LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 45

EL INFRAMUNDO DE LOS MANIQUÍES ABANDONADOS

Poco a poco, como en una danza que comienza enloquecida y se va ordenando con la música de la respiración, lo fueron llevando. Cada paso que daba era acompañado por sus escoltas en las sombras; silenciosos, temibles y precisos como una flecha mortal. 

En los primeros metros pudo haberse negado a continuar porque nadie lo estaba forzando, apenas lo trasladaban con una fuerza leve, natural y persuasiva que se parecía quizás a una invitación urgente. Voynich comprendió enseguida el espíritu del movimiento y se entregó como un ciego que confía en que ya no hay nada que valga la pena ver. 

Cerró los ojos y avanzó dejándose llevar.

No era su velorio – como le había dicho esa voz susurrante en el oído – era el trayecto hacia la tumba.

Atrás quedaba la cordura, la pared del espejo y los maniquíes sombríos. Nadie decía nada. 

A medida que avanzaban el ambiente cambiaba de densidad y ya no parecía ser tan pesado, ni tan quieto, ni con tanto olor a encierro. Incluso podía percibirse cierta leve y lejana circulación de aire que agradecía el pánico a morir ahogado.

El eco de los pasos de la comitiva era corto y firme porque estaban transitando pasadizos de superficies lisas y techos bajos en forma de cruces superpuestas. 

Recién cuando cierta claridad artificial comenzó a filtrarse a través de los párpados cerrados, Voynich abrió los ojos. Llevaban apenas cinco minutos caminando o tal vez diez o veinte. Todo era difícil de calcular sin referencias en ese patíbulo. 

Aquella ligera luminosidad le permitió reconocer una escalera angosta con escalones bajos y anchos por la cual descendieron setenta y seis peldaños hasta desembocar en una sala seca con viejas herramientas de trabajo abandonadas para siempre que brillaban en la media luz de su desesperante desintegración: Carretillas, palas, andamios, alambres, mezcladoras, vigas metálicas, etc. Si hubiera habido huesos de algún albañil muerto cien años atrás, nadie se hubiera sorprendido.

El individuo que encabezaba el grupo lo hacía algunos metros por delante del resto e indicaba cómo esquivar los objetos sin tropezar, con la precisa certeza de quien conoce muy bien ese trayecto absurdo.

No se oía una palabra mientras los relojes y las brújulas enloquecían en todas direcciones.

Voynich supuso que habían bajado por lo menos veinte o treinta metros ya que la presión atmosférica se hallaba modificada sustancialmente. En verdad era casi imposible de notar para cualquier persona normal, pero él se daba cuenta porque había pasado demasiado tiempo en el sótano de su búnker, que se encontraba en el sótano de su casa, que se encontraba en su propio sótano existencial. 

La primera luz real de la travesía fue azul, pero no azul cielo de final de cuento, sino un tétrico azul eléctrico similar al de los radiadores que se utilizan para matar insectos. Recién entonces Wilfrid pudo observar con detenimiento a sus acompañantes bajo ese índigo filtro fantasmagórico que los volvía aún más incomprensibles. Eran cinco. Uno iba al frente como guía, otro apenas un paso delante del científico, dos caminaban a su lado y el último cerraba la comitiva apoyándole con delicadeza la palma de la mano en la espalda sin empujar. Voynich creía que esta última figura era también la que le había susurrado lo del velorio. No podía saberlo, era apenas una intuición, pero siempre había confiado en su intuición y tenía razón.

Más tarde se detuvieron frente a un antiguo ascensor de principios de siglo que los estaba esperando con la puerta abierta y no quedaba otra opción que abordarlo. Uno a uno se fueron introduciendo en el habitáculo y Voynich quedó en medio de los cinco escoltas que en silencio cerraron la puerta tijera como si fuera el solemne cierre del ataúd. El científico hubiera apostado que bajarían muchísimos metros más, sin embargo el ascensor comenzó a subir. No fueron más de cuatro o cinco plantas, tal vez diez o veinte, no podía saberlo porque simplemente los pisos se sucedían sin divisiones en la opacidad de un hueco oscuro que olía a cemento viejo sin revocar. Cuando el elevador se detuvo bruscamente el guía volvió a abrir la puerta con esfuerzo y todos descendieron llevando a Wilfrid en medio del cardumen como a un prisionero peligroso o como a un tesoro. Esta vez el camino era distinto porque transitaban sobre un plano levemente inclinado y porque desde algún sitio se filtraba luz natural. Giraron varias veces hacia la izquierda y a la derecha como si fuera la exacta combinación de una caja fuerte. 

