LOS DRÉPANOS – CAPÍTULO 7

LIBROS RAROS

Antes de que pudieran abandonar la playa, la lluvia helada comenzó a caer tan fuertemente que el golpe de las gotas contra los cuerpos desnudos dolían como si fueran piedras. Y también caían piedras. 

El huracán Lisa se había precipitado repentinamente sobre la isla San Salvador sin darle tiempo a nadie para prepararse. La arena se clavaba en los ojos como agujas y los cuerpos eran empujados por el viento que llegaba del mar con una fuerza brutal.

Voynich en medio de los gritos comenzó a correr alejándose de la playa y les pidió a todos que lo siguieran rumbo a un refugio. Los hombres y mujeres del Comité de Crisis se enfilaron detrás de él en medio del caos que los obligaba a entrecerrar los ojos, agachar el cuerpo para poder avanzar en el remolino y protegerse como pudieran para evitar ser golpeados por los objetos que empezaban a volar descontroladamente por todas partes. Sin embargo Voynich parecía feliz, corría moviendo los brazos en alto con una sonrisa como si quisiera acariciar la lluvia que caía sobre su cabeza. Al llegar al asfalto el grupo se dividió en dos, mejor dicho, en tres. Algunos se fueron detrás de Voynich, otros alcanzaron la combi que estaba estacionada a más o menos 50 metros y en medio del caos y la confusión el Presidente de EEUU fue embolsado por el viento que lo levantó del suelo un par de metros llevándolo a un destino incierto, junto a sombrillas, hojas de palmeras y otros objetos absurdos. El grupo de la combi creyó que el Presidente estaba con el grupo de Voynich, mientras que el grupo de Voynich creyó que estaba con el grupo de la combi. 

Algunos de los integrantes del Comité de Crisis lograron introducirse en el vehículo que los había trasladado desde el hotel hasta la playa. Ahí los esperaba el chofer muy asustado. El primero en subir, como siempre, fue el ruso, detrás de él lo hizo el chino que venía caminando muy tranquilo mirándose las manos como un bebé y por último el Agregado Cultural de Israel llorando. 

  • ¿Son solamente ustedes? – preguntó sorprendido el chofer girando sobre su asiento con el rostro desencajado mientras los contaba una y otra vez
  • Sí, sí – contestó velozmente el israelí – nosotros 3. Vayamos rápido al hotel que los demás se fueron al refugio de Voynich…

Afuera, detrás de los vidrios blindados del vehículo el panorama era desolador.

  • Quizás deberíamos esperar un poco por si llega alguno más – terció sin mucha convicción el ruso, mirando azorado a la playa desierta bajo la lluvia infernal entre remolinos de viento y palmeras que se contorsionaban como si sufrieran un dolor incontenible.

Esperaron 15 segundos en silencio y luego arrancaron a toda velocidad mientras el mar desbordado los perseguía muy de cerca.

El grupo de Voynich corrió desesperadamente durante casi 300 metros hasta llegar al hogar del científico. Se trataba de una magnífica y lujosa mansión de tres plantas que se alzaba tras una ancha escalinata de piedra que emergía entre dos filas de vegetación y estatuas renacentistas. Los tres amplios ventanales del piso superior correspondían a las habitaciones principales con sus respectivos y enormes balcones con reposeras modernas, mesa de té y camas de tela colgantes.

Apenas los vio llegar les abrió la puerta una de sus 4 compañeras, era Keiko, la joven japonesa que llevaba puesto un kimono negro estampado con flores rosas y verdes que solía ser la encargada de recibir a las visitas en circunstancias más normales.  Los movimientos de la chica oriental eran tan suaves y elegantes que daba la sensación de que se desplazaba flotando a unos centímetros del suelo. 

A medida que los empapados y agitados huéspedes ingresaban a la mansión Keiko les iba entregando una bata blanca seca y una toalla perfumada mientras le hacía una reverencia.

Así fue como Geraldine, el Cónsul, la Canciller alemana, el General Sanders y el Director de la NASA se fueron vistiendo con las batas blancas mientras tomaban la toalla para secarse el cabello y agradecían con un gesto amable la reverencia de bienvenida que les hacía la chica japonesa, salvo el Cónsul que además la abrazó y le devolvió la bata como agradecimiento.

Voynich, como buen anfitrión, se quedó en la puerta hasta que ingresó el último de los visitantes y se mantuvo estoico bajo la feroz tormenta sosteniendo sobre el hombro derecho a su loro Galileo que había salido a recibirlo pese a que el viento le volaba las plumas:

  • Bienvenido, bienvenido, bienvenido – les iba diciendo el pájaro a medida que ingresaban, menos al general Sanders a quien insultó sin que el general se diera cuenta.

