LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 42

 EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA

Voynich tomó el teléfono confundido y antes de atender se lo apoyó en el pecho para preguntarle en voz baja a Juana quién era el que estaba llamando. Ella dio un paso atrás mirándolo con culpa mientras le hacía un gesto para que atendiera rápido. La situación era tan absurda que debía tener algún sentido.

Voynich negó con la cabeza, respiró profundo, supo que no tenía salida y respondió con cuidado.

  • Hola ¿Quién habla?
  • ¿Pero vos sos pelotudo? – se oyó del otro lado de la línea

Wilfrid reconoció la voz de inmediato y entonces su estado de desconcierto fue total.

  • ¿Anke?
  • ¡No! ¡Tu vieja en tanga!

Si, era Anke

El desconcertado cerebro de Voynich realizaba millones de cálculos por segundo tratando de entender qué era lo que estaba sucediendo.

  • ¿Cómo me encontraste? – alcanzó a preguntar sin salir del estupor
  • Antes vos respondeme una cosita: ¿Cómo mierda le vas a hacer la Retrotracción a un juez de la Corte Suprema?

Cada cosa que le decía la Canciller Alemana lo sumergía en una confusión aún mayor.

  • ¿Qué? Yo no sabía que era un juez de la Corte Suprema y además no tuve opción, lo hice por instinto – respondió el científico reconociendo que había hecho algo que no debía haber hecho.
  • ¡Cómo no vas a tener otra opción! Lo retrotrajiste para joderlo porque atacó a Juana, para eso lo hubieras matado directamente como a una rata, ahora pusiste todo el plan en peligro – le gritó ella con la furia de quién no tuvo una buena noche.
  • ¿Pero de qué plan me hablás, Anke? ¡Nosotros dos no tenemos ningún plan! – respondió el científico tratando de no levantar la voz

No era común ver a Voynich confundido y enojado, no solía pasar, lo hubieran disfrutado mucho sus enemigos e incluso algunos de sus amigos. Como Juana era la única espectadora, se sentó cómodamente en la primera fila a mirar la escena tomando café.

Retrotraer a una persona consiste en desmayar a alguien con una espantosa, precisa y prohibida técnica marcial que le borra a la víctima los recuerdos de su último año de vida. Es como si el cerebro al despertar recurriera al más reciente backup disponible y ese backup fuera de un año atrás. Esta práctica es mucho más que un castigo para el que la sufre porque en la mayoría de los casos jamás recupera esa información y equivale a haberle robado un año de vida. El Protocolo de Ginebra la abolió en 1925 y desde entonces está considerada ilegal en todo el mundo. Su enseñanza ha sido acorralada y los maestros que la llevan a cabo son perseguidos, encarcelados o incluso asesinados para evitar la transmisión de esta brutal herramienta que por su simpleza, su rapidez y su discreción, es considerada un arma imposible de controlar para las fuerzas de seguridad. Generalmente el que la lleva a cabo queda impune porque la víctima no lo reconoce y además porque no suele haber denuncia alguna ya que la justicia no puede probar el delito y en muchos casos ni siquiera entender que ha habido una agresión. Habitualmente se lo diagnostica como amnesia temporal, lapsus, brote psicótico o incluso ACV y solamente los que entienden de Retrotracción se dan cuenta de lo sucedido por las marcas específicas que quedan durante algunas pocas horas en el cuerpo de la víctima. Cuando esto ocurre se encienden las alarmas internacionales abriéndose de inmediato una investigación paralela y secreta para dar con el culpable, pero evitando al mismo que la opinión pública se entere de que existe un arma tan tremendamente poderosa al alcance de cualquiera ya que si se propaga podría generarse un caos a nivel mundial de dimensiones catastróficas. No es difícil de imaginar lo que ocurriría si todo el mundo pudiera generar este daño en cualquier persona con tanta sencillez y sin la más mínima posibilidad de ser reconocido por la víctima o de ser imputado por la justicia. Sencillamente nadie estaría a salvo en todo el planeta.

Sin embargo, por suerte hasta hoy, la condición y el precio que hay que asumir por aprender esta técnica es demasiado duro e innegociable ya que consiste en sufrirla en carne propia para evitar recordar quién fue el maestro. Todo aquel que la domina es porque ha perdido un año de su vida a cambio de ese conocimiento. Esta inteligente tradición fue la única forma que encontró la Retrotracción para evitar que sean delatados los que la enseñan. Esto ocurre sencillamente porque los alumnos olvidan quién les suministró ese conocimiento; solo se despertaron de un desmayo sin recordar el último año de su vida pero con esta peligrosa destreza adquirida en la memoria física, como si hubiesen aprendido a nadar, a andar en bicicleta o a tocar el piano.

