LOS DRÉPANOS: CAPÍTULO 21

LAS CALLES DE LA INOCENCIA

Las palabras de Wilfrid Voynich quedaron flotando en el aire como una nube de pánico irrespirable. Los relojes de la Tierra se detuvieron en punto.  De inmediato pidieron la palabra desesperadamente un centenar de presidentes a la vez. Todos querían realizarle alguna pregunta – o algún reclamo – al científico que de pronto se había quedado callado y apoyado sobre el respaldo de su silla dejando el micrófono en su pequeño escritorio como si hubiera cruzado los cubiertos sobre el plato después de comer.

La ronda de interpelación, que había intentado comenzar más o menos de manera ordenada con todos alzando la mano para solicitar su turno, en menos de veinte segundos se había desmadrado por completo provocando que se encimaran las voces conformando un coro enloquecido y asustado que preguntaba exaltado. “¿A qué vienen?” “¿A dónde van a aterrizar?” “¿Son parecidos a nosotros?” “¿Se los puede matar?” “¿Hay que rendirse ahora?” “¿Nos quieren?”

Clemencia Rodríguez intentó imponer un poco de orden pero su autoridad, siempre tan equitativa y respetada, se vio de golpe sobrepasada por la locura que se vivía en la ONU y que se replicaba en todas partes del mundo. Por primera vez los mandatarios tenían las mismas dudas, los mismos miedos y las mismas pocas certezas que los ciudadanos de a pie. Una ignorancia que igualaba las riquezas y el poder con la indigencia y la sumisión.

Voynich los oía atento y sin inmutarse anotando mentalmente cada una de las preguntas. Daba la sensación de que podía responderlas a todas sin problemas, incluso en algún momento pareció decidido a hacerlo porque se incorporó para tomar su micrófono con ganas de hablar, sin embargo en ese preciso instante comenzaron a sonar de nuevo (y a la vez) los teléfonos de los principales líderes del mundo. Las manos torpes y apuradas atendían los llamados mientras otros dedos nerviosos intentaban habilitar las pantallas para leer los textos que no paraban de llegar.

La desconcertante noticia provenía del Centro de Investigación Espacial y se replicaba a toda velocidad.

La propia Secretaria General de la ONU miró su celular con los lentes de ver de cerca y sorprendida leyó tres veces el mismo escueto mensaje que poco a poco empezaba a levantar aplausos, gritos de euforia y abrazos. Antes de replicar la noticia en el micrófono del recinto decidió chequear la información realizando una llamada al Centro de Investigación Espacial. La conversación fue corta porque no había mucho más para decir. Sin embargo, y aún teniendo dos confirmaciones, Clemencia decidió levantarse de su silla para reunirse en privado con las autoridades gubernamentales superiores encargadas de monitorear minuto a minuto el movimiento de las naves. Le dijeron lo mismo. De todos modos, y pese a las tres fuentes consultadas, Clemencia llamó a un cuarto intermedio de 40 minutos para tener la certeza absoluta de lo que estaba ocurriendo aunque ya nadie la escuchó porque las exclamaciones, los aplausos e incluso los cánticos de alegría inundaban la sede de la ONU y ya nadie le prestaba atención a nada. Durante ese cuarto intermedio la transmisión oficial televisiva se mantuvo conectada en directo con el himno de la institución en loop y con una cámara fija desde las alturas que mostraba a todos los presidentes parados lejos de sus asientos conversando y abrazándose de forma alegre mientras Clemencia iba y venía sin descanso con un teléfono en cada mano preguntando algo a todos los que se cruzaba. Incluso fue ella la que en un momento se acercó a Voynich y le comunicó la noticia. El científico solo frunció la frente entrecerrando los ojos y torció la cabeza como un perro confundido. Algo malo no estaba bien.

Al cabo de media hora la Secretaria General de la ONU regresó a su puesto resignada y tomando la campanita con dudas decidió hacerla sonar varias veces provocando una divertida reacción por parte de los presentes que lo festejaron como si ese sonido fuera el punto de partida para una nueva vida. Clemencia solicitó silencio y esta vez le hicieron caso solo para poder estallar con todas las fuerzas en cuanto dijera lo que estaba por decir. Ella hizo una breve pausa para leer por última vez el mensaje, luego con la mirada atenta recorrió la sala observándolos a todos y dirigiendo sus ojos a la cámara principal de la transmisión, realizó el siguiente anuncio con la voz casi quebrada por la emoción pero inmutable:

– Las naves extraterrestre han cambiado repentinamente de rumbo y se alejan de la Tierra. El peligro ha terminado.

Al oír sus palabras el recinto de la ONU explotó en un grito fabuloso que estremeció las paredes del edificio como si se festejara el gol del campeonato en el último minuto de juego. Los abrazos se multiplicaron, las sonrisas invadieron todos los rostros y los teléfonos se inundaron de llamados a familiares que lloraban de alegría. La misma escena se reproducía en cada rincón del planeta. “¡Ganamos!” “Nos tuvieron miedo” “¡Viva la raza humana!”

Nadie parecía reparar en la insufrible inquietud que generaba en el alma la idea de confirmar que ya no estábamos solos en el Universo y que nos encontrábamos simplemente a merced de una raza superior que elegía cuando visitarnos y cuando no.

Solo Voynich permanecía serio y contrariado en su asiento tratando de analizar lo que estaba ocurriendo. Al cabo de un rato largo se le acercó el General Sanders, le extendió la mano, y casi en su susurro le dijo que entendía el carácter de su venganza con las fotos y que en otro momento de su vida hubiera reaccionado de distinta manera, pero que sin embargo ahora, nobleza obliga, en agradecimiento por haberle dado cobijo en su casa durante el huracán y porque la humanidad lo iba a necesitar mucho, sentía que debía devolverle el favor contándole un secreto de sumo interés para su persona:

  • Esta noche saldrá una orden de captura internacional en tu contra emitida por Interpol y solicitada por los abogados de Rulfo di Tomasso. Te acusan por la desaparición del Presidente de los Estados Unidos en la isla y van a usar las fotos de tu venganza como prueba para encarcelarte.

La sentencia estaba escrita de antemano.

Voynich buscó inmediatamente a Rulfo con la mirada pero ya no estaba, incluso ya no quedaba casi nadie en el edificio, todo el planeta había salido a festejar a las calles.

A las calles de la inocencia.

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2 comentarios

  1. «La ignorancia iguala las riquezas y el poder con la indigencia y la sumisión». Si no la patentás te traiciono cual Rulfo a Voynich y me la adjudico, 😂 😂 😂. Gracias por otra muy buena entrega. Abrazos.