LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 40

TENIENDO EN CUENTA LAS CIRCUNSTANCIAS

Durante aquellos primeros días en Buenos Aires la rutina de Voynich era parecida en cada jornada. Se quedaba leyendo o escribiendo hasta muy tarde, antes de dormir cruzaba la calle durante la madrugada y juntaba para la cena el arroz caído en la vereda del Registro Civil. Al día siguiente cuando se levantaba desayunaba el café que vendían los cafeteros ambulantes con chipá que adquiría en los puestos callejeros mientras caminaba rumbo al puesto de flores de Pancuca para cambiar dólares. A veces también iba hasta el locutorio y dejaba mensajes encriptados a las chicas en las opiniones sobre películas de ciencia ficción del sitio IMDb y algunos mediodías almorzaba en la galería subterránea que pasa por debajo de la Avenida 9 de Julio y del obelisco. Ninguna de las miles de personas que se cruzaba en esa penumbra artificial de sótano con aire viciado hubiera sospechado que ese hombre gris y solitario que se encontraba sentado de espaldas al pasillo que lleva a la estación Pellegrini era uno de los científicos prodigio más importantes del mundo y al mismo tiempo uno de los hombres más buscados por Interpol acusado de asesinar al Presidente de los Estados Unidos.

Es que, para bien o para mal, nadie sabe con certeza a quién tiene al lado.

Por las tardes tomaba sol y hacía ejercicios en la terraza del edificio o se iba a pensar a Plaza de Mayo. Cuando anochecía deambulaba por las librerías de Corrientes como un mendigo millonario que regresaba a su guarida con “Olvidado Rey Gurú’ o “El paisaje cósmico” o “Supersimetría” o “En busca de Susy” o “Hiperespacio” o “Los Drépanos” o ”Catorce mil millones de años de evolución cósmica” o alguno de Gubser, o de Asimov o de Emily Dickinson. En apenas una semana había logrado llenar de libros las cuatro largas tablas que fue clavando en la pared del departamento. Tenía novelas, poemarios, ensayos y obras de ciencia o filosofía en su idioma original porque Voynich hablaba inglés como lengua madre, pero también dominaba el alemán, el español, el francés, el latín y estaba estudiando chino cuando tuvo que abandonar la isla.

En aquellos primeros días en Buenos Aires Wilfrid se cuidaba bastante porque su rostro aún estaba fresco en las retinas de la gente que había mirado en directo la transmisión de la ONU, sin embargo, con el correr de las jornadas se fue relajando porque su cara se iba borroneando de la memoria colectiva a medida que las extraviadas naves extraterrestres eran noticia vieja y las pantallas volvían a estar ocupadas con intrigas de palacio, secretos de alcoba y cuestiones deportivas. Los pocos seres humanos que quedaban mirando al cielo eran los que pedían algún deseo a Dios como se hace desde el origen de la humanidad.

Cada atardecer, cuando volvía de su caminata, Voynich pasaba obligadamente por la plaza de Tribunales para conversar un rato con Juana. Había algo en ella que funcionaba como un imán para Wilfrid, una flor preciosa en medio de la jungla, tan dura que daba miedo. Él le mostraba los libros que había comprado, le preguntaba cosas sobre Buenos Aires y ella le recomendaba sitios para visitar. Finalmente se retiraba a los pocos minutos para dejarla trabajar tranquila, aunque en realidad siempre quería quedarse con ella. Marearse en la calesita sin pagar. Pero no había dinero que pudiera pagar esa sensación.

Uno de esos atardeceres en los que regresaba a su refugio con “Metafísica” de Aristóteles y “Hojas de hierba” de Whitman bajo el brazo, observó con estupor desde lejos como Juana estaba forcejeando con un cliente que manejaba un lujoso Mercedes Benz recién salido del estacionamiento subterráneo de la plaza. A juzgar por el imponente vehículo debía tratarse de algún pez gordo; tal vez un abogado importante o un juez poderoso.

La pobre chica tenía medio cuerpo metido por la ventanilla del conductor y sus pies se sacudían casi sin tocar el suelo donde había caído su cartera. Voynich corrió hasta el lugar, dio la vuelta por detrás del coche y se metió en el vehículo por la puerta del acompañante. Se debe haber sorprendido mucho el agresor porque de inmediato soltó a Juana quién cayó pesadamente al piso entre lágrimas y los brazos marcados. Apenas un par de segundos después alguien subió el vidrio polarizado de la ventanilla y el Mercedes quedó quieto con Voynich y el agresor adentro. No se oían golpes, ni gritos; tampoco se percibían movimientos o sacudidas. El mundo parecía haber vuelto a su normalidad sin levantar sospecha. Juana angustiada se puso de pie mientras se acomodaba la ropa y metía la mano en su cartera apretando el revólver esperando el desenlace de la escena. Quizás si Wilfrid no hubiera estado en el auto ella hubiera disparado sin pensar.

Por suerte no lo hizo.

Los segundos parecían eternos y ni Dios sabía qué era lo que estaba sucediendo adentro. Finalmente se oyó la bocina, fue apenas un toque corto y bajito, como si sólo la hubiesen rozado.

Voynich entonces salió del Mercedes serenamente haciéndole la señal de silencio a Juana con el dedo índice sobre sus labios. Antes de cerrar la puerta miró una vez más hacia dentro del vehículo como si quisiera corroborar algo, luego tomó los libros que había comprado y cerró con cuidado.

Juana dejó caer el revólver en la cartera mientras el científico la tomaba de la mano y le decía en voz muy baja que debían alejarse de ahí lo más rápido posible. Ambos apuraron el paso rumbo a la Avenida Córdoba y se perdieron en la noche sin mirar atrás. Si lo hubieran hecho, habrían visto al Mercedes continuar quieto, con el tiempo detenido, y sin que nadie saliera del mismo.

Esa noche cenaron arroz en el departamento de Voynich, se emborracharon con vino tinto, se rieron, leyeron poemas de Bukowski y fueron lo más felices que pudieron, teniendo en cuenta las circunstancias.

¿Te ha gustado?

47 points
Upvote Downvote

2 comentarios

  1. ¡A ver si Wilfrid se pone las pilas! Sabes el kilombo político que se arma acá si aparece un boga, un juez o un fiscal «muerto». Tenemos para 5 años de tinta periodística y especulaciones.