LOS DRÉPANOS: NOTA AL MARGEN 5

María Gaia Brunell viuda de Benavídez, a la que cariñosamente todos llamaban abuela Gaia, era una anciana docente jubilada que vivía sola en su casa de la ciudad de Bahía Blanca al sur de la Provincia de Buenos Aires en Argentina. Desde que había fallecido su esposo transcurría sus últimos años en paz cuidando el jardín, paseando a su pequeño perro chihuahua o cocinando tortas para llevar a la Sociedad de Fomento de la calle Uruguay donde se juntaba con otros jubilados para jugar al bingo o a la canasta. 

Durante toda su vida había sido maestra de escuela hasta llegar a ser directora, cargo con el cual se pudo jubilar a principios de este siglo.

No había tenido hijos pero siempre trató a sus alumnos como si lo fueran y por eso era tan querida por generaciones y generaciones de chicos y chicas que todavía la saludaban con un abrazo por las calles de la ciudad cada vez que se la encontraban. Eran hombres y mujeres de tantas edades distintas que la abuela Gaia parecía haber sido la maestra de media ciudad. Ojalá hubiera sido así.

Durante el tiempo de pandemia la abuela casi no había salido de su casa. Mataba las horas angustiada delante del televisor oyendo los reportes de contagios, los interminables consejos para evitar enfermarse, las constantes mutaciones del virus y los rumores acerca de la llegada de las vacunas. Incluso había dejado de pasear a su mascota quien durante toda la pandemia hizo sus necesidades en el jardín delantero de la casa. Mientras tanto Agustina, que era la hija menor de su vecina y a quien habitualmente  ayudaba a preparar las materias del secundario, le hacía las compras, le traía agua del surgente del Parque de Mayo y hasta le había enseñado a pagar cosas con el celular. A cambio la anciana le preparaba una torta diferente por semana. 

Cuando por fin la pandemia fue vencida lo primero que hizo Gaia fue ir al cementerio para visitar la tumba de su marido, llevarle flores y pedirle disculpas por no haberlo ido a visitar durante tanto tiempo. Se quedó sentada junto a la lápida durante un par de horas fingiendo que hablaba sola.

Al regresar le pareció estúpido volver a entrar a su casa, sentía que era como si hubiese logrado escapar con demasiado esfuerzo de una celda imposible a la cual ahora debía volver a entrar por sus propios medios. 

No entró.

Continuó caminando por el barrio mirando los frentes de la casas como si fuese la primera vez. Algunos pocos habían cambiado pero la mayoría se mantenían fieles a su memoria. Tanto caminó y tanto se distrajo que por un momento se sintió perdida. Pero no estaba perdida. Conocía perfectamente esas calles desde su adolescencia, lo que tenía era apenas una sensación de estar perdida, nada más. Algo casi placentero.

Esta rutina la mantuvo activa durante las siguientes semanas. Caminaba y caminaba hasta sentir que estaba perdida, algo que solía ocurrirle más o menos cuando ya llevaba una hora sin rumbo fijo. Cuando alcanzaba ese estado se llenaba los pulmones con aire fresco y sonreía por todos los demás. No le parecía mal morirse así en alguna de esas veredas inundadas de aire puro. Pero no. No era ese su destino y la abuela Gaia no tenía ni la más remota idea de lo que le estaba por ocurrir a esta altura de su vida cuando ya creía que no le faltaba vivir más nada. 

La vida te da sorpresas, pero a veces te las pide.

La mañana en la que estalló la noticia de que miles de naves extraterrestres estaban camino a la Tierra ella se estaba por tomar un té rooibos de naranja con canela y miel que le había recomendado Agustina para hidratarse antes de hacer ejercicios. Sin sacar los ojos del televisor, y ya con el atuendo de gimnasia puesto para salir a caminar, intuyó algo que todos los demás todavía no sabían.

La gente en las calles había enloquecido, lo que hasta el día anterior era un paisaje sereno con personas amables y sonrientes se había convertido en un manicomio de criaturas salvajes que vaciaban las góndolas de los supermercados, preguntaban por qué ahora y lloraban mirando al cielo. 

Ya los divisaban los telescopios más avanzados del planeta, pero todavía los Drépanos estaban lejos. A simple vista, hasta ese entonces, sólo se observaba el cielo azul con nubes inocentes detrás de pájaros tranquilos que pocos días después se esconderían aterrados quién sabe dónde.

La abuela Gaia llenó la taza de té y caminó lentamente por su casa hasta llegar a un viejo ropero que se encontraba en el cuarto de huéspedes que alguna vez había sido pensado como la habitación de sus hijos y que desde hacía décadas era apenas un sitio para apilar cosas y juntar papeles.

La anciana dejó la taza sobre una mesa, arrimó una silla al ropero, se paró sobre ella con bastante esfuerzo y estirando las manos casi a ciegas sobre la alta superficie del mueble, comenzó a tantear hasta encontrar lo que buscaba. Una polvorienta carpeta viejísima llena de dibujos realizados por sus alumnos de primer grado un día después de que una extraña luz del tamaño de 3 lunas llenas se posara sobre la ciudad de Bahía Blanca acercándose y alejándose durante casi 20 minutos con movimientos inteligentes delante de los atónitos habitantes de la ciudad. La propia CIA, cuando abrió sus archivos secretos sobre OVNIS a comienzos del 2021, reconoció aquel avistamiento como uno de los más reales en toda la historia de la humanidad.

Aquel lejano martes los bahienses no hablaban de otra cosa y la tapa del diario mostraba la foto del OVNI en su portada exclamando que era el mejor registro extraterrestre que jamás se había obtenido. Y era cierto.

Fue entonces que aprovechando la fiebre marciana que recorría las calles de Bahía y los pasillos de la escuela, Gaia les había propuesto a sus alumnos de 6 años que hicieran una ilustración de cómo se imaginaban que serían los visitantes. 

Los niños no dudaron ni un instante y entusiasmados como nunca abarrotaron las hojas con decenas de formas, movimientos y colores. A la semana se olvidaron.

Ahora. Casi cincuenta años más tarde, la anciana colocó sobre la mesa todos aquellos dibujos infantiles hasta encontrar puntualmente el que buscaba, el único que le había llamado la atención, el que siempre había sabido que era especial, el que pocos días después coincidiría exactamente con el rostro y con la silueta de los Drépanos. 

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