LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 38

ARROZ FRITO CANTONÉS

La gira de los Jóvenes por el Universo continuaba recorriendo España colmando las plazas de cada ciudad en la que se presentaban con cientos de personas. El discurso que propagaban desde el escenario se había vuelto más virulento tras el alejamiento de las naves extraterrestres y ya no ahondaba tanto en las explicaciones sobre la Tierra plana, las conspiraciones o la supuesta farsa de la vacunas (el fin de la pandemia gracias a ellas les había arruinado el negocio) sino que ahora habían profundizado sus consignas antipolítica, promoviendo una economía liberal y acusando a todos los políticos de corruptos. Esto más que nada obedecía a la flamante financiación que obtenían por parte de organizaciones no gubernamentales radicadas en el exterior interesadas en la movida. De esta manera nunca dejaban de ofrecerles nuevos encuentros, ya no solo por toda España sino también en Latinoamérica. En definitiva se trataba de actos políticos disfrazados de manicomio que finalmente catapultaban a algún candidato.

En cada lugar al que llegaban, los acompañaban un par de figuras locales que subían al escenario como anfitriones de los Jóvenes por el Universo y solían dar los primeros discursos del acto para calentar motores. Luego emergía Goyo Parasiempre e interpretaba cinco canciones que lograban aburrir a la segunda. Enseguida llegaba otra figura local con alguna arenga relacionada a la ciudad en la que se encontraran y más tarde subía el Cheba que era uno de los números más esperados porque hablaba de extraterrestres.

Para el final quedaba la Esca, la figura más que conocida, que además era el nexo con las ONG´s y que mezclaba en su presentación a todas las disciplinas a la vez: Arte, economía, política, tarot y autoayuda. El acto cerraba con todos los protagonistas nuevamente sobre el escenario cantando a viva voz el himno de los Jóvenes por el Universo y luego bajando entre la gente para sacarse fotos, conversar con ellos e ir a cenar a algún sitio con los organizadores y los patrocinantes.

El Cheba ganaba con cada presentación tres veces más que lo que obtenía por mes limpiando el observatorio; y encima tenía dos actos por semana o a veces tres. No lo podía creer. Sentía que era el mejor robo de su vida, que se estaba haciendo millonario sin querer. Paralelamente le transfería dinero a María, su ex esposa, para que mantuviera a sus hijos. Ella le respondía siempre con el mismo mensaje: “Fracasado”

Mientras tanto la relación con la Esca continuaba viento en popa, cuando había viento, ya que compartían sexo desenfrenado, cuartos de hotel y asientos de primera en los aviones, pero al mismo tiempo ella se acostaba con algunos de los muchachos que armaban los escenarios en la gira, por lo tanto el Cheba no se sentía muy cómodo delante de los demás integrantes del contingente con este asunto y prefería mantenerse lo más alejado posible de todos fumando en un rincón. Era en estos momentos en los que Goyo se le acercaba para consolarlo y para contarle que a él nunca le habían sido infiel pero que entendía el dolor que podía provocar. El Cheba deseaba asesinarlo desde el día que lo había conocido pero para no arruinar el negocio de estas presentaciones, simplemente se lo sacaba de encima con un empujón y lo llamaba “rengo hijo de puta” en el micrófono de las pruebas de sonido aprovechando que Goyo continuaba con el tobillo a la miseria.

Esa mañana Voynich se despertó muy temprano en Buenos Aires, aún antes de que amaneciera, necesitaba cambiar dólares porque se había quedado sin pesos argentinos y no sabía dónde hacerlo sin levantar sospecha. Abrió la ventana de par en par mientras se calentaba el agua para los mates y observó cómo los barrenderos de la ciudad dejaban limpia la vereda del registro Civil. Su cena se mezclaba con colillas de cigarrillos, papeles y otros residuos en una pala rumbo al tacho de basura. Si quería recoger el arroz para comer debería hacerlo aún más temprano, bien de madrugada.

Obviamente no podía vender billetes de moneda extranjera en forma legal dentro del centro bursátil de la ciudad porque en ese tipo de sitios piden datos y cuentan con demasiadas cámaras o agentes de seguridad; incluso los “arbolitos” que suelen estar en esas veredas cambiando billetes de modo clandestino, acaban por llevarte a una de las tantas grises oficinas de la zona donde no piden documentos pero sí hay cámaras, uniformados de custodia y marcadores profesionales que avisan a sus cómplices en motos cada vez que sale algún incauto con dinero fresco. El microcentro era una jungla y lo que menos necesitaba Voynich era un robo con escándalo y denuncia. En definitiva debía hallar a alguien que realizara estas transacciones en negro y un poco más afuera del circuito tradicional.  De todos modos no tenía demasiado apuro para resolverlo ya que contaba con provisiones para aguantar unos días con la ayuda del arroz.

