NOTA AL MARGEN 11

Cerca del puerto de Hamburgo, a comienzos de los años 50, Markus regenteaba una vieja taberna con bastante mala fama que era principalmente visitada por marineros. Estos hombres consumían las largas horas muertas entre las cargas y descargas de sus barcos, bebiendo, jugando y luego caminando hasta el “callejón de los deseos” donde los esperaban decenas de prostitutas con los escotes abiertos.

La taberna había sido fundada por su abuelo a principios de siglo y al morir se la había dejado a su padre, quien al morir se la había dejado a él. Ahí se acabaría la herencia de padres a hijos varones porque Markus tuvo una niña y su esposa murió en el parto.

A partir de entonces la pequeña creció entre marineros de diversas nacionalidades, una mesa de billar, dardos afilados, cartas marcadas, apuestas clandestinas, peleas de borrachos, cerveza caliente y olor a salchicha asada en el pelo.

Aprendió un poco de todo y antes de los 10 años ya lograba hacerse entender en diferentes idiomas para tomar pedidos, conocía los secretos sucios de la comida rápida, memorizaba centenares de insultos, podía distinguir qué tipo de cerveza contenía un vaso solamente por el aroma, sabía cómo dar cabezazos para romper narices o dientes, dominaba el arte de hacer trampas en las cartas, jugaba al billar con mucha destreza subida a un banquito y por sobre todas las cosas había aprendido a arrojar dardos (y cuchillos) con asombrosa precisión.

Markus nunca se preguntó si esa era en realidad la vida que quería para sí mismo, pero siempre había estado seguro de que no era la que deseaba para su pequeña hija. El destino le iba a conceder la oportunidad de remediarlo.

Una noche entró a la taberna el capitán de un barco noruego acompañado por algunos de sus marineros más allegados y comenzaron a beber y a jugar. El hombre, que parecía un vikingo enorme y era conocido por su fama de pendenciero, era además experto en lanzar dardos y esa noche no se cansaba de vencer uno a uno a todos los presentes, ganándoles su dinero con maestría. Llegó un momento de la madrugada en el cual ya había vencido a casi todos y nadie se atrevía a jugarle por más que él los incitaba con provocaciones de toda índole que principalmente se basaban en acusarlos de cobardes. Fue entonces cuando alguien le propuso enfrentar a la pequeña niña moza que iba de mesa en mesa cargando platos y vasos con su mugriento delantal blanco y sus recién cumplidos 12 años.

Sin este hecho tan lejano y arbitrario Anke no hubiera llegado a ser la mujer más poderosa de Alemania.

El vikingo creyó que se trataba de una broma e incluso reaccionó mal tomándolo como una ofensa, sin embargo, ante la insistencia que comenzaba a crecer desde todos los rincones de la taberna, comprendió que le estaban hablando en serio.

Markus no se enteró de esta extraña situación porque se encontraba dentro de la cocina y solo escuchaba el habitual griterío que cada noche invadía el lugar desde que tenía memoria.

Al principio Anke se negó a jugar y continuó realizando su trabajo trasladando vasos y tomando pedidos, pero el vikingo cometió el error de burlarse de ella acariciándole el cabello y  diciéndole que prefería encontrársela más tarde en el “callejón de los deseos”. Este comentario provocó unas risotadas lascivas de sus marineros ebrios y un nudo en la garganta de la historia.

Fue entonces cuando la niña dejó la bandeja para siempre, tomó los dardos con soltura y le preguntó cuánto dinero había ganado hasta ese momento. Todos hicieron silencio y el capitán supo que algo empezaba a salirse de su lógica. De inmediato sacó su billetera y la tiró sobre la barra de la taberna mirándola a los ojos como un cazador furtivo que sabe muy bien lo que desea. La niña, lejos de bajarle la mirada, le dijo que si le daban las pelotas le apostaba todo lo que tuviera encima, incluyendo el uniforme. Un murmullo recorrió el salón. El capitán lanzó una brusca carcajada que sonó impostada y aceptó dándole la mano con tanta fuerza que a la pequeña le quedaron doliendo los dedos mucho tiempo.

Cuando Markus oyó el silencio en el salón salió de la cocina pero ya era muy tarde. El capitán había lanzado sus 3 dardos con increíble pericia marcando 29 puntos y le tocaba el turno a su hija, Anke.

La jovencita tomó los dardos, lo miró a su padre que le negaba con la cabeza rogándole que perdiera, y sin hacerle caso clavó los 3 en el centro. Una ovación explotó en la taberna. Acto seguido se desató la barbarie. Tanto el capitán como sus marineros borrachos comenzaron a gritar que habían sido estafados y empezaron a destrozar el lugar peleándose a golpes de puño y cuchillazos con todo el mundo.

El saldo de la contienda incluyó un muerto, varios heridos graves y todos presos.

Una semana después Anke fue enviada por el Estado alemán a la casa de su tía en Berlín (hermana de su madre muerta) y su vida cambió para siempre.

Tras un comienzo difícil, donde los demás alumnos del prestigioso colegio al que la mandaron se burlaban de su origen, se fue acostumbrando tanto a defenderse que acabó liderando las protestas estudiantiles de 1968. A partir de entonces nunca dejó de militar en política y finalmente décadas más tarde llegó a ser la primera mandataria del país.

A veces no alcanza con dar en el blanco, hay que hacerlo tres veces.

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3 comentarios

  1. Hay una frase hermosa de un libro de Stephen King que dice «Los grandes acontecimientos de muestra vida basculan sobre bisagras muy pequeñas». Anke lo tuvo presente toda su vida.