No hay más imágenes para ti.

El otro día iba caminando por el centro de mi ciudad camino de una consulta en la que recoger una analítica cuando un portal llamó mi atención. Miré desde lejos el portal y todo su entorno. Saqué el teléfono móvil e hice una foto.

Es un portal que yo conocía bien, aunque hacía mucho tiempo que no lo veía y mucho más que no sentaba mi culo en él. Seguramente, la última vez que lo hice llevaba una litrona en la mano y un «Fortuna» compartido. Mis amigas seguro que llevaban el pelo cardado y hablaban de que ese, sí ese que me volvía loca, era un pijo redomado que tenía una novia bailando en Yuppies mientras escribía en una máquina de Arcade un «DXA» como nombre para grabar su puntuación y como provocación para mí.

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Ese portal olía a colonia Don Algodón, la misma que me regalaron en mi decimosexto cumpleaños y que se me cayó del bolsillo central del peto vaquero cuando el pijo intentó bajarme el tirante en el pasillo camino de los baños de aquel garito de la calle Doctor Cerrada.

Eran otros tiempos, dice la manida frase. Tiempos en los que quedábamos a las 7 de la tarde en «Los Cañones» y había que esperar al que llegara tarde sin poder llamarle o mandarle la localización. No había teléfonos móviles.

Tiempos en los que si tenías que estar en casa a las 11 y no te iba a dar tiempo, tenías que buscar una cabina de teléfonos para llamar al fijo de tu casa y que te lo cogiera alguien de tu familia. Si es que estaban.

Tiempos en los que si querías hacer fotos tenías que salir de casa con una cámara, y un carrete de 12, 24 o 36 que tendrías que ir a revelar y cuyas fotos vería el dependiente de la tienda.

No hay testimonio gráfico de aquellas tardes. Los de mi generación no tenemos fotos de nuestras tardes adolescentes. No hay risas, no hay videos de TikTok, no hay fotos de conciertos, no hay vídeos de amigas llorando con el corazón roto.

No hay más imágenes para ti. Es como si esa época no hubiera existido.

Hasta que un día vas caminando por el centro de tu ciudad camino de una consulta en la que recoger una analítica y un portal llama tu atención. Y entonces ves las imágenes, escuchas los sonidos, hueles esos aromas, sonríes y lloras a la vez.

Y piensas:

No hay memoria con más gigas que la de las emociones.

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