Mientras pensaba en esto observaba el departamento con atención. Había quedado hermoso pero faltaban libros. Sin ellos iba a ser difícil permanecer escondido mucho tiempo. Un búnker sin libros es una vidriera. 

Salió a la calle recién a media mañana cuando el tránsito ya era un hervidero y los transeúntes se habían multiplicado yendo y viniendo por las aceras del barrio de Tribunales.

Wilfrid tenía puesta una gorra, lentes negros, zapatillas blancas, pantalón de cargo, remera de los Stones y una riñonera. Además llevaba bajo el brazo una carpeta como si fuera un repartidor de expedientes o algo por el estilo. No levantaba ningún tipo de sospecha a menos que hablara o que mostrara los mil dólares que llevaba en el bolsillo.

Al llegar a la plaza Lavalle se sorprendió de encontrar tan temprano a la misma mujer llamativa con la que se había cruzado la noche anterior y que lo había maltratado por decirle que él no pagaba por sexo. Ahora estaba vestida mucho más discreta pero se mantenía sentada en el mismo banco junto al estacionamiento subterráneo esperando clientes. Voynich pasó un poco lejos de ella, por las dudas, pero la mujer le clavó la mirada como si hiciera contacto visual a través de los anteojos negros del científico. Wilfrid, que siempre había tenido una especial debilidad por la belleza aunque fuera la belleza de un monstruo peligroso, juntó el coraje de los desahuciados y se acercó con cuidado. Para evitar cualquier tipo de malinterpretación ya desde lejos le aclaró que no quería molestarla, ni espantarle a nadie pero que necesitaba hacerle una consulta sobre el barrio que no le llevaría más de medio minuto de su tiempo responder. Juana suspiró fastidiada, se encogió de hombros y se corrió un poco en el banco para que él también se pudiera sentar.

Obviamente el extraño acento de Wilfrid y su cautivante modo de expresarse era una carta de presentación que no pasaba desapercibida en ningún lugar del mundo.

  • Hola, me llamo Jean Paul – dijo Voynich extendiéndole la mano – no soy de por acá y necesito cambiar algunos dólares sin que me estafen, ni me roben, ni me secuestren porque no tendrán a quién pedirle rescate por mí.

Ella se sonrió por primera vez y dejó ver en su rostro una expresión diferente a la dureza que aparentaba.

  • Juana – respondió la mujer.

Enseguida entraron en confianza y durante un rato largo conversaron bajo el sol del microcentro porteño. Ella le contó que era prostituta y que trabajaba con los abogados y los jueces que salían de Tribunales. Le explicó que los esperaba a la salida del estacionamiento así se subía directamente a sus coches y ellos evitaban ser vistos consumiendo prostitución.

Wilfrid le dijo que era francés, que estaba en Argentina como turista y que se vestía así para no levantar sospechas porque sabía que en ese país las cosas resultaban muy peligrosas para los visitantes. Ella hizo un gesto de extrañeza y volvió a reírse.

No era común ver a Voynich aparentar tener miedo. Su cuerpo y sus movimientos lo contradecían mostrando una seguridad natural y no confirmaban ser los de un turista asustado por la televisión. Muy por el contrario, a simple vista bajo la ropa suelta se le adivinaban los músculos firmes y un estado atlético formidable.

En cierto momento de la conversación Juana abrió la cartera y sacó un atado de cigarrillos. Voynich alcanzó a ver entre preservativos y maquillajes un revólver calibre 22. Ella fingió que él no había visto el arma pero le explicó que su trabajo a veces se complicaba un poco. Voynich asintió con la cabeza y miró hacia los costados para comprobar que nadie más lo había visto.

  • Hay un puesto de flores acá a tres cuadras – dijo ella señalando hacia la avenida Córdoba – lo atiende un tipo al que le dicen Pancuca, no le digas que yo te dije
  • ¿Qué le dicen Pancuca? Lo debe saber.
  • No – contestó ella muy cortante como si no le causaran gracia las bromas cuando hablaba en serio – solamente decile que querés cambiar cien dólares, no muestres más plata, solo cien. Ahora andate que tengo que trabajar.

Voynich se levantó de inmediato del banco, le agradeció el dato sobre Pancuca y antes de irse le dijo que alguna de estas noches le gustaría invitarla a cenar un arroz frito cantonés que le salía de mil maravillas.

  • Yo cobro 250 dólares por dos horas. Si querés cenar, cenamos; si querés coger, cogemos.

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2 comentarios

  1. Pacuca es una rotonda que nos puede derivar por taaantos caminos de ida y vuelta o, simplemente enroscar nos en ella, felicitaciones Zamba creaste un nuevo personaje que ya tiene una vida hecha y derecha en la clandestinidad, nada mejor para Voynich que Pacuca y la prostituta, los tres bajo las mismas cámaras que nadie revisa, la capacidad de esconder un elefante.