LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 41

EL TAMAÑO DE LAS CAMAS

Eran casi las 2 la mañana cuando sonó el teléfono celular de Juana. Ella se sorprendió mucho al leer en la pantalla quién la estaba llamando a esa hora y de inmediato le indicó con una seña a Voynich que iría a atender en el baño. El científico le respondió que fuera tranquila y que mientras tanto él aprovecharía para preparar café.

Hacía un par de horas que habían terminado de cenar y desde entonces bebían, conversaban y leían poemas en el pequeño búnker de la calle Uruguay como si se conocieran de toda la vida o como si se acabaran de conocer.

La voz de Juana se oía apenas muy bajita a través de la puerta y Wilfrid como un caballero trataba de no escuchar nada haciendo más ruido del habitual con las tazas, la cafetera y el tarareo de una canción que siempre cantaba cuando estaba haciendo tiempo. Esa misma canción que a veces tocaba en el piano junto a Mut. Recordó de inmediato la suave voz de Mut, esa voz que daba pistas secretas sobre la hermosura de la muchacha egipcia solamente a los pocos elegidos que fueran capaces de oírla con atención quirúrgica. No hacía falta que vieran su rostro. El mismo ADN de su encanto viajaba encriptado en el aire.

Como si un malvado pudiera demostrar toda su maldad con solamente un silbido o como si un bondadoso pudiera mostrar toda su bondad con solamente un chasquido de dedos, Mut demostraba toda su hermosura solamente con su voz.

“La belleza que desconocemos se esconde en todas partes” pensó Voynich y de repente una abrumadora sensación de tristeza le invadió el cuerpo. Casi por instinto llevó su mano al hombro izquierdo como si quisiera acariciar la cabeza de su amigo Galileo. Estaba tan lejos de todo lo que quería que por un momento creyó que nada valía la pena.

Para salir del laberinto mental giró sobre sus talones y observó el departamento sin saber que lo haría por última vez. No había quedado mal. Todavía faltaban libros, alfombras y una renovación de muebles. Más que nada de la cama. Le gustaban las camas grandes aunque sabía perfectamente que se duerme mejor en una cama chica. Es extraño. Pocos lo saben. Algunos lo sospechan, pero de todas maneras prefieren comprar una cama lo más grande posible como una muestra de algo que en realidad desnuda una inseguridad. Suelen justificar la decisión con la promesa de tener un mejor escenario para encuentros sexuales, sin embargo las estadísticas confirman que en el 90% de las veces la cama se utiliza simplemente para dormir y que en el 90% de los encuentros sexuales la cama muy grande no aporta ninguna ventaja. Incluso suele ser contraproducente porque provoca la sensación frustrante de estar desperdiciando territorio. Por eso se llama King, por la idea del ambicioso Rey deprimido que tenía un imperio donde nunca se ponía el sol, pero que no lo podía aprovechar.

Voynich volvió a medir con la vista al único ambiente del departamento y desechó por vigésima vez la idea de la cama enorme aunque en su fuero más íntimo estaba convencido de que esa noche con Juana podrían llegar a utilizar hasta el último centímetro de cualquier colchón.

“Enseguida nos poníamos de acuerdo” decía un verso de la canción que siempre cantaba cuando estaba esperando. Era su verso favorito por la simplicidad y profundidad de la idea. Es lo más difícil, ser sencillo y profundo. Los peces que habitan en lo más hondo del mar (donde no llega la luz del sol y la presión es infernal) no son sencillos.

Los peces que nadan cerca de la superficie no son complejos.

La estrofa de esa canción tan preciosa contaba que una de las virtudes de sus protagonistas  era que enseguida se ponían de acuerdo. El autor podía referirse a una pareja bailando o a cualquier cuestión cotidiana, pero en realidad hablaba de sexo.

Enseguida nos poníamos de acuerdo.

Voynich llenó dos tazas de café en el mismo momento que Juana salía del baño y le extendía el brazo dándole el teléfono.

  • Es para vos – le dijo.

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2 comentarios

  1. Amo las novelas donde el autor nos adelanta en una frase intrascendente un futuro caótico: «y observó el departamento sin saber que lo haría por última vez». Al estilo Stephen King. Quiero la maratón (o el maratón o como cuernos se diga).