LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 35

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Los gritos y los aplausos despertaron a Voynich. Eran las voces eufóricas de varias personas que se mezclaban con las bocinas de los autos que se sumaban al festejo. El científico abrió los ojos sin saber qué hora era y tardó unos cuantos segundos en comprender adónde estaba. Cuando por fin se halló en tiempo y espacio, se incorporó lentamente y caminó hasta la ventana para ver qué era lo que ocurría afuera. Desde ahí observó en la vereda de enfrente a una pareja de recién casados a los que familiares y amigos les estaban arrojando arroz en la puerta del registro civil. Wilfrid sonrió al saber que todas las noches tendría comida gratis con solo cruzar la calle y juntar el arroz de las bodas. Acto seguido giró sobre sí mismo y se encontró con el departamento iluminado por el sol radiante de la mañana. No le pareció tan mal. La costumbre suele ser el crítico más fácil de influenciar.

De inmediato se duchó con agua fría como estaba acostumbrado desde siempre, se afeitó, se vistió con ropa limpia, se calzó una gorra negra de visera ancha y se colocó anteojos con vidrios sin aumento. Enseguida tomó el sobre que Geraldine le había entregado en el aeropuerto y sacó su contenido: Poemas escritos por ella, dinero y documentación limpia.

En el cajón de la mesa de luz dejó el pasaporte francés con el que había volado y alrededor de 4 mil dólares mientras que en la billetera se guardó mil dólares, su documento galo a nombre de Jean Paul Belfonte, la tarjeta para viajar de Pereyra y los pesos argentinos que Loreley le había entregado para que se moviera los primeros días en Buenos Aires hasta que pudiera cambiar los billetes extranjeros. Así salió a la calle. La primavera estaba llegando a la ciudad y por eso el frío ya casi no se sentía a esa altura de septiembre. Voynich andaba un poco más desabrigado que los demás pero no llamaba la atención y pasaba absolutamente desapercibido entre los transeúntes del centro porteño, los taxis, las motos e incluso los policías que miraban el paisaje con indiferencia.

Realizó entonces una caminata con la misma duración que las que llevaba adelante cada mañana en la isla junto a Galileo, pero en este caso lo hizo solo y en medio de una metrópoli que lo trataba con igual desinterés que a los demás. Justamente eso era lo que necesitaba, un anonimato brutal. Es que si había tomado muchos recaudos en San Martín de los Andes donde suponía que lo podrían haber estado esperando, ahora ya no los necesitaba. No sólo por el cambio de apariencia física con respecto a su aparición en la ONU sino también porque se encontraba en medio de una multitud enajenada que iba y venía en su propio mundo y sin mirar a nadie. Ni siquiera al cielo ya.

Al cabo de cuarenta minutos de recorrer las aceras aledañas a su hospedaje ya había registrado mentalmente a todos los comercios que le iban a ser útiles, a las cámaras de seguridad, a las bocas de subte e incluso a las posibles vías de escape en caso de cualquier emergencia. Regresó por fin al 1 “B” y anotó varias cosas en un papel antes de volver a salir para realizar las compras.

En una cerrajería de la calle Paraná hizo una copia de las llaves del departamento, las metió en una bolsita de nylon y por la noche (tras juntar el arroz) las enterraría en la Plaza Lavalle por si tenía algún inconveniente y extraviaba las originales.

Aquella mañana entró y salió varias veces hasta acabar de adquirir en diversos negocios de la zona todo lo que necesitaba para mejorar su guarida. Compró herramientas, comida, un anafe eléctrico, pinceles, pinturas, cables, productos de limpieza, ropa, vasos, copas, platos, lámparas, vinos, whisky, un radioreloj, cuadros, chocolate y plantas. También en alguno de los viajes ingresó a un locutorio de la avenida Corrientes y dejó un comentario en el sitio de cine IMDb. Lo hizo en la película District 9 bajo el provocativo seudónimo “elamigodegalileo” y como si fuera un crítica extraña al film, utilizó ese espacio para avisarles a las chicas que estaba en Buenos Aires, que se hallaba bien y que las extrañaba mucho.

