LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 34

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La imagen de Rulfo di Tomasso caía en picada. Las encuestas mostraban que la opinión pública no lo quería porque lo consideraba un trepador oportunista que no merecía el cargo que ostentaba. Para colmo la prensa le dedicaba día tras día artículos en su contra que refrescaban el pasado oscuro de su familia. Cada jornada aparecía en primera plana alguna denuncia inoportuna acompañada por testimonios de personas perjudicadas por su accionar mafioso. Sin embargo, por sobre todas las cosas, lo que más le reprochaban los ciudadanos era que no había podido encontrar el cuerpo del querido ex presidente Marvin J Bronson para darle una sepultura con todos los honores como se merecía. Es que Marvin siempre se había comportado como un caballero honesto y de inquebrantables ideales al que quizás podían culpar por los achaques y despistes de la vejez, pero jamás por no representar los valores, el heroísmo y la valentía a la que aspiraba cada habitante de la nación.

Rulfo sin lugar a dudas encarnaba todo lo contrario y necesitaba un contundente golpe de efecto para dar vuelta la situación o para ganar tiempo hasta detener al único sospechoso al que había acusado en forma pública de estar involucrado en el hecho: El científico prodigio Wilfrid Voynich.

Los insípidos informes de Interpol que recibía cada cuatro horas eran exactamente iguales y no contaban con ninguna novedad acerca del paradero del científico que había desaparecido delante de sus narices en el aeropuerto JFK. Incluso notificaban que los puestos de guardia montados alrededor del mundo en los sitios que Wilfrid solía frecuentar tampoco reportaban ni la más mínima novedad. Se lo había tragado la tierra. La conclusión de los investigadores era que Voynich había logrado salir del aeropuerto burlando la seguridad y que se hallaba escondido en algún rincón de Nueva York por lo tanto se estaban realizando continuos allanamientos en diferentes puntos de la ciudad mientras se interrogaba sin descanso a soplones e informantes de la policía.

Rulfo suponía que si daba pronto con el paradero del científico podía generar el ansiado golpe de efecto que necesitaba para conformar a un pueblo que reclamaba justicia por su líder ausente. Es más, el plan completo consistía en culparlo directamente por la desaparición de Bronson y condenarlo a la pena de muerte para dar por terminado el caso. Muerto el perro se acabó la rabia, sin embargo todavía no tenía ni el collar, ni las pulgas del perro así que se vio obligado a aceptar alguna de las tres propuestas que el oscuro Secretario de Estado le había acercado para distraer a la ciudadanía: Realizar un autoatentado, invadir un país o matar a un famoso.

El presidente Di Tomasso estuvo un rato largo analizando las ofertas.

El autoatentado había funcionado varias veces en otros gobiernos para despertar el patriotismo en los votantes ya sea demoliéndose un edificio o apuñalando a un candidato, pero cada vez era más difícil llevar a cabo este tipo de operaciones porque demandaban una logística que no era sencilla de esconder con tantos medios independientes, tantas redes sociales y tantos testigos con cámaras. Incluso el Secretario deslizó por lo bajo que podrían balear al propio Presidente de Estados Unidos procurando no afectar ningún órgano demasiado vital. Rulfo azorado lo rechazó de plano.

La opción de invadir un país era demasiado costosa y complicada de justificar. En ciertas ocasiones el autoatentado y la invasión habían ido de la mano, pero sin lugar a dudas no era una decisión rápida de tomar porque llevaba muchísimas negociaciones previas con otras naciones que debían aprobar el bombardeo o la invasión con sus votos en Naciones Unidas a cambio de algo. De todas formas el Secretario de Estado propuso invadir Uruguay porque no se lo esperaba absolutamente nadie y se convertiría en un verdadero golpe de efecto, sin embargo Rulfo tenía cuentas bancarias en ese país y además veraneaba en La Paloma así que lo descartó.

Finalmente la idea de asesinar a un famoso era la más sencilla y rápida de lograr. No requería demasiada organización, no tenían que avisarle a nadie y apenas con una mano de obra barata y desechable se podía obtener muchísima repercusión en los medios durante varias semanas.

Rulfo di Tomasso optó por esta oferta.

El Secretario de Estado aceptó con resignación la decisión del presidente y al cabo de 24 hs le trajo los nombres de las posibles víctimas que por la relación de costo beneficio eran los blancos más apetecibles.

Una pesada y sobria carpeta negra con apenas una hoja le fue entregada a Rulfo en su despacho. En ella aparecían escritos apenas cuatro nombres: El famoso rapero negro “Little Lobster”, la reciente ganadora del Oscar Melinda Norton, la estrella de Fútbol Americano Winston Parker y Batman.

