LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 37

LA CONDECORACIÓN

Durante aquellos primeros días posteriores al rescate, Bronson estaba absolutamente rejuvenecido y parecía otra persona. Se paseaba feliz por cubierta con el torso desnudo, su barba crecida y un flamante tatuaje en el brazo izquierdo que le había realizado Janakka.

Atrás quedaban los años de exposición pública que lo habían convertido en ese hombre gris que siempre estaba bien vestido y perfumado. El pobre Marvin incluso no recordaba un día laborable de las últimas décadas en el cual no se hubiese puesto un traje y una corbata.

Rápidamente los demás tripulantes del barco chino lo aceptaron sin problemas y por más que le ofrecieron ser apenas un huésped con cama y comida hasta llegar a puerto, Bronson prefirió ganarse la estadía contribuyendo en todas las actividades que se desarrollaban a bordo. Como no solamente almacenaban totoabas en las bodegas del pesquero sino también toneladas de otras especies marinas, la principal tarea en los viajes de regreso solía ser ordenar con paciencia toda la mercadería para poder comercializarla apenas amarrados. Estos trabajos consistían en separar, trocear, limpiar, tirar, congelar, deshidratar y almacenar todo lo que se hubiera pescado. Marvin aprendió el oficio tan pronto que dos semanas después parecía un experto. Incluso creyó que había nacido para eso.

Es que siempre creer es lo más fácil.

En los ratos libres tomaba sol con la piel curtida, hacía flexiones de brazos, observaba el mar con ojos nuevos y vigilaba el cielo esperando una señal. Además pensaba mucho.

No había dejado demasiado en tierra firme; apenas una vida solitaria de viudez sin hijos y una presidencia de los Estados Unidos.

Los demás marineros lo observaban con respeto y admiración, pero día a día aumentaba el desconcierto que les provocaba Bronson; es que siempre reconocían de un golpe de vista a las criaturas que sacaban del mar, y esta vez no.

Mientras tanto, en la Casa Blanca, Rulfo condecoraba a Little Lobster frente a decenas de periodistas por haber visibilizado con su música la violencia que sufrían las comunidades afroamericanas estadounidenses por parte de la policía que los perseguía y los asesinaba en las calles por cualquier motivo. Eso fue lo que le recomendaron que hiciera para frenar el escándalo producido por los intentos de homicidio que había sufrido el músico a manos de desconocidos y que por otra parte no habían podido ser arrestados, ni identificados.

La foto de Lobster sonriente dándole la mano a un Rulfo tenso, fue para enmarcar.

En un momento del acto, el oscuro Secretario de Estado llamó ansioso a Di Tomasso para comunicarle que habían obtenido importantes avances en la investigación sobre el paradero de Voynich. Sin embargo Rulfo estaba tan furioso porque habían fallado en matar a Little y encima después lo habían obligado a condecorarlo que no quería ni escucharlo.

  • No pudieron matar a un simple rapero de mierda que anda sin custodia y querían matar a Batman, manga de inútiles – gritaba el Presidente muy bajito

El Secretario de Estado apretaba los dientes metálicos disimuladamente mientras ensayaba alguna excusa

  • Sostengo lo que le dije en un principio, señor, matar a Batman es más sencillo. Si usted me diera la orden hoy mismo yo podría…
  • ¡Basta! – lo calló Rulfo golpeando la mesa – no quiero volver a escucharlo hablar de matar a Batman. ¿Me entendió?
  • Si, señor – respondió el Secretario de Estado sin dejar de mirarlo a los ojos como un cartel

Rulfo suspiró profundo, dio la vuelta hasta el cajón de su escritorio y se encendió un habano. Ya más tranquilo le pidió al Secretario que le contara los avances sobre el paradero de Voynich

  • Quiero que sepa que nunca dejamos de ocuparnos del asunto. Llevamos muchos días analizando cámaras, listas de pasajeros, testimonios
  • Vaya al grano, señor Secretario, ya estoy cansado de sus explicaciones fallidas, no quiero más interrupciones, cuénteme todo lo que sabe y espero que valga la pena. Si no trae buenas noticias, váyase de mi despacho y del gobierno.