Luego se compró un vaso enorme de café (todavía no había desayunado) y al reingresar a su morada hizo saltar la térmica del edificio con una pinza. Durante el tiempo que duró el corte de energía, Voynich aprovechó para realizar de manera veloz una conexión clandestina muy prolija y casi invisible que iba desde el foco del pasillo a su departamento. Cuando los vecinos volvieron a conectar la electricidad él ya había terminado su trabajo y tenía luz.

En las siguientes ocho horas pintó las paredes de gris y bordó (los marcos de negro), encoló la cama, le puso sábanas nuevas, realizó una limpieza profunda de hasta el último rincón del lugar, tiró a la basura varias cosas, cambió los muebles de sitio, reemplazó por completo la decoración, renovó la vajilla, colgó cuadros, acomodó plantas, puso cortinas modernas, mejoró la iluminación, barnizó el suelo y al final aromatizó el ambiente con perfume francés. Incluso tuvo tiempo de ajustar el motor de la heladera para que no hiciera ruido, de cambiar los cueritos de las canillas y de reparar el mecanismo oxidado de la ventana.

Con las tareas finalizadas decidió buscar un lugar para comer, estaba atardeciendo. Recorrió algunas cuadras con mucha atención hasta encontrar un sitio discreto frente a Tribunales con pocas mesas y con menú básico. A esa hora ya quedaba poca gente en la zona. Se sentó de espaldas a la vidriera y de frente al televisor. Pidió el plato del día sin hacer preguntas y se quedó en silencio mirando las noticias en la pantalla. Estaban transmitiendo en directo a un hombre subido a una antena altísima y que amenazaba con suicidarse. El hecho estaba ocurriendo en Los Ángeles y se trataba de una noticia con importancia mundial porque el que estaba trepado a la antena era nada más y nada menos que el famosísimo rapero californiano Little Lobster. El pobre llevaba algunas horas subido ahí y cada vez que alguien intentaba acercarse para convencerlo, él soltaba una mano y se quedaba virtualmente suspendido en el vacío ante la atónita mirada de cientos de curiosos, fans y periodistas. El asustado rostro del rapero negro estaba en el primer plano de todas las pantallas del mundo gritando desesperado que él no tenía enemigos pero que sin embargo en las últimas 24 hs inexplicablemente lo habían querido asesinar dos veces así que le exigía al gobierno de Estados Unidos que por favor le pusieran una custodia especial que le garantizara su seguridad y que los hacía responsables si le ocurría algo. También aprovechó la movida mediática para anunciar la salida de su nuevo disco llamado, precisamente: “Jump Jump Jump”

Rulfo se agarraba la cabeza desde la Casa Blanca.

Cuando Voynich terminó de cenar pagó la cuenta y dejó de propina los últimos pesos argentinos que le quedaban, salió del bar, cruzó la calle y enterró las llaves junto a un enorme árbol sin que nadie lo viera. Enseguida enfiló hacia el departamento y de camino se encontró a una bella y llamativa mujer que estaba sentada en un banco junto a la entrada del estacionamiento subterráneo de la plaza.

  • ¿Estás buscando buena compañía, mi amor? – le preguntó ella cuando el científico pasó a su lado.

Voynich la miró con una sonrisa y le respondió que él no pagaba por sexo.

  • Entonces rajá de acá que me espantás a los clientes, pajero

Así conoció a Juana.

Mientras tanto, en medio de la gira española de los Jóvenes por el Universo, el cantautor terraplanista Goyo Parasiempre también se subió a una antena y amenazó con lanzarse si no le pasaban una canción por radio.

Se mantuvo ahí arriba hasta que se hizo de noche y tuvo frío.

No se acercó nadie.

Se bajó solo y se dobló un tobillo.

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Un comentario

  1. Un comentario: yo hubiera elegido «Plan 9 del espacio exterior» en lugar de «Area 9». Hubiera sido un reconocimiento póstumo a Ed Wood. Y una consulta: lo de colgarse de la luz del pasillo ¿es autoreferencial?