  • ¿Batman? – preguntó sorprendido Rulfo di Tomasso levantando la vista de la carpeta y mirando al inmutable Secretario de Estado que aguardaba órdenes con las dos manos enlazadas en la espalda.
  • ¿Respuesta final? – preguntó ansioso
  • No, no, espere – dijo Rulfo – ¿Qué Batman?
  • ¿Cómo qué Batman? – respondió confundido el Secretario de Estado frunciendo el ceño – Batman, el hombre murciélago.

El Presidente de los Estados Unidos sonrió y miró hacia los costados como si hubiera descubierto la trampa.

  • ¿Es una broma no?
  • Claro que no, señor. Nosotros no tenemos permitido hacer bromas en nuestro lugar de trabajo, está en juego la seguridad de la Nación – contestó ofendido el Secretario de Estado y soltó las manos al costado de su cuerpo como si por instinto hubiera querido sacar un arma.
  • ¡Pero cómo van a matar a Batman! – gritó Rulfo harto de la puesta en escena
  • Bueno, ya sabemos que no es fácil, señor – contestó con cautela el Secretario de Estado – pero descubrimos quién es, dónde vive, dónde tiene la baticueva y cuando sale para…

Rulfo levantó bruscamente la palma de su mano derecha dándole a entender que no lo quería seguir escuchando. El Secretario no estaba acostumbrado a que lo hicieran callar pero hizo silencio y apretó los dientes para contener la furia.

De inmediato Di Tomasso se sentó en el sillón presidencial y enojado presionó un botón del intercomunicador para solicitarle a su secretaria que le pidiera al Director de la CIA que fuera a su despacho.

Durante esos quince minutos que tardó en llegar no se dijeron ni una palabra y el presidente aprovechó para repasar las otras tres opciones posibles aunque sus ojos volvían una y otra vez sobre Batman sin poder dar crédito a lo que estaba leyendo.

De pronto se sobresaltaron porque el Director de la CIA tocó la puerta con siete precisos golpes cortos. Lo hicieron pasar con fastidio.

  • Buenas tardes señor Presidente, buenas tardes señor Secretario de Estado – saludó haciendo la venia como si tuviera un cargo militar – ¿En qué puedo servirles?
  • Buenas tardes, señor Director. Antes que nada quiero que sepa que todo lo que se diga en esta reunión es absolutamente confidencial y que si se llegara a filtrar el más mínimo detalle de la misma usted y su familia pagarán las consecuencias más terribles. – lo alertó Rulfo
  • Claro, lo sé perfectamente, señor – contestó el Director de la CIA – soy el Director de la CIA
  • Si, si, ya lo sé, pero por las dudas se lo recuerdo ya que acá parece que hay gente no se toma muy en serio su trabajo – dijo Rulfo mirando de reojo al Secretario de Estado
  • Quédese tranquilo, señor Presidente, yo sí conozco bien mis obligaciones y mis responsabilidades – contestó el Director de la CIA mirando con desconfianza al Secretario de Estado que permanecía inmóvil y tenso.
  • Bueno, entonces dígame lo que piensa sobre el plan que me trajo este señor para distraer a la opinión pública durante algunas semanas mientras ordenamos un poco el gobierno.
  • Soy todo oídos, señor – contestó obsecuente el Director
  • Ok, resulta que me propone asesinar a un personaje famoso pero entre los nombres sugeridos aparece Batman. Si, como lo oye, me propone matar a Batman ¡Ja!

El Director de la CIA abrió los ojos grandes, levantó las cejas y se rascó la cabeza nervioso.

  • Bueno, mire, señor… yo no soy quién para tomar este tipo de decisiones… pero ya que me pregunta le digo me parece una gran idea. Sin lugar a dudas matar a Batman provocaría un shock en todos los ciudadanos por varios meses, incluso años, no lo puedo dimensionar…

Rulfo se sonrió incrédulo y se quedó observando a ambos hombres que permanecían muy serios frente a él.

  • Me pasa por ser el nuevo. ¿No? –  dijo y volvió a tocar el botón del intercomunicador para pedirle a su secretaria que se sumara a la reunión. 

Treinta segundos después Olivia entró al despacho.

  • ¿Olivia?
  • Dígame señor Presidente
  • ¿Qué sabe usted de Batman?

La secretaria se sorprendió y miró asustada al Secretario de Estado y al Director de la CIA.

  • Bueno – respondió la mujer titubeando – que es honesto… valiente… esas cosas.

Se hizo un silencio incómodo.

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2 comentarios

  1. Creo que ahora ya no pasa pero por muchos años en EEUU se creyó que Batman existía. Porque no tenía superpoderes. Con lo cual podía perfectamente ser un comic armado a partir de una figura real. No creo que se anime Rulfo a matar a Batman. #rulfomafioso.

  2. Me mato lo de «Rulfo tenía cuentas bancarias en ese país y además veraneaba en La Paloma »

    Buenisimo !!!!