Cuando todos estuvieron dentro de la mansión, Keiko cerró la puerta con esfuerzo y comenzó a trabar las ventanas que parecían ya no soportar la embestida del huracán Lisa. 

  • No sabía que los científicos ganaban tanto dinero – dijo irónicamente el hombre de la NASA mientras observaba con sorpresa la lujosa mansión de Voynich
  • Bueno, como ustedes bien saben he ganado bastante dinero mientras estuve en actividad como científico respetado – respondió Voynich con altura – luego me expulsaron sin motivo y tuve que buscar otra forma de vida
  • ¿Albañil? – preguntó con sorna el director de la NASA
  • Te sorprenderías con mis habilidades ocultas, pero la verdad es que no soy albañil aunque me hubiera gustado… nosotros vivimos hace muchos años de la lotería
  • ¿De la lotería? – preguntó Geraldine mientras intentaba inútilmente acomodarle las plumas a Galileo que parecía sonreírle y coquetearle
  • Si, de la lotería y de algunas inversiones – confirmó Voynich
  • ¿Te ganaste la lotería? – exclamó el Cónsul – ¡No sabía! ¡Felicitaciones!
  • ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! – explotó en una carcajada el científico mientras se dejaba caer en el mullido sillón de cuero azul que cruzaba el salón de punta a punta – Key querida… ¿Cuántas veces hemos ganado la lotería?

La japonesa cerró los ojos durante algunos segundos como si quisiera hacer memoria hasta que respondió con su tímida y suave voz:

  • Más de 500 veces, mi amor 

Era tan absurdo que debía ser cierto.

  • Es imposible – arriesgó sin convicción el hombre de la NASA
  • Bueno, permítame contradecirlo, señor. Las leyes de la física dicen que es imposible que las abejas puedan volar porque sus alas son demasiado pequeñas para sostener a sus enormes cuerpos, sin embargo como ellas no entienden de física… vuelan – respondió Voynich mirando a su loro que se divertía con la respuesta del científico
  • Yo tengo mala suerte y nunca me gané nada – dijo Gerladine haciendo trompita con los labios en flor – me vendría bien ganar la lotería alguna vez
  • No es tan difícil, señorita, se trata solamente de analizar probabilidades, idear un sistema informático que compre automáticamente todos los días miles de boletos de lotería en casi 200 países desde varias computadoras conectadas a Internet y por supuesto tener un poco de suerte. Cada vez que salimos favorecidos en cualquier sorteo de cualquier parte del mundo por grande o chico que sea, el dinero del premio se cambia a dólares y se acredita automáticamente en las cuentas de la empresa que tenemos con las chicas acá en la isla.

Keiko trajo té rojo y varias piezas de repostería.

  • ¿Qué empresa? – preguntó el Cónsul como si en algo pudiera verse favorecido mientras se quemaba con el té.
  • Una librería – contestó alegremente el científico mientras le agradecía a la chica japonesa por lo que había traído – me gustan los libros raros, los demás creo que ya los leí a todos. Me gustan tanto los libros raros que pusimos una librería con las chicas y la verdad es que no vendemos mucho, más bien no vendemos nada, sin embargo la empresa funciona muy bien… 
  • No puede ser verdad – balbuceó el hombre de la NASA
  • Te cerró el orto – le dijo la Canciller Alemana mientras masticaba despreocupada un bocadito de chocolate y crema.
  • Así es – continuó Voynich – el sistema ideado para vivir de la lotería funciona solo. No tenemos que hacer absolutamente nada más que vivir haciendo lo que nos gusta. Esas pobres computadoras tienen una existencia muy agitada porque juegan solas a todo tipo de sorteos día y noche como adictas enfermas y depositan constantemente una parte de las ganancias en las cuentas de nuestra librería e invierten otras partes en acciones, criptomonedas y bienes raíces como si fueran brokers superdotados y cocainómanos que no descansan jamás, ni necesitan dormir. Nada especial. Una vez por semana las chicas van al banco a retirar dólares para hacer sus compras o realizar sus viajes mientras que Galileo y yo vivimos de manera muy austera porque solo gastamos en comida y libros.

El hombre de la NASA miró al loro con el mismo desprecio que había mirado a Voynich toda la vida.

  • Es muy fácil vivir austeramente cuando uno es millonario – susurró con bastante razón.

Fue entonces cuando el científico se incorporó de un salto y les pidió que lo acompañaran al piso de arriba para mostrarles algo. Mientras subían las escaleras se oía como el viento azotaba cada vez con más furia las paredes de la mansión  y entonces Voynich les dijo que en pocos minutos deberían ir al bunker pero que antes quería mostrarles algo para concluir con el asunto del dinero.

Al llegar al enorme ventanal del piso superior les pidió a sus visitantes que observaran con atención la belleza del mar y de la playa.

Todos hicieron caso esperando ver algo que no habían visto.

