LOS DRÉPANOS: NOTA AL MARGEN 6

Una vez por año Mia y Oliver partían desde Sídney, la ciudad donde vivían, para viajar y visitar algún punto turístico en cualquier parte del mundo. La buena posición económica que tenían gracias a que ella era investigadora en biogenética, y él dirigía un prestigioso buffet de abogados especializados en conflictos medioambientales en Australia les permitía organizarse para tomarse un mes de vacaciones y elegir sin inconvenientes diferentes sitios imperdibles en el planeta.

Mia y Oliver no habían podido tener hijos pese a la gran cantidad de tratamientos realizados, por lo tanto llegó un punto en que decidieron dar vuelta la página y enfocarse en conocer el mundo y en malcriar a los sobrinos y a los hijos de sus amigos de los cuales naturalmente se convirtieron en padrinos adorables que además siempre llegaban de visita con algún regalo de esos que los chicos no se olvidan.

Aquel abril de mediados de los años 90 iniciaron uno de sus tantos viajes sin sospechar que el destino les tenía preparado una sorpresa de esas que ocurren una vez en la vida, o ninguna.

El ómnibus lleno de turistas marchaba lento cuando en el horizonte comenzaron a emerger las extraordinarias maravillas que habían ido a conocer. Las palpitaciones y el asombro acompañaban a esos visitantes vestidos con camisas de colores, anteojos negros y sombreros anchos. Apenas arribaron descendieron con las cámaras de fotos en alto, uno tras otro, como si se tratase de un ejército que llega para dejar constancia gráfica del lugar.

Adelante iba caminando otro contingente – tal vez de japoneses – y más adelante otro y atrás llegaba otro, y luego otro. Los turistas eran tantos que costaba caminar sobre la ya de por sí difícil superficie sin chocarse con alguno.

El impacto visual de aquellas construcciones en medio de la nada era abrumador, nadie podía quedar exento de sentir una profunda emoción frente a tanta belleza y absoluta grandiosidad. Las fotos se sucedían una tras otra buscando cada uno el mejor ángulo posible para que en el cuadro solamente aparecieran las maravillas y no los turistas japoneses.

Fue en ese momento, en medio de la multitud, que Mia y Oliver decidieron caminar algunos cuantos pasos para alejarse lo más posible del tumulto y así poder tomar una mejor panorámica, cuando se encontraron con algo en el suelo. Al principio creyeron que se trataba de uno de esos pañuelos que utilizaban los turistas y que posiblemente se había volado con el viento que surcaba esas latitudes, sin embargo al acercarse descubrieron que no era un pañuelo, sino que era una manta – una manta que todavía conservan – y que estaba doblada sobre sí misma prolijamente como si estuviera protegiendo algo. Mia se agachó para levantarla y se encontró con lo que menos hubiera imaginado en la vida. Envuelto en esa tela había un bebé.

Un bebé que los miraba sin llorar.

Consternados y con los ojos llenos de lágrimas lo levantaron y corrieron hasta donde se encontraba uno de los coordinadores del viaje para explicarle la increíble situación. El hombre no pareció sorprenderse demasiado y les contestó que era bastante habitual que las familias más pobres del lugar, aquellas que no podían alimentar a sus hijos, los solían dejar cerca de la fila de turistas para que alguno los encuentre porque sabían que los visitantes siempre son personas que tienen más dinero que ellos y por lo tanto cuentan con mejores posibilidades para poder darle a esos niños abandonados una vida digna y sin hambre.

A partir de ese momento dejaron de prestarle atención a las maravillas turísticas que habían ido a visitar para concentrarse en la maravilla que habían encontrado.

Durante las siguientes semanas recorrieron los laberintos burocráticos más difíciles de transitar y llenaron decenas de formularios para poder llevarse al bebé con ellos. Finalmente pudieron demostrarles a ambos gobiernos que querían hacerse cargo de la criatura y que contaban con los medios para hacerlo por lo tanto obtuvieron el permiso temporal los primeros meses, y el definitivo algunos años después.

Aquel abril de mediados de los 90 cuando el avión despegó rumbo a Sídney llevándolos de vuelta a casa con aquella hermosa bebé en sus brazos supieron que el destino les estaba dando la oportunidad más maravillosa de sus vidas y tuvieron la certeza de que no la iban a desperdiciar.

Las pirámides y el desierto iban quedando atrás, cada vez más chiquitas, hasta desaparecer entre las nubes.

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