LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 55

EL TELÉFONO ROJO

Todos los habitantes del planeta se enteraron del arribo de las naves gracias al comunicado del Presidente de Estados Unidos declarando la guerra a los extraterrestres, de un instante a otro fueron en vano los esfuerzos de la ONU solicitándoles a todos los mandatarios del mundo que mantuvieran el secreto para evitar un caos en la población mundial. Sin embargo, y contrariamente a lo que históricamente todos creían, no hubo caos. La gente tomó la noticia casi con resignación. Un espíritu sombrío de velorio en Navidad recorrió las ciudades de todo el mundo. Era más tristeza que miedo lo que se sentía. Daba la sensación de que era más importante realizar el balance final de la vida hasta ese momento antes que correr a un supermercado para robar comida. Por supuesto todos miraban al cielo, como siempre habían hecho.

Era el lunes más triste de la historia.

Mientras tanto Rulfo ya estaba instalado en el búnker antinuclear acompañado por la plana mayor del Ejército recibiendo minuto a minuto la información precisa sobre el trayecto de las naves y con los códigos de lanzamiento listos para ser activados. Durante toda la mañana diversos líderes mundiales habían intentado comunicarse con él para convencerlo de cambiar su actitud pero ni siquiera los atendió.

Incluso algunos de los jefes militares presentes en el centro de operaciones le advirtieron sobre el enorme riesgo que conllevaba realizar un ataque nuclear a gran escala en el espacio exterior. Según las estimaciones de los especialistas, el combate debería realizarse lo más lejos posible de la atmósfera terrestre para evitar que la radiación afectase a la población, sin embargo existían muy pocos misiles capaces de trasladar el peso de las más grandes bombas nucleares hasta la altura necesaria, la mayoría de ellos llevarían cargas menores que buscarían dar en el blanco peligrosamente cerca de nuestro Planeta; eso sin contar que fueran interceptados y detonados por las fuerzas invasoras antes de cruzar la atmósfera, lo cual directamente sería una catástrofe inimaginable para los habitantes de la Tierra. Rulfo dijo que conocía los riesgos, pero que prefería afrontarlos antes que rendirse ante una civilización alienígena. Frente a esa respuesta los analistas fueron por otro lado y le hicieron saber que si fallaba en el ataque, los extraterrestres darían por sentado que no son bienvenidos y entonces podrían atacarnos sólo por haber sido agredidos aunque ese no hubiera sido el objetivo de la visita. Rulfo recurrió a dos viejos axiomas para contestar a estas advertencias: “La mejor defensa es un buen ataque“ y “El que pega primero, pega dos veces“.

Nadie se atrevió a responderle que sólo los muertos han visto el final de las guerras.

Posiblemente en la cabeza del Presidente de Estados Unidos la ecuación tenía que ver con un posible liderazgo a nivel planetario que obtendría si lograba una victoria frente a los visitantes ante la pasividad de las demás Naciones. Sin lugar a dudas un triunfo heroico en un campo de batalla extraño y ante una fuerza desconocida lo posicionaría a Rulfo en el puesto más importante de la historia, quizás a la altura de los grandes emperadores de la antigüedad o de los principales estadistas de la era moderna. El riesgo era enorme pero la recompensa aún mayor. 

A su madre fue a la única que atendió. La anciana le dio ánimo y le recordó una historia familiar de cuando su padre, Domenico, el abuelo de Rulfo, se había hecho de un nombre fuerte dentro de la mafia siciliana gracias a que una madrugada había atacado inesperadamente la residencia de una familia enemiga con la cual debía negociar la división de un territorio para comercializar productos. A la mañana siguiente ya no había enemigos, ni nada para negociar. 

Antes de cortar la madre le dijo que confiaba en él y que ella estaba segura de que era el hombre indicado para liderar a la humanidad. “Te amo, mamá“ le dijo Rulfo al despedirse y de inmediato echó del búnker a los que habían querido convencerlo de abortar el ataque. 

El teléfono rojo quedó descolgado.

