LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 57

UN LINDO DÍA PARA SALIR

Aquel miércoles en el que llegaron Los Drépanos, Voynich fue despertado muy temprano por el anciano que lo había recibido en el Migra. Se lo notaba ansioso y apurado, por eso golpeaba insistentemente la puerta de la habitación de Wilfrid. El científico tardó en atender, no estaba solo.

Apenas entreabrió la puerta se encontró al viejo parado ahí con cara de susto:

–   Le enviaron un mensaje, señor… – le dijo mientras intentaba mirar disimuladamente hacia dentro del cuarto pero Voynich lo tapó con su propio cuerpo

–   ¿Un mensaje de quién? – preguntó el científico todavía un poco dormido

–   De su Garante, señor

–   Anke – susurró entonces Wilfrid comprendiendo en un instante la importancia de lo que estaba sucediendo. Fue entonces cuando miró con tristeza hacia donde estaba Diana todavía durmiendo.

–   Tiene usted, a partir de este momento… – dijo el anciano mirando su reloj de oro – una hora para decidir qué es lo quiere hacer.

Voynich cerró la puerta sin hacer ruido pero fue en vano, ella ya estaba despierta con los ojos llenos de lágrimas.

Cada vez que a algún ingresado del Migra le avisaban que había recibido un mensaje desde el exterior, la rutina del lugar se trastornaba por completo y el refugiado se encontraba frente a una encrucijada de dos caminos. La primera posibilidad era la de negarse a leer el recado y continuar con su vida dentro de la Organización como si nada hubiera pasado. En ese caso la correspondencia era destruida de inmediato sin ser leída por nadie. Esto generaba mucha incertidumbre en el destinatario porque durante los siguientes días o meses o años continuaba pensando en qué cosa le habrían querido avisar. Muchas veces se arrepentían cuando ya era tarde, quedándose en una especie de limbo melancólico hasta el fin de sus días.

La segunda posibilidad que tenían al recibir un mensaje, era la de aceptarlo. Si lo hacían, entonces automáticamente le entregaban la carta con la condición de que debían abandonar el Programa Migra y regresar a la calle de manera inmediata. Esto era una norma inquebrantable para todos porque la Organización no podía permitir que hubiese internos que tuviesen información sobre el exterior y los demás no.

Cada vez que alguien aceptaba recibir el mensaje, se despedía de todos antes de ir a leerlo porque una vez que lo hiciera ya no volvería a verlos. Era siempre una situación muy particular porque todos lo despedían mientras preparaba sus cosas para irse aún con la pesada incertidumbre de no saber qué diría el mensaje. Podían ser noticias buenas o noticias malas, pero sin lugar a dudas muy importantes, ya que de otro modo el Garante de cada uno de ellos en el exterior, no habría tomado la decisión de enviar el recado. Esta inquietud provocaba que la despedida sea muy extraña, era como si estuvieran en una estación saludando a alguien que no se sabe si se subirá a un tren de lujo o a un tren fantasma.

Diana estaba triste pero le decía que debía leer su mensaje y marcharse. Voynich, por supuesto, nunca dudó. El científico siempre había tenido un espíritu libre y de todos modos hubiera sido imposible que permaneciera demasiado tiempo ahí dentro, por más que afuera corriese peligro su vida.

Durante la siguiente hora se despidieron, se besaron, se miraron y se hicieron promesas imposibles de cumplir. Es que en muy poco tiempo habían recuperado aquella vieja conexión que siempre habían tenido y que excedía las paredes del MIGRA, las curvas del tiempo y los laberintos de la razón.

Cuando el viejo regresó con el plazo cumplido para conocer la decisión que Wilfrid había tomado, fue Diana la encargada de abrir la puerta para decirle que Voynich había aceptado. No hizo falta que el anciano corroborara la respuesta con el científico, los ojos de la Jirafa Azul lo petrificaban desde las alturas. El hombre agachó la cabeza y antes de retirarse a toda carrera, confirmó que se encargaría de los trámites para la salida. 

Diana sonrió, le dijo a Wilfrid que se preparara tranquilo para dejar el Migra y se marchó a su habitación. El científico se dispuso a juntar sus pocas pertenencias como si se acabaran las vacaciones. No tenía nada.

Pasado el mediodía Diana regresó con un regalo y con una historia.

El regalo era un dibujo realizado por ella, lo traía enrollado y se lo entregó sin decir nada. A Voynich se le fue transformando la cara cuando vio la imagen. Era el mismo cuadro con los dos círculos enlazados por fuera que él tenía en su búnker de la isla. 

  • La Corona Británica tiene un cuadro igual a este dibujo en su museo privado desde los años de la conquista, solamente los integrantes de la familia Real saben de su existencia. Ahora también lo sabés vos. Te voy a extrañar.

Wilfrid no podía hablar.

El último beso nunca es el último. Pero se besaron como si lo fuera. Luego se dijeron adiós como si volvieran a verse al día siguiente y ella desapareció por los pasillos del Migra llevando su máscara de Jirafa en la mano.