Afuera de la oficina se oía “Jump Jump Jump” a todo volumen porque Lobster había aprovechado la condecoración para mostrarle el disco a los periodistas

  • Ok – retomó el Secretario de Estado aclarándose la garganta – hace algunos días el teléfono móvil de la hermana de Wilfrid Voynich se activó en una antena diferente a las que suele hacerlo generalmente en su rutina y como nos pareció algo sospechoso le pedimos a la compañía telefónica el registro de movimientos del celular de la mujer y descubrimos que algunas noches antes ella había ido en su vehículo hasta un cruce de caminos en el medio de la nada pero cercano a un conocido parador de camiones de la ciudad argentina de San Martín de los Andes donde ella vive. Ahí estuvo detenida durante algunos minutos y más tarde regresó a su domicilio. Como no tenía absolutamente ningún sentido haber realizado esa acción, supusimos firmemente que estaba en compañía de Voynich y que lo había llevado hasta ese lugar para que algún camionero incauto lo sacara de la ciudad creyendo que transportaba a cualquier viajero. Con esa información analizamos los GPS de los camiones que estuvieron ahí en esas horas y redujimos la búsqueda a sólo 18 camiones. Luego examinamos las trayectorias de todos esos vehículos y notamos algo extraño en uno que se había desviado absurdamente de su ruta para entrar a un pueblo perdido hasta detenerse en una sala médica. Nuestros hombres fueron hasta ahí y descubrieron que en los registros de ingreso figuraba que habían recibido a un hombre con quemaduras en esa fecha, sin embargo la doctora que lo atendió no recordaba si el paciente estaba acompañado por alguien. La que sí recordaba todo perfectamente bien era la enfermera quien aseguró que el herido estaba acompañado por un hombre de acento raro, sin barba y con anteojos. En ese instante nos terminamos de convencer de nuestra corazonada y con ese dato seguimos la pista de este camionero hasta Wilde donde reside, sin embargo, al cruzar más información, notamos que antes de llegar a destino se había activado la tarjeta de transporte público que estaba a nombre del camionero, por lo tanto supusimos que la estaba utilizando otra persona ya que el camionero había continuado camino en dirección contraria rumbo a su domicilio. Nuestros hombres fueron hasta la casa de este chofer llamado Pereyra y cuando le preguntaron sobre Voynich se sorprendió mucho pero nos dijo que él había viajado solo todo el trayecto y que había perdido su tarjeta de transporte público. No le creímos, así que comprobamos la trayectoria de la tarjeta y descubrimos que había sido utilizada en el interno 225 de la línea 17 en dirección a la ciudad de Buenos Aires. De inmediato solicitamos al Gobierno de la Ciudad el registro de las cámaras públicas de ese día para poder seguir el recorrido de ese colectivo, no había imágenes de todas las paradas pero tuvimos suerte ya que al llegar al centro de la ciudad a la altura del obelisco, vimos a Voynich descender del autobús y caminar hacia la izquierda cruzando la avenida rumbo al teatro Colón donde las cámaras lo perdieron. Ahora tenemos un radio acotado de muy pocas cuadras donde seguramente se debe estar escondiendo el prófugo por lo tanto la policía local ya está trabajando en la zona a la par de Interpol con la imagen de su nueva fisonomía aportada por la enfermera y con los datos biométricos actualizados en el sistema de seguridad de la ciudad. Además continuamos analizando hora tras hora diferentes cámaras públicas y privadas de la zona porque suponemos que Voynich no tiene apoyo local y que por lo tanto tarde o temprano deberá exponerse para comprar alimentos o para comunicarse con alguien. Estamos firmemente convencidos que será detenido en las próximas horas. No tiene escapatoria.

Rulfo estaba tan contento que los ojos le brillaban de felicidad. Lo felicitó al Secretario de Estado por el excelente trabajo y le dio un abrazo que pareció hacer borrón y cuenta nueva en la relación entre ambos.

  • Sólo una cosa más – dijo como un niño fascinado
  • Lo que usted pida – respondió con cortesía el Secretario
  • Me gustaría conocer a Batman.
  • Por supuesto, señor.
  • Quiero invitarlo a cenar
  • Me parece una magnífica idea, yo me encargo.

Se dieron otro abrazo y ambos salieron sonrientes del despacho para escuchar con los demás el nuevo disco de Little Lobster. Incluso Rulfo ensayó unos graciosos pasos de rap ante los periodistas.

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2 comentarios

  1. Se mandaron terrible laburo de investigación estos inútiles, che! No veo la hora de continuar con esta historia para saber qué pasa! Tremenda manija deja este capítulo