LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 39

ACENTO UNIVERSAL

Con cien dólares en el bolsillo, Voynich caminó por la Avenida Córdoba en dirección a Callao hasta encontrar el puesto de flores de Pancuca. En realidad, primero se confundió porque había otro a una cuadra antes que parecía un vergel y era como un imán para los sentidos. Acercarse a ese sitio era sentir repentinamente el perfume a diversas especies silvestres en una tarde de primavera después de la lluvia. Daban ganas de sentarse ahí, en medio de la ciudad contaminada, a respirar profundo, a replantearse la vida, y a cerrar los ojos viajando con el pensamiento. Sin embargo, la señora que atendía ese paraíso estaba más cerca de la prosa que de la poesía y se asustó tanto cuando el científico le dio a entender que quería cambiar dinero, que se metió adentro y salió con una enorme tijera de jardinero en la mano. No era ahí.

Wilfrid continuó caminando a paso veloz rumbo al infierno.

El puesto de Pancuca resultó ser bastante menos colorido y agradable, como si le diera pereza decorar el negocio o como si se tratara de un homenaje a la naturaleza muerta. Apenas se observaban unos ramos de rosas medio achicharradas que estaban listos para ser vendidos rápido a los automovilistas que frenaban pocos segundos, pagaban y seguían. En algunos casos las flores eran para sus amantes, en otros para sus esposas o novias y en el peor de los casos para algún muerto. Las mismas flores.

Pancuca tenía pocos pelos pero largos, resabios de una cabellera tupida que fue perdiendo volumen tan progresivamente que no lo notó ni el espejo. Por diversas razones había adelgazado muchos kilos, se notaba porque todavía utilizaba la ropa de antes y le quedaba todo desacomodado como si fuera el primer día en una casa nueva. A simple vista uno podía suponer que no solamente era la ropa el problema sino también la carne y los huesos que no coincidían con el envase. Más allá de eso, se movía como un rayo saliendo del puesto de flores ante el llamado de alguna bocina. Se acercaba a los coches que lo esperaban estacionados en doble fila, les entregaba la compra y regresaba a su guarida como un soldado que mató en el frente. De vez en cuando regaba, más que nada de aburrido. Incluso a unas macetas colgadas que parecían no necesitar agua, ni aire, ni nada. Es que algunas eran de plástico. Algunas no, muchas. Él las regaba igual, incluso metía la mano de vez en cuando en la maceta más alta que escondía del lado de adentro y sacaba o dejaba algo en la tierra. Como dios.

Wilfrid no tuvo dudas de que ese era el lugar que buscaba apenas se acercó al puesto. El dueño estaba de espaldas a la vereda realizando alguna tarea mientras canturreaba alguna melodía estúpida. Podía ser que estuviera contando dinero. Voynich lo llamó por su apodo y Pancuca se apresuró a terminar lo que estaba haciendo para darse vuelta con una sonrisa que automáticamente se le esfumó de la cara cuando lo vio. Sin dudas conocía muy bien a los clientes habituales que lo nombraban por su apodo y éste no era el caso.

  • ¿Qué querés? – ahí no parecía tener validez la idea de que el cliente siempre tiene razón y por lo tanto hay que tratarlo con cortesía.
  • Me dijeron que venga acá porque usted me podía ayudar – respondió Voynich tratando inútilmente de disimular su acento universal.

Pancuca se secó las manos en el delantal como si fuera sangre (pero era agua) y dio unos pasos amenazantes hacia el científico.

  • Voy a hacer una hipótesis, Gringo, y vos me decís si estoy errado o no – le anunció con misterio.

Voynich no esperaba oír una hipótesis.

  • ¿Una hipótesis o una suposición? – redobló el científico al notar que avanzaba hacía él sin tijeras y ya eso ya le parecía una situación favorable.
  • Ah bueno – dijo el comerciante mientras se detenía confundido – ¿Nos conocemos?