Al cabo de un rato regresó el anciano y trasladó al científico hasta la oficina de salida. En ese recinto con techos altos y escritorio antiguo de madera pesada, Voynich firmó algunos papeles aceptando leer su mensaje, abandonar las instalaciones del Migra y comprometiéndose a no divulgar absolutamente nada sobre la organización. Hoja por hoja fue garabateando sin leer y con distintas firmas. En verdad nunca había tenido una única firma que siempre le saliera igual. Acto seguido el viejo destruyó el legajo de Wilfrid en una máquina de picar papel y durante largos minutos estuvo tecleando en una computadora vieja. Luego lo llevó hasta una ventanilla baja que impedía ver el rostro de quién estaba del otro lado, y desde ahí le devolvieron sus documentos, algo de dinero y le entregaron el sobre con el mensaje de Anke.

Voynich se sentó en una silla de terciopelo rojo debajo de una lámpara de pie para leerlo. Eran pocos renglones pero muy claros. Le contaba que había aparecido con vida el Presidente Bronson y que por lo tanto él ya era un hombre libre, pero que ese mismo miércoles al anochecer llegarían las naves, por lo tanto lo invitaba a dar el discurso de bienvenida a Los Drépanos en un acto desde el Planetario de Buenos Aires para retransmitirlo a todo el mundo. En la postdata le aclaraba que fuera tranquilo porque ahí lo estarían esperando.

Voynich miró al viejo que se moría de ganas por saber lo que decía el mensaje y se comió el papel con una sonrisa sin quitarle los ojos de encima al anciano que no lo podía creer.

  • Vamos nomás – dijo el científico poniéndose de pie – ¿Cómo salgo de este delirio?
  • Por la puerta – respondió el viejo fastidiado. 

Nunca llegaron a tener una buena relación.

Ya no había Topos, ni ascensores, ni escaleras,ni túneles, ni salidas secretas detrás de un espejo. Simplemente lo condujeron hasta una pequeña puerta que daba a la peatonal Florida donde cientos y cientos de personas caminaban apurados aquél día tan importante para la humanidad. El viejo sacó una gruesa llave plateada, la introdujo en la cerradura y apenas accionó el picaporte para dejarlo salir, se oyó desde adentro la voz de una mujer entre ruidos de tacos que se acercaban a toda carrera: “Es un lindo día para salir“ 

Diana y Voynich se abrazaron, se tomaron de la mano y se fueron.

El viejo se quedó asomado desde la entrada y los vio perderse entre la gente. Ella con lentes negros y sombrero; él mirando hacia arriba. Quién lo hubiera imaginado…

A esa hora los alrededores del Planetario ya era un mundo de gente. Aparecían personas por todas partes bebiendo, cantando y observando el cielo con binoculares. La ansiedad iba en aumento. El escenario recién se había terminado de montar y los técnicos probaban los micrófonos que todavía acoplaban. Los periodistas entrevistaban a todos los presentes que se cruzaban mientras las cámaras de la transmisión oficial se colocaban en sitios estratégicos junto a los móviles de los canales. Decenas de puestos de comida se habían emplazado por todos los sectores mezclados entre telescopios que apuntaban al firmamento y familias que hacían picnics con manteles en el suelo. 

En algún momento comenzó a cantar el primero de los artistas que estaban en la grilla, era el cantautor español Goyo Parasiempre que aprovechando la gira por Argentina de los “Jóvenes por el Universo“ se había anotado para participar del festival de bienvenida a Los Drépanos. Se enojó un poco porque lo hicieron cantar primero cuando todavía no había demasiada gente, pero no le quedó otra opción. Un técnico que estaba nervioso por la llegada de los extraterrestres lo insultó y le dijo que si no subía le partía la guitarra en la cabeza. Subió. El público lo aplaudió como si fuera una estrella mundial, la locura era total. Goyo anunció feliz que cantaría “El himno marciano“ que había compuesto en el avión y entonces la pequeña multitud estalló en aplausos. A la segunda estrofa se distrajeron señalando unas nubes raras que resultaron ser nubes nomás. Ya nunca recuperó la atención de los presentes por más que cantó todos sus hits desconocidos. Lo bajaron.

Mientras tanto Diana y Voynich caminaban por el centro de Buenos Aires indiferentes a las personas que se cruzaban apuradas. Ellos miraban vidrieras, se reían de todo, se besaban en cada semáforo y se compraron dos panchos con papitas en Corrientes y Libertad porque tenían hambre.

Recién a media tarde decidieron enfilar hacia el Planetario. Preguntaron en un kiosco de revistas cómo podían llegar hasta allá y les indicaron que se tomaran el Subte D en Tribunales rumbo a Congreso de Tucumán y que se bajaran en Plaza Italia. Eso hicieron. Los vagones iban repletos y a ellos no les importaba nada. Estaban felices como si acabaran de nacer de nuevo. Ella detrás de los lentes negros y el sombrero era absolutamente irreconocible para cualquiera, sobre todo porque la creían muerta desde hacía 25 años. 

