y ella quería saber algo más sobre la oscuridad del científico.

  • Claro que hemos tenido casos muy raros en este lugar – respondió ella casi ofendida cuando Wilfrid le dio a entender que en ese pueblo no podía pasar nada extraordinario solamente para que la doctora expusiera los casos más anormales que había visto –  lo más común que recibimos acá son pacientes de la zona que llegan por accidentes domésticos o laborales o crisis de abstinencia o abuso de sustancias o con los típicos problemas de salud de cualquier población. Pero también en época de cosecha recibimos muchos trabajadores golondrina que celebran su paga quedando en coma etílico y sin dinero para regresar a su provincia. Incluso si paseaste por los pasillos habrás visto a uno de ellos que lleva casi dos años sin despertar y nadie jamás lo reclamó, lo encontraron tirado en medio del campo y lo trajeron. Lo llamamos “el bello durmiente” porque insólitamente está perfecto de salud y sin ningún tipo de daño, pero no se despierta. Sin embargo – continuó la mujer – si tengo que contarte lo más extraño que viví estando acá fue algo que ocurrió no hace mucho cuando un paisano robusto ingresó solo y malherido en mitad de la noche diciendo que por fin había encontrado a una de las bestias terribles del monte y que se había peleado con ella. Sus heridas eran diferentes a todo lo que yo había visto con mi poca experiencia y además el pobre tenía esa mirada de los que vieron algo que no se animan a explicar.
  • ¿Y qué más te contó? – se entusiasmó Wilfrid
  • Nada más. Se murió a la media hora mirando asustado por la ventana y su familia decidió cremar el cuerpo ese mismo día sin velatorio.

La conversación fue interrumpida por la llegada de la enfermera que les anunció que Pereyra ya se encontraba listo para que le dieran el alta. Voynich y la doctora sintieron que les habían quedado demasiadas cosas por decir pero se pusieron de pie de inmediato y fueron a buscar al camionero en silencio.

Unos minutos después se despidieron con un abrazo extraño, con un beso ambiguo en la mejilla y con unas palmadas en la espalda que parecían no terminarse nunca. En cambio Pereyra y la enfermera se miraron con asco.

Cuando ya se estaban subiendo al camión la joven doctora salió apurada a la vereda para ponerse cara a cara con Voynich y hacerle una última pregunta en voz muy baja:

  • ¿Van a venir no?

El científico respiró profundo, la miró a los ojos con ternura, y supo en el fondo de su corazón que en otras circunstancias podría haberse enamorado locamente de esa mujer. Que podría haberse quedado a vivir con ella en ese pueblo perdido para tener hijos, formar una familia enorme y ser felices para siempre lejos del caos.

  • Si. – le contestó con pena.

Y se fueron.

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2 comentarios

  1. Cuantos pueblitos del «interior profundo» (eufemismo de moda) tenemos donde un médico, un maestro, un arquitecto… hacen patria desde el anonimato. Un brindis silencioso por ellos.