LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 9

ESPAÑOL, CATÓLICO Y ANTIEXTRATERRESTRE

“A veces sólo hace falta un gesto inocente para revelar un secreto asombroso, a veces sólo hace falta una persona cualquiera para convertirlo en alguien especial”

Cuando el Cheba salió del estudio de Televisión Canaria ya había personas en las redes sociales pidiendo que no lo silenciaran porque la ciudadanía merecía conocer la verdad y no estaba dispuesta a que la siguieran engañando. En realidad nadie lo había silenciado, al contrario, le habían ofrecido una entrevista en un canal abierto para que dijera absolutamente lo que quisiera y así lo hizo, sin embargo, había quedado la sensación de lo contrario. Esto se agigantó cuando en la vereda del canal lo entrevistaron desde una radio local y el Cheba llorando contó al aire que se acababa de enterar de que lo habían echado del trabajo por revelar la información secreta sobre la llegada de una flota extraterrestre. También agregó, siempre llorando, que ya no iba a tener dinero para alimentar a sus hijos y que seguramente se quedaría en la calle porque ya no podría pagar el alquiler de su vivienda. De todos modos, aclaró, que si ése era el precio que debía pagar por tener dignidad lo iba a pagar como un buen ciudadano español, católico y antiextraterrestre. 

En menos de una hora el Observatorio del Teide publicó un apurado comunicado desmintiendo oficialmente las aseveraciones del Cheba y por supuesto negando haberlo echado de su puesto de trabajo. Pero ya era tarde porque nadie lo creyó. Al contrario. La desmentida parecía amplificar sus dichos y dotarlos de una veracidad que para algunos podía faltarle. Visto a la distancia tal vez el Observatorio no debió en aquel momento haber desmentido nada, sino simplemente dejarlo pasar como si fueran dichos de un lunático y al lunes siguiente enviarle un telegrama de despido por calumnias o mal desempeño en sus funciones. Pero como había mucho de verdad en lo que estaba diciendo el Cheba sintieron cierta culpa y se vieron en la obligación de emitir ese fallido comunicado que acabó por validarlo.

Tras la entrevista con la emisora se subió a la furgoneta para dirigirse a su casa donde esta vez lo esperaba demasiada gente en la puerta. Ya no eran solamente aquellos vecinos alarmados sino ciudadanos comunes desesperados y también algunos grupos organizados que sostenían todo tipo de teorías conspirativas desde hacía muchos años y que lo único que necesitaban era alguien que los representara de una buena vez por todas. Un hombre común, trabajador, honesto y perseguido. Ese no era el Cheba, pero lo eligieron igual. 

A veces pasa.

Mientras manejaba nervioso su teléfono no dejaba de sonar. La mayoría eran números desconocidos entre llamadas de María y del Observatorio. Fue entonces cuando recordó una anécdota que siempre le había llamado la atención: Hace muchos años, antes de que existiera la telefonía celular, había un músico muy, pero muy famoso, al que le sonaba el teléfono fijo de su casa constantemente. Día y noche sin parar. Fans, periodistas, vendedores, traficantes, familiares, amantes, amigos, representantes, etc. Era realmente imposible atender a todos y al mismo tiempo no era sencillo en aquellos años cambiar de número telefónico. Lo había hecho en un par de oportunidades pero al cabo de un año su nuevo número volvía a filtrarse en todas las agendas y la rueda imposible volvía a girar. La decisión final que tomó aquel músico no fue la de descolgar el teléfono para dejarlo en un infinito tono de ocupado sino bajarle el volumen totalmente. Desde ese momento cada vez que caminaba por su casa de la cama al living, observaba el aparato y sabía que estaba sonando aunque estuviera en absoluto silencio. Cuando tenía ganas de hablar, o estaba aburrido, simplemente levantaba el tubo y siempre encontraba alguna voz del otro lado de la línea.

El Cheba hizo lo mismo. Durante el viaje desde el canal a su casa atendió al azar solamente a dos números desconocidos. El primero fue el llamado de una periodista del periódico local a la que le contó su historia con algunos detalles extras como que los extraterrestres eran un poco más altos que los seres humanos pero más flacos y en segundo lugar atendió a un productor de Cadena Ser que le ofreció salir en directo para toda España en ese mismo momento. El Cheba aceptó fingiendo resignación y durante casi veinte minutos aprovechó para victimizarse continuamente, despotricar contra el Observatorio y también contra los gobiernos del mundo que según su parecer le estaban escondiendo información a los ciudadanos como si fueran niños en Nochebuena. Luego casi a los gritos dijo que la llegada de los extraterrestres estaba marcando el trágico final de un tiempo oscuro y que a partir de ahora las cosas serían diferentes. Que nunca más un político corrupto iba a meterse en las vidas de las familias trabajadoras, que la gente común debería tener el verdadero poder, que él mismo estaba dispuesto a poner el pecho e incluso inmolarse con tal de que la verdad triunfe y además le pidió a la población que fueran libres porque lo demás no importaba. Sobre el final del reportaje, donde se negó a adelantar el aspecto físico de los visitantes pero dejó entrever que caminaban en dos patas, le exigió al Rey que por favor se hiciera cargo personalmente de su seguridad y sentenció que si él aparecía muerto todo el mundo debía saber que no se había suicidado, ni pasado de coca, porque le sobraban ganas de vivir y de contar “la verdad verdadera”. Cuando le preguntaron si sabía para qué venían los extraterrestres a la Tierra, el Cheba hizo un silencio aterrador que paralizó los corazones de toda España y luego respondió con el tono más solemne que pudo: Todavía no están preparados para saberlo.

Al llegar a su casa vio la muchedumbre que lo esperaba y decidió estacionar dos calles antes para llamar a su mujer. María lo atendió agitada y a los gritos, le dijo que estaba loco, que ella lo conocía bien y sabía que estaba mintiendo, que por favor dejara de lado esta estupidez, que dijera que se había confundido, que se había olvidado de tomar las pastillas, que tratara de recuperar el trabajo en el Observatorio, que pensara en sus hijos, que era un imbécil y que por sobre todas las cosas le pidiera perdón al Rey.

El Cheba cortó la llamada, puso el volumen del teléfono en cero, encendió un cigarrillo, se miró en el espejo retrovisor, sonrió satisfecho, arrancó la furgoneta y enfiló hacia el aeropuerto de La Laguna. 

Al llegar sacó un pasaje hacia Madrid y esa misma tarde aterrizó en Barajas con lo puesto.

La fiel furgoneta quedó abandonada para siempre en el estacionamiento del aeropuerto como una novia que no supimos querer.

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