No hizo falta estar muy atentos al paso de las estaciones ya que cuando llegaron a Plaza Italia se bajó todo el mundo, y ellos también. Ya era casi de noche. La gente caminaba chocándose las cosas por mirar hacia arriba. El tránsito era un caos y ya desde lejos se oía la música proveniente del escenario junto al Planetario. La procesión por la Avenida Sarmiento era gigante. No había autos, todo estaba cortado. Solo cientos y cientos de personas caminaban lentamente hacia el punto de encuentro. Tardaron mucho en llegar y era difícil acercase al escenario. De todos modos fueron haciéndose un lugar hasta uno de los puestos de información donde Voynich se anunció y le dijeron que su participación recién estaba prevista para las 9 de la noche. Faltaban casi dos horas. Minutos después el lugar parecía un hormiguero. Ya era imposible dar un paso entre tantas personas agolpadas. Voynich miraba el cielo y Diana miraba a la gente. Ahora en el escenario estaba haciendo su presentación la estrella internacional de la noche, el querido rapero estadounidense Little Lobster con su traje espacial acorde a la situación, y su alto peinado afro. 

De pronto Wilfrid vio por el rabillo del ojo como algo se acercaba a él por sobre las cabezas de la gente, era una criatura verde, con pico y plumas que volaba a toda velocidad gritando eufórico de alegría. ¡Era Galileo!

Se dieron un abrazo tan fuerte que algunas plumas verdes quedaron flotando en el aire cayendo lentamente. El pobre loro estaba tan contento que no le salían las palabras. “No puedo creer que hayas venido, querido amigo“ le decía Voynich mientras el pájaro le refregaba el pico por el rostro parado sobre su hombro, sin embargo, de repente, Galileo se quedó paralizado al ver a Diana. La miraba embelesado como no la había mirado nadie en muchísimo tiempo. Ella se dio cuenta y le sonrió dulcemente. Entonces el pájaro le hizo con su ala derecha la reverencia que se le hacen a las reinas. Ella agradeció con un leve movimiento de cabeza, le dio un beso a Voynich y sin decir una palabra, la mujer se perdió para siempre entre la multitud.

No dijeron nada, guardaron el secreto entre los dos.

Pocos segundos después llegaron Mut, Keiko, Alexandra, Soya y el General Sanders. Los abrazos y los besos se multiplicaron. Había muchísimo por decir pero era casi imposible hablar entre la música, los gritos y la euforia. De todos modos durante un rato largo conversaron a los gritos y le contaron a Voynich todo lo que había pasado en los últimos días. Minutos después el General Sanders recibió una llamada y le pasó el teléfono al científico, era Anke. 

  • Me tomé el atrevimiento de llevarte a tu familia, Wilfrid, espero que no te moleste – le dijo la Canciller Alemana
  • Gracias por todo, Anke – respondió el científico – sos una de mis personas favoritas y sabés que te quiero mucho
  • No me vas a hacer emocionar, pelotudo – contestó ella – tengo prohibido llorar, así que callate…

Se rieron y cortaron.

Se acercaba la hora de la llegada y a lo lejos ya se comenzaban a divisar las primeras luces drépanas. Junto a Voynich, las chicas y el General Sanders había un pequeño perro que ladraba enloquecido al cielo como si quisiera que lo suelten para enfrentarse a las naves él solo. Lo sostenía con firmeza una nena de apenas 2 años que estaba acompañada por una joven mujer y por un hombre. Keiko miró a la nena con una sonrisa y la felicitó por tener tanta fuerza como para que no se le escapara la mascota enardecida. “¿Cómo se llama tu perrito?“ le preguntó cariñosamente Keiko a la nena. “Lunita“ respondió ella sosteniéndolo con más firmeza.

La noche ya no era tan oscura.

Inmediatamente Voynich fue llamado a dar su discurso. Con un gran esfuerzo caminó entre la gente y se subió al escenario. Recién entonces se dio cuenta de que no había pensado qué decir. Tantos años esperando ese momento y de repente estaba en blanco. Eran demasiadas emociones juntas. Entonces en lugar de hablar, caminó hasta el piano y la señaló a Mut desde arriba. A ella no le hizo falta empujar a nadie, la multitud se abría a su paso absortos por la belleza de la muchacha. Voynich comenzó a tocar los primeros acordes de “Take me home, country roads“, aquella canción que habían cantado en el búnker de la isla al comenzar todo esto. La voz de Mut ahora volaba dulcemente sobre una multitud hipnotizada, los versos parecían haber sido escritos para la ocasión “la vida es vieja… más vieja que los árboles… llévame a casa… al lugar que pertenezco“

En ese momento, miles y miles de naves con luces de colores atravesaban lentamente la atmósfera terrestre ante el asombro y los aplausos de toda la humanidad.

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3 comentarios

  1. Gran final. Excelente recuerdo y homenaje para John Denver… Country roads… Take me Home.. to the place, I belong… ,🎶🎶

  2. Hubiera jurado que la perra se llamaba Murga jeje

    Hermoso el cierre de esta primera parte, quedo ansioso por saber que pasa!

    Felicidades gente, que tengan un gran año!