De pronto sintieron un repentino aleteo sobre sus cabezas, era el vuelo de una bandada de criaturas que podían ser pájaros, murciélagos o ángeles. Se fueron pronto, dejando un silencio difícil de escuchar.

Continuaron entonces avanzando hasta atravesar una antecámara repleta de trajes de época, disfraces de lujo e inquietantes máscaras de carnaval. Posteriormente ingresaron a una enorme sala con techos altísimos desde donde se oían cañerías de agua. Incluso se percibía un cierto vapor tibio que le hizo presumir a Wilfrid que se hallaban caminando por los ductos de calefacción del edificio, sin embargo, lo volvió a confundir el repentino sonido de un tren que cruzaba velozmente las entrañas de la tierra. Ya no sabía ni remotamente dónde estaban. Podían estar muy alto o muy bajo, muy lejos o muy cerca, muy vivos o muy muertos. 

El último tramo del trayecto los encontró frente a una aterradora pared con rejas, marcas y escritos inteligibles sobre su superficie. La rodearon sin tocarla hasta hallar tres pequeñas arcadas. Ingresaron por la del medio y salieron a un pasillo extremadamente angosto por el que solo cabía una persona a la vez. La fila se acomodó naturalmente y Voynich quedó en el cuarto lugar. Los muros ásperos del corredor rozaban los hombros al andar y el techo debía estar apenas a unos pocos centímetros por encima de ellos. Cualquier persona con claustrofobia hubiese muerto de un ataque de pánico en ese sitio porque a medida que avanzaban las paredes se iban acercando todavía más hasta formar un embudo en forma de grito. Un embudo sutil, casi imperceptible, pero tan asfixiante y estrecho, que obligaba a vaciar los pulmones y a aguantar sin respirar para cruzar el último tramo colocando el cuerpo de perfil con lo brazos pegados a los costados e inclinado un poco la cabeza para no golpearla contra el techo. Parecían objetos saliendo de una cinta de fábrica recién terminados.

Al emerger de esa ratonera mortal ya sólo quedaba el trecho concluyente. Nuevamente los escoltas se establecieron en sus ubicaciones como antes. 

A esta altura del viaje la claridad era cada vez mayor y los ojos comenzaban a diferenciar con certeza los sueños de las pesadillas. Al cabo de unos cuantos metros pasaron frente a una húmeda y añeja puerta de madera cerrada con candado desde donde emergía un inconfundible perfume a río que volvió a cambiar por completo la percepción de dónde se encontraban. Daba igual. No tenía sentido continuar analizando ese universo. Ya era indescifrable el mapa con tantos agregados. Lo único evidente era que se movían por las entrañas de alguna vieja, gigante y laberíntica construcción, edificada con una lógica propia, que prescindía de la luz porque confiaba en su razón.

Por fin una puerta giratoria en la penumbra (como el carrusel fantasma de una sola vuelta) era la salida del inframundo de los maniquíes abandonados.

Los topos dieron entonces un paso atrás como si hubieran terminado su trabajo y le indicaron que se introdujera en alguno de los siete huecos de la puerta.

Voynich se despidió de ellos con cierto cariño pero no obtuvo respuesta. De inmediato ingresó al círculo giratorio, apoyó las manos para mover la rueda, dio algunos pasos hacia adelante y algunos segundos después aparecieron ante sus ojos incrédulos, las imponentes y luminosas instalaciones del Programa Migra.

Nadie avanza en línea recta, es poéticamente imposible.

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6 comentarios

  1. Yo también te banco, pero cómo ingeniera quedé un rato en Loop con lo de “hueco oscuro que olía a cemento viejo sin revocar”. Ta, no se.