No se sabe dónde la aprendió Wilfrid, ni quién se la enseñó (él tampoco, obviamente) pero posiblemente haya sido durante su último viaje a Nepal cuando ya había sido expulsado de la comunidad científica y andaba como bola sin manija pasado de drogas y de alcohol arrastrando su prestigio por los callejones del mundo. Nunca recordó las cosas que hizo ese año. Pero fueron muchas.

Anke decidió agilizar la conversación porque no tenían mucho tiempo, por lo tanto se dispuso a explicarle algunas cosas para evitar una sucesión interminable de preguntas en la comunicación.

Voynich volvió a observar a Juana, pero esta vez lo hizo sin disimulo, como si ya no le hiciera falta ocultar que deseaba mirarla y admirarla como a una obra de arte. Ella sonrió indiferente y recién entonces él entendió que nunca habían sido casuales sus encuentros, ni sus miradas, ni semejante revólver en la carterita.

  • ¿Cómo me encontraste, Anke? – preguntó el hombre recuperando un poco el habitual tono profundo de su voz

La Canciller hizo una pausa con suspiro y respondió con otra pregunta:

  • ¿Las naves van a volver?
  • Por supuesto – respondió Wilfrid sin dudarlo – es cuestión de tiempo… nadie viaja durante 12 años y medio para arrepentirse en los últimos días.
  • Estamos totalmente de acuerdo, incluso hay algunas novedades que deberías saber, pero para eso te necesitamos vivo y lejos de las garras de Rulfo. Como te imaginarás, desde hace algunas semanas te está buscando todo el mundo para matarte como a un perro, por eso te puse a Juana para que te cuide con discreción y para que me tenga al tanto sobre tu día a día. No hay mejor anzuelo para un hombre como vos que una muchacha bonita y aparentemente desamparada – Voynich miró a Juana con enfado y ella se encogió de hombros – igual no te hagas ilusiones – le advirtió Anke – a ella le gustan las mujeres más que a vos, no podrías llevarla a la cama ni aunque fueras el último hombre sobre la faz de la tierra.

Juana se sonreía detrás de la taza de café.

Voynich estaba herido en su amor propio aunque no lo demostraba en lo más mínimo, muy por el contrario, intentaba retomar la conversación sobre su búsqueda.

  • ¿Cómo me encontraste, Anke?
  • Bueno, esa es la parte más fácil… – el fastidio del científico iba en aumento – ¿Fuiste a San Martín de los Andes, no?
  • Si – contestó apenas el científico con vacilación
  • ¡Bingo! – gritó la Canciller (que además estaba jugando al póker online mientras conversaban) – mirá Wilfrid, si hay un lugar en el mundo donde Alemania tiene… como decirlo elegantemente… colaboradores… es en la Patagonia Argentina, en cada esquina, en cada grupo de personas, no tengas dudas. Y agradecele al cielo de que sea así porque de lo contrario ya estarías en Guantánamo o en la silla eléctrica.

De repente todas las piezas del rompecabezas estaban delante de los ojos del científico que a pesar de lo que escuchaba seguía pensando que si él fuera el último hombre sobre la faz de la Tierra Juana seguramente aceptaría tener sexo con él.

  • Y ahora tenemos que esconderte en otro lado hasta que lleguen las naves o hasta que bajen las alertas rojas de Interpol – continuó Anke – porque Rulfo y sus muchachos ya sabían que estabas por el barrio y sólo les faltaba ponerte el collar, pero ahora con la gran cagada que te mandaste con el hijo de mil puta del Juez de la Corte, se activaron también las alarmas de los caza Retrotracción, o sea, se juntaron las dos investigaciones y te tienen a vos y a Juana en las cámaras del lugar del hecho, por lo tanto es cuestión de minutos que lleguen hasta ahí. La conclusión es que se tienen que ir en este preciso instante y ojalá ya no sea tarde. Cuando salgan los va a estar esperando un taxi con una calco del Mundial 74 en el vidrio de atrás. Es un hombre nuestro, Juana lo conoce. Con él van a dar vueltas por la ciudad durante cinco o seis horas hasta que abra la galería y entonces, ahí sí, te vamos a meter en el Programa Migra. Ya está arreglado eso.

Voynich no salía de su asombro porque muchas veces había oído hablar del Programa Migra pero siempre había creído que se trataba de una leyenda urbana o de un proyecto de postguerra caído en desuso. Abrumado se volvió a apoyar el teléfono en el pecho y le hizo una última pregunta a Juana antes de salir.

  • ¿Y si yo fuera el último hombre sobre la faz de la Tierra?
  • Tampoco – contestó ella dulcemente.

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