  • Me gustan las Bahamas porque es un paraíso – dijo el científico respirando profundo y abriendo los brazos de par en par como si quisiera abrazar a la naturaleza – un paraíso fiscal – aclaró.

Paralelamente en Tenerife la contraoferta que le hicieron al Cheba desde Televisión Canaria en lugar de los 10.000 euros que había solicitado por la exclusiva de su entrevista fue solamente de 300 euros. Aceptó.

Llegó nervioso al canal vestido con el traje que sólo usaba en los casamientos y pidió cobrar por adelantado. La productora que lo había llamado le dio el dinero en un sobre y le explicó que no acostumbraban a pagarle a los invitados pero que en su caso harían una excepción debido a que se trataba de un hecho que afectaba a la seguridad nacional y que por eso pasarían esos honorarios como viáticos de traslado. El Cheba ni la escuchó porque estaba contando los billetes y no le importaba la explicación.

Minutos después lo llevaron a la sala de maquillaje donde sólo se dejó cubrir un poco las ojeras, y enseguida durante un corte comercial, lo trasladaron al set donde le presentaron al conductor y lo sentaron delante de las cámaras contra el decorado que tantas veces había visto desde su casa. Instintivamente tocaba tenso cada diez segundos por encima del pantalón el sobre con los euros en su bolsillo. Antes de salir al aire le acercaron un vaso de agua que se lo tomó por completo sin respirar. 

“Cinco, cuatro, tres, dos… salimos”

  • Bueno, hoy tenemos una entrevista muy especial – anunció el conductor del noticiero antes de que enfocaran al Cheba – tiene que ver con un hecho que involucra directamente al Observatorio de Izaña y que sin dudas puede convertirse en una noticia mundial. Según hemos sabido por distintas fuentes extraoficiales esta semana se habrían divisado a través de los telescopios espaciales unos objetos realmente extraños que se aproximan a la Tierra desde el espacio exterior. Por eso hoy en nuestros estudios tenemos la presencia de José Manuel Sánchez de la Higuera, más conocido como El Cheba que trabaja en el sector de limpieza del Observatorio y que ha sido el primero en enterarse y el único hasta ahora en difundir esta alarmante noticia. Buenos días, José Manuel
  • Buenos días no – respondió el Cheba mirando a cámara en lugar de mirar a su entrevistador – ya no habrá buenos días para nadie
  • Por favor, no asustes a nuestra audiencia – lo interrumpió sobresaltado el conductor – ¿A qué te refieres con lo que estás diciendo?

El Cheba tomó aire y supo que en esos próximos segundos se jugaría sus siguientes años de vida así que decidió poner toda la carne en el asador.

  • Mira, Javier
  • Francisco – lo corrigió el conductor
  • Me presionaron con todo tipo de artimañas, me prometieron un ascenso bestial y luego me ofrecieron muchísimo dinero para que no contara todo lo que sé, sin embargo, me negué porque la dignidad no tiene precio. Fue entonces que amenazaron a mi familia para que hiciera silencio… ¡Pero no hay silencio que pueda callar la verdad! – dijo en un grito emocionado y empezó a aplaudir solo obligando con la mirada al conductor y a todos los que estaban detrás de cámaras a que lo acompañaran con el aplauso –  Yo apenas soy un hombre común que tiene dignidad como cualquiera de ustedes – continuó emocionado – pero el destino me colocó en un lugar crucial de la historia, por eso estoy acá, para decirle a la población que desde hace 3 días los líderes más importantes del planeta ocultan que miles de naves extraterrestres se aproximan a la tierra a toda velocidad.

El conductor se sobresaltó en su silla y miró consternado fuera de cámara sin saber cómo debía reaccionar.

  • ¿Pero qué dices, Cheba? Estás poniendo nervioso a todo el mundo
  • Que vienen a aniquilarnos, Javier
  • Francisco
  • Debemos prepararnos para lo peor, de lo peor, de lo peor – y se quedó en silencio mirando cámara por varios segundos sin moverse y sin pestañear.

El rating del noticiero subía como nunca en la historia.

  • ¿Y qué más puedes decirnos, José? – intentó hacerlo volver en sí el conductor tocándolo en el brazo para que reaccionara

El Cheba se sobresaltó y decidió ir por todo

  • Tengo mucho, pero mucho más para decir, pero si quieren que siga hablando necesito sacar a mi familia de Tenerife y llevarla al continente para protegerla. Hoy ni siquiera tengo dinero para el viaje y la cuenta regresiva le está pisando los talones a la humanidad. Por favor ayúdenme – dijo mirando a cámara con los ojos llenos de lágrimas y la voz quebrada – ayúdenme… soy la única oportunidad que tienen para conocer la terrible verdad.

Se paró y salió de cámara sin mirar atrás.

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