No se refería a la vida en general sino a algún pabellón de las cárceles federales.

  • No – contestó Voynich sin dar explicaciones, porque decir que no sin darlas es un signo de seguridad.
  • Ok – contestó el florista como si hablara solo – entonces directamente voy a hacer una afirmación: Alguien te dijo que vengas a mi puesto de flores y te reveló mi apodo pero te pidió que no me contaras quién fue. Estoy en lo cierto?

Era imposible no darle la razón.

  • Exactamente fue así – contestó Voynich con elegancia desafiante
  • Ok, ok – contestó Pancuca sonriendo y bamboleando graciosamente la cabeza como si quisiera adivinar – ¿Fue una mujer?
  • No
  • Ah, ok, ok, me gusta el jueguito… ¿Alguien que maneja un taxi en Ezeiza?
  • Tampoco
  • ¿Tampoco? – se sorprendió el florista y achinó los ojos mirándolo fijo a Voynich como si quisiera descifrar el origen del universo – ¿Un Pajarito? ¿Te lo contó un Pajarito?

Voynich pensó en Galileo y se puso triste.

  • Si – respondió para acabar con el interrogatorio – me lo contó un pajarito que habla
  • ¡Me parecía! ¡Ja! ¡Ja! ¡Qué lindo Pajarito! – contestó feliz Pancuca dejando atrás la actitud desafiante que traía. Sin embargo no parecía tan convencido – ¿Y cómo sé que no sos cana?
  • ¿Y yo como sé que vos no sos cana? – retrucó Voynich

El Florista se puso serio. Durante toda su vida lo habían acusado de mil cosas pero jamás de ser policía, lo sintió como una derrota personal. Consideraba que si alguien en el mundo sospechaba que él podía llegar a ser policía había fallado como ser humano.

  • ¿De verdad te parezco policía? – preguntó sinceramente y apesadumbrado
  • Claro que no – contestó el científico para tranquilizarlo – al contrario…
  • ¿Al contrario?

Voynich no dejaba de empeorar la situación.

  • Bueno, necesito cambiar cien dólares

El jardinero al oír eso cambió el gesto, arqueó las cejas y se empezó a reír

  • ¿Querías cambiar guita, Gringo? ¡Ja! ¡Ja! Hubieras empezado por ahí. ¡Me asustaste!

Wilfrid tardó en comprender la situación.

  • Si, cien dólares

Pancuca se seguía riendo cada vez más tentado.

  • ¿Cien dólares? ¡Ja! ¡Ja! ¿Tanto escándalo por cien dolaritos? ¡Ja! ¡Sos un boludo lindo!

Voynich no había hecho ningún escándalo pero prefirió no contradecirlo más.

  • Si, cien y me voy.

Pancuca le extendió la mano para que le diera el billete y se metió en su guarida. Justo en ese instante llegó un policía y se puso a esperar su turno detrás del científico. Wilfrid vio el uniforme de reojo y se paralizó; sin embargo se mantuvo quieto, tranquilo y sin darse vuelta como si fuera un cliente cualquiera. Cuando el florista volvió a salir con el dinero en la mano no se sorprendió en lo más mínimo al ver al oficial, muy por el contrario, lo saludó con confianza, le hizo alguna broma sobre fútbol, le entregó el dinero a Voynich y enseguida se puso a conversar con el recién llegado. Wilfrid aprovechó para saludar en general y retirarse silbando bajito. Cuando ya se estaba alejando alcanzó a ver en el reflejo de una vidriera como el policía y el florista intercambiaban algo de mano en mano con disimulo. Recién entonces supo que lo que menos vendía Pancuca en ese puesto de flores, eran flores.

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Un comentario

  1. Una tarde como cualquier otra, en una esquina como cualquier otra, en un puesto de flores o revistas como cualquier otro, en la maravillosa Ciudad Autónoma de Buenos Aires.