Los Placeres Culpables

Tengo una relación traumática a la vez que divertida con la programación de las películas en el AVE (Tren de Renfe de alta velocidad en España).

Una vez, incluso, me contestó su Comunity Manager con bastante sorna

Sin embargo no fue una peli francesa la que provocó todo lo que hoy voy a explicaros en este artículo.

En el Ave que me llevaba de Madrid a Barcelona hace una semana la película que emitían era la siguiente: SuperAgente Makey

Os soy honesto, me dio una pereza total verla, intuí sus pésimas críticas y casi desconecto los auriculares antes de empezar, pero como no tenía nada más que hacer me puse a mirarla.

La verdad, me entretuvo y me reí un par de veces bastante. Es una peli que no miente y que ofrece lo que promete, entretenimiento famliar simplón edificado en la figura de Leo Harlem que te puede hacer gracia o no, y a mí, me la hace.

El tema es que en una de esas risas el viajero que iba delante de mí, giró su cabeza y me miró con desprecio y superioridad moral. Esa clase de mirada intelectual soberbia, que a veces se produce. Sabéis a cual me refiero.

Soy un loco del cine. Mucho más que de la música o de la literatura. Amo componer y escuchar canciones y también escribir y leer novelas, pero nada me evade y me estimula el alma más que una película o una serie. Desde los 14 años he ido infinitas veces solo al cine, he sido socio de la Filmoteca y me puedo pasar horas analizando películas con amigos queridos como Joan Berenguer y Luis Ramiro, mis dos grandes cómplices en estas aficiones.

Una parte de mí, la ególatra, tenía ganas de explicarle al de delante que yo era mucho más que alguien que se ríe con una peli tontorrona, pero mi lado inteligente (a veces sale) me hizo relajar y reflexionar un poco más.

Detective Makey es una peli tonta, pero es una peli que ha sido honesta conmigo y eso, para mí, es muy importante. Una película me ha de dar lo que me ofrece o me promete. Si voy a ver una peli de acción, quiero que sea trepidante, si voy a ver una de Sorkin espero que tenga diálogos exquisitos, si voy a ver una comedia quiero reír, si voy a ver una indy me atraerá su enfoque distinto. Ya me entendéis. Si una peli quiere ser interesante y es vulgar, o entretenida y es un coñazo, ahí está el problema.

Le escribí a mi amigo y también colaborador de esta web Rubén Martínez confesándole que me había reído con esta película y me contestó diciendo que a él le gusta José Mota y que también está mal visto en según que foros.

Nos reímos juntos criticando el snobismo que existe, a menudo, en la cultura. Esa superioridad moral que te hace juzgar por encima del hombro a quién no comparte los gustos que la moda o la crítica define como interesantes o importantes.

Existe un término, placeres culpables, que en el fondo no hace más que reafirmar esa tendencia. Viene a ser algo así como «Bueno, yo sé que está mal, pero me lo permito. A veces me río con Friends y me como una pizza industrial». Los placeres culpables se crearon como un pequeño bálsamo para sobrevivir a todos esos talibanes culturales de lo estupendo que te condenan por salirte de lo Cool. «Te dejamos que te vulgarices, pero poco».

La cultura, puerta del conocimiento y del disfrute, se debería percibir siempre como algo atractivo, como una oportunidad para trascender tu realidad y ser mejor. Yo, cuando recomiendo una película, un libro o una canción, no lo hago para que alguien se eleve intelectualmente y sea alguien superior, jamás es por eso, lo hago para que disfrute, porque yo he sido muy feliz viviéndolo. Ese debería, para mí, ser el principal atractivo de la cultura, la alegría. No la pertenencia a un grupo.

Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles

Desde hace bastante en Redes Sociales he leído esta frase. Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles «John Waters» No es solo que no lo comparta, es que estoy en contra. Totalmente. Si vas a casa de alguien que te atrae y os gustáis, follad y pasarlo genial. Que tenga libros, o no, importa una mierda, tanto para el sexo como para el amor.

No entiendo esa manía del universo de empeñarse en juntar a la gente por aficiones, cuando normalmente, lo que importa, son los valores y la atracción, pero, además, es de un eltiismo que me resulta vomitivo.

Sea como sea, os contaré como terminé el viaje, porque ya que esto va de historias, no podría faltar la moraleja.

Mi ego se calló, mi inteligencia, la que me queda después de tantas batallas, me inspiró este artículo, y mi lado cabrón le tocó el hombro al de delante y le dijo:

«Disculpa, ¿Te puedes poner bien la mascarilla? Muchas gracias.»

Por cierto, si lleva la mascarilla por debajo de la nariz, no te lo folles, más que nada, porque es peligroso en estos tiempos.

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