Al mismo tiempo los científicos intentaban entablar una comunicación con las naves enviando mensajes de distinta índole en todas las frecuencias posibles y además disponiendo de cientos de radares y computadoras para recibir y decodificar cualquier señal que proviniese de la flota extraterrestre. El resultado fue nulo. Sentían que le estaban susurrando a una manada de búfalos salvajes que se les acercaban a toda velocidad.

Mientras tanto la ONU comenzaba su sesión de emergencia con la presencia de muchos presidentes pero también con varias ausencias ya que el intransigente comunicado de Rulfo había echado por tierra las posibilidades de una acción pacífica conjunta. De todos modos Clemencia Rodríguez, fiel a sus convicciones, les dio la bienvenida a los presentes sosteniendo la importancia de mantener la calma y el espíritu pacífico de la Organización. Acto seguido propuso redactar y firmar un documento en el cual todos se comprometían a no ejercer ningún tipo de hostilidad a los visitantes para no poner en un riesgo innecesario a la población hasta tener una certeza total sobre las intenciones de los extraterrestres. El documento fue firmado por todos los presentes y avalado por otros mandatarios a la distancia.

Desde el mismo recinto Clemencia intentó comunicarse con el Presidente de Estados Unidos para pedirle que recapacitara sobre su postura y para invitarlo a firmar el documento por la paz que acababan de constituir. Por supuesto que ella no era ingenua y esta actitud de prudencia que proponía no incluía una relajación militar, ni mucho menos, ya que la idea continuaba siendo la de mantener en alerta a las fuerzas bélicas de cada país por si fuera necesario que entrasen en acción ante el menor síntoma de agresión por parte de los visitantes. Rulfo no la atendió. 

Un silencio insostenible se expandió por el recinto de la ONU, no había mucho más para hacer. Si Estados Unidos atacaba preventivamente a las naves, el Documento por la Paz no tenía ningún sentido.

Clemencia Rodríguez propuso un cuarto intermedio pero la mayoría de los presidentes directamente regresaron a sus países para organizar a sus tropas y prepararse para la guerra. La noticia del fracaso del plan de paz solicitado por las Naciones Unidas cayó como un balde de agua fría en la tristeza de la población. Ahora no sólo sabían que llegarían miles de naves extraterrestres en tres días, sino también que se desataría de inmediato una guerra de proporciones inconmensurables. 

Los noticieros del mundo preparaban a la población para el desastre; la noticia ya no eran las naves, la noticia era la guerra.

La NASA ajustaba minuto a minuto sus cálculos y confirmaba que la flota alienígena continuaba disminuyendo la velocidad y que estaría entrando en la atmósfera terrestre al anochecer del miércoles 21 de diciembre horario de la Florida. Todavía era muy prematuro afirmarlo con certeza pero los observadores estimaban que la cantidad de naves que se aproximaban eran más de 10 mil y que no eran todas iguales. Había de distintas formas y de distintos tamaños.

“Más que una invasión parece una mudanza“ pensó el General Sanders al escuchar ese informe de la NASA. Harry permanecía en su puesto dentro del Pentágono porque ni siquiera había sido invitado al búnker por Rulfo quien lo consideraba un miembro del ‘ala blanda‘ y por eso desde su asunción lo había relegado a tareas administrativas sin injerencia en la política militar del país. Se trataba casi de un puesto simbólico en el que apenas se limitaba a organizar archivos, recibir visitas protocolares y atender llamadas burocráticas. Nadie hubiera pensado que ésa sería la decisión más inteligente que había tomado el Presidente de Estados Unidos ya que aquella tarde fue el propio General Harry Sanders quién atendió el teléfono. Era una llamada lejana, desde un número desconocido, a un teléfono que solo una persona podía llamar.

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3 comentarios

  1. Ya lo dijo el gran SKing: “Las grandes decisiones de nuestras vidas basculan sobre bisagras muy pequeñas”. O lo que es lo mismo “El equilibrio del mundo depende de cada pavada”.